El dictador birmano ofrece tierras raras a Trump para romper cinco años de aislamiento internacional

El dictador birmano ofrece tierras raras a Trump para romper cinco años de aislamiento internacional

Durante cinco años, Min Aung Hlaing fue un general al que prácticamente nadie quería recibir. Un apestado en el tablero geopolítico. El hombre que encabezó el golpe militar de Birmania en febrero de 2021, encarceló a la líder de facto Aung San Suu Kyi y aplastó las protestas que siguieron a la caída del Gobierno democrático quedó relegado a un reducido círculo de amigos. Occidente apretó con sanciones y sus vecinos del Sudeste Asiático cerraron a la cúpula militar las reuniones de alto nivel. Pero ahora el dictador ha encontrado una inesperada oportunidad para escapar de su aislamiento. Ha ofrecido a Donald Trump dos cosas que Washington desea: acabar con las fábricas de ciberestafas que operan en territorio birmano y acceder a sus gigantescos depósitos de tierras raras.

El acercamiento ya ha comenzado. En septiembre, Michael Vance, un alto funcionario del Departamento de Estado responsable de Inteligencia e Investigación, viajó a la capital birmana, Naipyidó, y se reunió con Min Aung Hlaing, quien está sancionado por EEUU. Oficialmente, el objetivo era negociar la liberación de Adam Castillo, un empresario estadounidense detenido meses antes. Sin embargo, aquel encuentro, el de mayor nivel entre ambos gobiernos desde el golpe, abrió un canal diplomático que parecía impensable hace apenas unos meses. Según ha revelado Reuters, las conversaciones continuaron recientemente en Tokio, con una delegación estadounidense encabezada nuevamente por Vance.

El interés inmediato de Washington es combatir los centros de fraude digital que proliferan en las regiones fronterizas de Birmania. En estos enormes complejos, organizaciones criminales retienen a miles de trabajadores, muchos de ellos víctimas de trata, obligados a estafar a extranjeros mediante falsas inversiones en criptomonedas, engaños románticos y sofisticadas operaciones financieras. Los estadounidenses figuran entre sus principales víctimas.

Pero hay otra mercancía mucho más estratégica sobre la mesa. Bajo las montañas del norte de Birmania se esconden algunos de los depósitos más importantes del planeta de tierras raras pesadas, minerales indispensables para fabricar motores de coches eléctricos, turbinas eólicas, teléfonos inteligentes, robots y sistemas militares avanzados. Para la Administración Trump, empeñada en reducir la dependencia tecnológica de China, estos recursos se han convertido en una cuestión de seguridad nacional. Según el observatorio independiente ISP-Myanmar, Birmania fue responsable del 16% de la producción mundial de tierras raras en 2024, únicamente por detrás de China.

El problema para Min Aung Hlaing es que buena parte de esas riquezas no está bajo su control. Las principales minas se concentran en Kachín, una región montañosa fronteriza con China donde las guerrillas étnicas que combaten a su gobierno militar han tomado el control de importantes explotaciones mineras. Los rebeldes administran buena parte del negocio y mantienen sus propias relaciones comerciales con empresarios chinos.

Una gira entre viejos aliados

Min Aung Hlaing no apuesta únicamente por Washington. Convertido formalmente en abril en presidente tras unas elecciones denunciadas como fraudulentas por organizaciones internacionales, el antiguo jefe militar ha emprendido una intensa ofensiva diplomática buscando legitimidad política. En los últimos meses ha viajado a Rusia, Bielorrusia, China, India, Tailandia y Malasia.

En Moscú, Vladimir Putin recibió en verano al líder birmano. Ambos países mantienen proyectos para desarrollar una central nuclear, infraestructuras portuarias y refinerías de petróleo. Rusia también se ha convertido en uno de los principales proveedores de armamento del régimen. Sus cazas han sido utilizados en bombardeos contra territorios controlados por las guerrillas étnicas y la resistencia prodemocrática.

Desde Moscú, el dictador viajó a Minsk. Allí encontró la alfombra roja de Alexander Lukashenko. China, por su parte, sigue siendo el principal respaldo económico de Birmania, aunque mantiene relaciones complejas con las guerrillas que controlan parte de la frontera.

También hay movimientos dentro del Sudeste Asiático. El primer ministro malasio, Anwar Ibrahim, ha sido el último en recibir a Min Aung Hlaing para negociar el retorno de refugiados rohingyas. La ASEAN -el bloque que integran los países de la región- continúa excluyendo oficialmente a la cúpula militar birmana de sus principales cumbres, pero algunos gobiernos defienden recuperar el diálogo con los generales.

Toda esta ofensiva diplomática birmana tiene límites jurídicos. En noviembre de 2024, el fiscal de la Corte Penal Internacional solicitó una orden de arresto contra Min Aung Hlaing por presuntos crímenes contra la humanidad relacionados con la persecución de la minoría rohingya. Un tribunal argentino también dictó una orden internacional de detención en una causa basada en la jurisdicción universal. El dictador debe escoger cuidadosamente dónde aterriza.

Guerra civil en Birmania

Mientras acumula fotografías con dirigentes extranjeros, la realidad dentro del país desmiente su discurso de normalización. La guerra civil continúa extendida por gran parte de Birmania y las fuerzas de resistencia y los ejércitos de las minorías étnicas controlarían alrededor del 42% del territorio, frente al 21% en manos del Gobierno militar. Según datos recogidos por el Council on Foreign Relations, el conflicto ha dejado más de 100.000 muertos y 5,2 millones de desplazados.

El Gobierno de Unidad Nacional, formado por dirigentes desplazados tras el golpe, intenta impedir que las recepciones internacionales al dictador se traduzcan en reconocimiento político. Su ministra de Exteriores, Zin Mar Aung, lleva años buscando apoyos en EEUU, Japón y otros países, pero observa cómo el interés por la democracia compite cada vez más con las prioridades comerciales.

Después de cinco años convertido en un paria, Min Aung Hlaing ha comprendido que no necesita convencer al mundo de que su régimen es democrático. Le basta con demostrar que tiene algo que ofrecer. En la nueva geopolítica de Trump, unas minas de tierras raras podrían valer más que cualquier compromiso de celebrar elecciones libres.