Macron se abona al escapismo; polémica gira por el Golfo mientras Francia arde
Como en todo gran acontecimiento, Emmanuel Macron dirigió el domingo por la noche un mensaje a la nación para expresar su "ira y vergüenza" por las acciones violentas de aquéllos que "han tratado de derribar la República". A muchos de sus compatriotas les dejó gélidos una alocución solemne que sin embargo sorteó las respuestas que se esperaban del jefe del Estado. Pero la mayor de las decepciones llegó cuando se supo que el mandatario francés, sin tiempo ni para desmaquillarse tras asomarse a la antena, se subió a un avión rumbo a Oriente Próximo para seguir como si nada con la gira que tenía programada a varias Petromonarquías del Golfo. Ni que el país afronte su peor estallido de violencia de las últimas dos décadas ni que la sensación de caos se haya adueñado de la escena política impidieron que aterrizara ayer en Kuwait, donde le aguardaba la pompa de la alta diplomacia a la que tan aficionado se ha hecho.
"Puede dar una sensación de normalidad. Pero también parece desconectado de la realidad y se sugiere una especie de vacío de poder", subrayaba en medios franceses el profesor de Derecho público Benjamin Morel sobre el sorprendente viaje en las actuales circunstancias. Y es que volar los 5.500 kilómetros que separan París de Ciudad de Kuwait no sólo transmite sensación de cierta huida sino que, sobre todo, subraya esa falta de liderazgo que muchos franceses lamentan hace demasiado tiempo. Desde el fallido adelanto electoral impulsado por el mismo Macron en verano de 2024, que dejó un Parlamento endiablado sin márgenes para ahormar ninguna mayoría de gobierno y una parálisis que achicharra a la V República.
Claro que la gira por el Golfo responde bien al asidero que ha encontrado Macron estos años para suplir la imposibilidad de hacer política interna, el de estirar hasta lo insospechado su perfil de alto diplomático global. Tan es así que se podría decir que a lo único que de verdad se ha dedicado en este segundo agónico mandato, y con hiperactivismo, es a la política exterior.
El inquilino del Elíseo defendió la importancia de mantener la agenda que a lo largo de la semana le va a llevar a Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Qatar, confiando en firmar nuevos acuerdos de Defensa y sobre todo energéticos que "garanticen el suministro de combustible" a Francia y ayuden a embridar la inflación disparada, una de las causas que inflama estos días las calles de todo el país. Sin embargo, los expertos en la materia coinciden en que el viaje dejará muchas imágenes de boato y poco, muy poco contenido. Primero, porque los países de la región se encuentran atenazados por las graves consecuencias económicas y geopolíticas de la guerra en Irán, el cierre de Ormuz y nuevos desafíos que emergen como el de la escalada de los hutíes y más bloqueos en el mar Rojo. Pero también porque no dispone precisamente de fondos en la chequera Macron como para asegurarse de abastecimientos extras de crudo como desearía.
No es la primera vez que se abona al escapismo internacional para dar la espalda a graves crisis domésticas. A finales de 2024, ya fue objeto de fortísimas críticas por su paseo por el desierto saudí, como huésped del despiadado Bin Salman, mientras Francia caía en su enésimo abismo con la moción de censura que derrocó a Michel Barnier y su Gobierno de los 100 días. También se recuerda mucho cómo, en su primer mandato, en 2018, se zafó de las peores protestas de los chalecos amarillos volando a Argentina para participar en una cumbre del G20 que dejó la hilarante escena de un operario ataviado con un chaleco reflectante dando la bienvenida al presidente escapista.
Macron llegó al Elíseo en 2017 con indisimuladas ínfulas de gran estadista. Enseguida se erigió en protagonista imprescindible de la escena internacional con un sinfín de iniciativas para lo que definía como un "multilateralismo efectivo", para impulsar la construcción europea -enseguida aprovechó el vacío de liderazgo que dejaba el fin de reinado de Angela Merkel-, para dibujar un nuevo Pacto para África, para, para, para... Se ganó apelativos como "el prodigio de la política internacional" o "el salvador de Europa" en The New York Times o The Economist. Pero, desde hace un tiempo, su hiperactivismo sobre Oriente Próximo, Ucrania, Gaza, el Sahel o cualquier nuevo conflicto en el globo sólo deja al descubierto el fracaso del macronismo en política interior. Su querencia por las grandes cumbres, las visitas de Estado y las fastuosas ceremonias le llevan a hacer del Elíseo parada obligatoria de mandatarios extranjeros a los que recibe sin cesar -¿qué otro mandatario recibe el mismo día al sultán de Omán y al rey de Tailandia, éste en visita de Estado?- a la vez que él mismo es recibido con honores sin dejar de tachar capitales en una agenda diplomática abrumadora. Pero a los franceses parece que se les está haciendo muy cuesta arriba tener en la Presidencia un pato cojo durante un tiempo tan prolongado.