En 1726, este libro ya había imaginado una máquina que escribe como la IA
Por un corto momento, imaginemos que estamos en el siglo XVIII y nos ponemos a fantasear con los inventos del futuro. ¿Una máquina capaz de escribir textos prácticamente por sí sola? Habría parecido un disparate.
Sin embargo, el escritor satírico angloirlandés Jonathan Swift imaginó algo muy parecido en 1726. Hoy, tres siglos después, con los chatbots de inteligencia artificial (IA) cada vez más presentes en nuestra cotidianeidad, aquella ocurrencia resulta sospechosamente familiar.
Una máquina en "Los viajes de Gulliver"
Y lo curioso es dónde aparece aquella máquina: nada menos que en Los viajes de Gulliver, uno de los grandes clásicos de la literatura. Casi todos recordamos a Gulliver inmovilizado por los diminutos habitantes de Liliput, los los liliputienses, pero mucho menos conocida es su visita, en la tercera parte de la novela, a la Academia de los Proyectistas de Lagado.
Allí, los sabios se les presenta extrayendo luz solar de los pepinos o transformando excrementos en alimentos. Y entre esos proyectos extravagantes destaca otro con una ambición fantástica, la de crear conocimiento a golpe de manivela.
Swift lo llamó el "Motor". Era un armazón de madera de unos seis metros de lado, formado por pequeñas piezas unidas mediante alambres. En sus caras figuraban palabras escritas en distintas formas gramaticales y colocadas sin orden. Al girar las palancas, las piezas cambiaban de posición y aparecían nuevas combinaciones. Solo quedaba encontrar alguna frase que se pudiese aprovechar.
Pero aquello de escribir libros sin esfuerzo tampoco era tan libre de trabajo, ya que hacía falta todo un equipo de ayudantes. Swift cuenta que cuarenta jóvenes dedicaban seis horas diarias al experimento. Treinta y seis se ocupaban de identificar grupos de tres o cuatro palabras que parecieran aprovechables, mientras los otros cuatro registraban los hallazgos. Para obtener nuevas combinaciones, se accionaban las cuarenta manivelas del armazón, que alteraban la disposición de las palabras y obligaban a empezar otra vez.
Así se acumulaban grandes cantidades de frases incompletas que el profesor pretendía convertir algún día en un compendio de todas las artes y ciencias. Tan convencido estaba del invento que proponía recaudar fondos para fabricar y poner en funcionamiento quinientos aparatos de ese tipo.
El medio científico IFL Science destaca la ironía de aquella propuesta –y cuesta no pensar, salvando las distancias, en las grandes inversiones actuales en centros de datos–, pues el inventor reclamaba una enorme inversión para una máquina de utilidad no demostrada mientras la ciudad seguía sumida en la pobreza.
El Motor de Swift y la IA generativa
La promesa del inventor era todavía más extravagante. Según recuerda Open Culture, gracias al Motor hasta "la persona más ignorante" podría llegar a escribir libros de filosofía, poesía o matemáticas sin necesidad de talento ni estudio. Lo que Swift planteó como una burla suena hoy demasiado familiar.
Y los paralelismos no terminan ahí. Como señala IFL Science, la máquina de Swift producía combinaciones de palabras cuyo posible sentido debían identificar los alumnos, una característica que invita a entablar ciertos paralelismos con los grandes modelos de lenguaje actuales, que también son capaces de generar textos fluidos y convincentes, aunque eso no garantiza que la información que ofrecen sea correcta.
No obstante, hay una diferencia de fondo. El Motor de Swift mezclaba palabras aleatoriamente y dependía de los alumnos para seleccionar las combinaciones que podían llegar a ser útiles. Los modelos de lenguaje actuales, en cambio, generan texto a partir de patrones aprendidos durante su entrenamiento con enormes cantidades de datos. Sus mecanismos son muy distintos, pero ambos plantean una pregunta incómoda: ¿basta con producir frases que parecen tener sentido para generar verdadero conocimiento?
Una sátira, no una profecía
Conviene, en ese sentido, no convertir a Swift en un inventor secreto o visionario de la inteligencia artificial. Como explica Open Culture, su intención era en realidad burlarse de ciertos experimentos científicos de su época, en una crítica dirigida especialmente al entusiasmo de la Royal Society por investigaciones que consideraba poco prácticas.
Esa crítica se refleja en Lagado, donde los académicos se dedicaban a usar su tiempo en inventos extravagantes mientras la población vivía sumida en la pobreza. Así que, más que anticipar las tecnologías del futuro, Swift cuestionaba una forma de entender el progreso que parecía dar más importancia a los experimentos que a sus beneficios reales.
Y la tentación de atribuirle dotes proféticas tampoco se limita al Motor. IFL Science recuerda que Swift imaginó dos satélites de Marte en su novela, publicada 151 años antes del descubrimiento de Fobos y Deimos. Swift les asignó períodos orbitales de diez y veintiuna horas y media, frente a las 7,66 y 30,35 horas reales.
Según el medio especializado, Swift conocía las leyes de Kepler y había leído sobre los satélites de Júpiter, por lo que aquellas cifras podrían ser fruto de conjeturas basadas en los conocimientos astronómicos de su época.
Más allá de esas aparentes anticipaciones del futuro, el Motor también ha despertado el interés del Computer History Museum. Según explica el museo, el Motor puede considerarse una de las primeras representaciones literarias de una máquina comparable, en ciertos aspectos, a un ordenador, más de un siglo antes de los primeros diseños de máquinas de cálculo de Charles Babbage. Sin embargo, matiza que el invento de Swift se parece más a un generador de combinaciones aleatorias que a un verdadero computador.
IA y progreso: la pregunta que sigue abierta
Pero quizá lo más vigente de aquella sátira no sea la máquina en sí, sino la crítica que escondía. En Lagado, los académicos estaban tan ensimismados con sus inventos que parecían perder de vista los problemas reales de la población. Tres siglos después, las promesas de la inteligencia artificial invitan a recuperar aquella pregunta sobre el progreso. Más allá de todo lo que las máquinas pueden llegar a hacer, ¿nos estamos preguntando para qué necesitamos que lo hagan?
Y hay otro detalle que Swift dejó en su Motor. Por muchas palabras que produjera, siempre necesitaba que alguien las leyera y encontrara algún sentido entre ellas. Hoy las máquinas son mucho más sofisticadas y ya no necesitan cuarenta jóvenes accionando manivelas. Pueden generar textos prácticamente por sí solas, pero eso no quita la necesidad de un lector humano que los interprete y decida qué valor tienen. Y quizá esa sea la ironía que todavía nos persigue. Podemos construir máquinas capaces de producir cada vez más, pero, al final, seguimos siendo nosotros quienes damos sentido a sus palabras.
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