Adiós a los celulares

Adiós a los celulares

El pasado 21 de septiembre, la presidente Claudia Sheinbaum anunció que a partir del próximo 3 de noviembre entrará en vigor la regulación del uso de celulares en escuelas, con el objetivo de impulsar el desarrollo de habilidades cognitivas de niñas, niños y jóvenes.

Lo anterior es un buen desafío para las autoridades educativas del país, las cuales deben contar con el apoyo de los padres de familia, pues el móvil —como lo llaman los españoles— se ha convertido en un acompañante de los chamacos.

En aquellos ayeres las niñas y niños, al asistir a la escuela, cargaban en su mochila o morral la libreta, libros, lápices, tinta, manguillo, tijeras, juego de geometría; además de una torta de huevo con chorizo o de frijoles.

Aunado a los útiles escolares, éstos se hacían acompañar del trompo, las canicas, un yoyo, la matatena, la cuerda para brincar, una pelota, un álbum con estampillas o figuritas, junto con el infaltable carnet del Banco del Ahorro Nacional.

El sonido de la chicharra o timbre se escuchaba a varias cuadras de la escuela. Algunas madres expresaban: “ya salieron al recreo, es hora de llevarle el lonche a mi hija”.

Niñas y niños abandonaban el salón a tropel por más que los maestros los exhortaban a no correr cual pollitos a los que por la mañana les abren la puerta del gallinero.

Salían a relucir trompos, yoyos, matatenas, cuerdas, el trueque de estampas de luchadores. Mientras tanto, en las rejas se acercaban como abejas al panal los vendedores de naranjas, jícamas con chile en polvo, paletas de hielo, aguas de capulín, horchata, gorditas, a fin de aprovechar la media hora del recreo.

Los párvulos le gritaban al señor quien, con cepillo metálico en mano, raspaba la barra de hielo como alisándolo para verter el resultado en conos de papel: de piña pedía una niña; “yo, de fresa”, gritaba otro; “de vainilla con leche”, terciaba uno más.

El escritor Ángel de Campo Micrós, en su relato “¡Pobre viejo!” nos narra su niñez, su paso por la escuela y al maestro Quiroz, y nos regala la siguiente postal: “¿Te acuerdas? Aquellas mañanas cuando oía la voz de mi madre que me gritaba: ‘¡Van a dar las ocho!’. Aquel malhumor con que me levantaba, aquellas cóleras diarias contra la criada que me restregaba con demasiada fuerza el zacate y el jabón al lavarme el pescuezo…”.

El autor de El pinto, agrega: “…el desayuno apurado de prisa, y aquel desconsuelo al tomar la bolsa deshecha, donde dormían la pizarra, el libro de Mantilla y el Padre Ripalda”.

Rememora don Ángel del Campo: “¡Ah, época inolvidable! No se cuidaba uno ni del día ni del mes, sino para saber, porque todos los juegos tenían su temporada: cuándo se debía jugar a las canicas, cuándo al balero, cuándo concluía el reinado del trompo y comenzaba el de los huesos de chabacano, el piso y el burro…”.

Hoy niños y niñas emigraron a la tecnología, de aquellos entretenimientos infantiles sólo el recuerdo queda. Hoy se intercambian tiktoks, stickers…

POR RUBÉN MARTÍNEZ CISNEROS

COLABORADOR

MAAZ