Novedad en Brasil: el pasado tiene heredero
Flávio Bolsonaro tiene 56.1 millones de votos. Todavía le falta demostrar que tiene algo que no se hereda: un proyecto propio. Su ventaja sobre Lula permite anunciar un castigo al gobierno; convertirla en certificado de renovación exige bastante más que cambiar el nombre de pila en la propaganda.
Con el escrutinio completo, Flávio obtuvo 47.03% y Luiz Inácio Lula da Silva, 45.16%: una diferencia de 1.87 puntos y 2 millones 224 mil 965 votos. Habrá segunda vuelta el 25 de octubre. El presidente llega debilitado; su adversario, fortalecido. Ninguno llega electo, por mucho que sus respectivas porras hayan empezado a repartirse el país.
Una parte del poder, sin embargo, ya quedó distribuida. El avance de la derecha en el Congreso y las gubernaturas modificará las condiciones de gobierno del próximo presidente. El Partido Liberal tendrá 28 senadores, frente a nueve del PT. Lula aún puede conservar la presidencia, pero difícilmente podrá interpretar una victoria como autorización para seguir gobernando igual. Flávio puede ganarla y encontrar un terreno legislativo más favorable. Son dos posibilidades de poder muy distintas.
El Senado importa, además, por lo que puede decidir fuera del Senado: aprueba las designaciones al Supremo Tribunal Federal y puede juzgar a sus ministros. Durante el próximo mandato están previstas tres jubilaciones; una cuarta designación dependerá de que siga vacante la silla hoy disponible. El giro conservador podría durar bastante más que una presidencia. Los senadores recién elegidos tendrán ocho años de mandato. Ahí se está jugando una transformación institucional que la pelea entre dos apellidos apenas deja ver.
Por eso tampoco conviene llamar “absoluta” a la derrota de la izquierda: el PT retuvo gobiernos estatales y Lula conserva casi 54 millones de votos. La derrota política es otra: haber llegado desde el poder sin convencer a suficientes electores de que merecía continuarlo. Un gobierno no puede reclamar fidelidad perpetua porque alguna vez mejoró la vida de alguien. Sus logros son antecedentes; el voto exige una evaluación presente.
El villano extranjero, entretanto, ya tiene expediente. La Policía Federal abrió una investigación sobre una posible interferencia estadounidense, después de conocerse un proyecto de un millón de dólares contra lo que Washington describe como censura y abusos judiciales del Supremo. La iniciativa merece escrutinio. Su existencia no demuestra que haya alterado la votación. Confundir ambas cosas permitiría al oficialismo convertir una pesquisa en coartada: investigar a Washington para ahorrarse el examen de conciencia en Brasilia.
Lula habló de una “lección de la democracia”. Habrá que ver si la estudia o termina atribuyéndole al extranjero la autoría del examen. Un millón de dólares merece investigación; no concede una absolución política a quien quedó segundo.
También falta escuchar a quienes no produjeron una victoria para nadie. Se abstuvieron 33.4 millones de electores, el 21.08% del padrón; hubo unos 2.3 millones de votos blancos y 3.7 millones de nulos. En conjunto, cerca de una cuarta parte del electorado no emitió un voto presidencial válido. La abstención subió respecto de 2022, aunque apenas 0.13 puntos porcentuales. El tamaño de la ausencia es enorme; el crecimiento, pequeño.
Sería cómodo adjudicarles a todos el mismo hartazgo. Sería falso. Hay rechazo, pero también obstáculos materiales, problemas de registro y razones personales. Los trabajos de Vincent Pons, en Harvard, muestran que facilitar la participación y conversar directamente con los electores puede cambiar la asistencia o el voto. Aplicado como pregunta a Brasil: ¿cuántos ciudadanos necesitan ser persuadidos y cuántos necesitan poder llegar a la urna? Una campaña que confunde ambos problemas desperdicia votos antes de contarlos.
Tampoco los candidatos eliminados son propietarios de quienes los apoyaron. Augusto Cury, Renan Santos y Ronaldo Caiado sumaron 7.31% de los sufragios válidos. Cury y Renan rechazaron respaldar a los finalistas; el PSD de Caiado dejó libertad a sus bases. Sus dirigentes podrán negociar posiciones. Entregar electores es otra cosa. El ciudadano no viene incluido en el acuerdo partidista.
Lo que sí encontró continuidad fue la familia. Michelle Bolsonaro y Carlos Bolsonaro ganaron escaños en el Senado. En la otra orilla, Fernando Haddad perdió ampliamente la gubernatura de São Paulo frente a Tarcísio de Freitas. El apellido consanguíneo funcionó mejor que la sucesión política del lulismo. Pero una herencia electoral exitosa sigue sin explicar qué hará su beneficiario con ella.
La segunda vuelta ofrece una oportunidad: obligar a Lula a defender su presente y a Flávio a explicar su futuro. Si todo vuelve a reducirse a salvar a Brasil del otro, cualquiera podrá ganar sin haber explicado para qué.
Brasil ha movido el poder hacia la derecha. Falta saber si moverá al país hacia adelante. La boleta admite herederos; el futuro no debería adjudicarse por testamento.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
@MALOGUZMANVERO
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