Universidad Técnica de Machala destina $ 3,5 millones a tecnología, pero su transformación digital aún enfrenta el reto de reducir trámites y cambiar la enseñanza
La Universidad Técnica de Machala (Utmach) ha invertido alrededor de $ 3,5 millones en tecnología durante los últimos cuatro años, pero el desafío que ahora enfrentan sus autoridades no es sumar equipos, sino demostrar que esa inversión puede traducirse en menos trámites, nuevas formas de enseñanza y mejores respuestas a los problemas de la provincia.
La propia institución reconoce que digitalizar no siempre ha significado simplificar. Iván Ramírez, responsable de la Dirección de Transformación Digital, señala que la universidad migró de una gestión documental basada en papel a un sistema digital, aunque ese cambio no necesariamente redujo la carga administrativa. “Al ser digital tenemos, a veces, más trámites. La idea es transformar para reducir, minimizar lo que no tiene que ser un oficio”, afirma.
Ese reconocimiento marca una diferencia entre digitalización y transformación digital. La primera puede limitarse a trasladar documentos y procedimientos a una pantalla; la segunda obliga a revisar si esos procesos siguen siendo necesarios. La Utmach se encuentra precisamente en esa fase: diagnosticar qué debe cambiar antes de incorporar nuevas herramientas.
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El rector Johnny Pérez explica que la institución modificó sus estatutos, creó una Dirección Estratégica de Transformación Digital y actualmente desarrolla talleres con docentes de todas las facultades. Después se prevé trabajar con estudiantes y servidores. La meta es identificar los principales problemas internos y establecer cuáles pueden resolverse con tecnología, cambios normativos o nuevas metodologías.
Ramírez estima que el plan de implementación estará listo después de concluir este diagnóstico. Tendrá acciones de corto y mediano plazo, pero no todas requerirán nuevas inversiones. Algunas, sostiene, dependerán únicamente de modificar políticas o procedimientos. Esa fase será clave porque permitirá medir si la transformación digital deja de ser un concepto institucional y empieza a producir resultados verificables.
Uno de los puntos más sensibles está en las aulas. La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha cuestionado tareas, evaluaciones y formas tradicionales de enseñanza. La posición de la Utmach no es prohibir estas herramientas. “Daríamos pasos hacia atrás si les decimos ‘no utilices inteligencia artificial’”, afirma Ramírez.
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Para la universidad, el problema aparece cuando la IA reemplaza el proceso de aprendizaje en lugar de fortalecerlo. Ramírez advierte que un estudiante puede entregar una tarea generada por una herramienta y aparentar resultados académicos que no necesariamente reflejan comprensión. Por eso plantea un cambio de enfoque: menos repetición de contenidos y más resolución de problemas, pensamiento crítico e investigación.
“Nuestra malla tiene que cambiar, nuestra currícula tiene que cambiar, nuestras carreras tienen que cambiar y la forma de enseñar tiene que cambiar”, sostiene.
Esa afirmación coloca a la transformación digital más allá del equipamiento y abre una discusión de fondo: qué conocimientos debe priorizar una universidad cuando buena parte de la información puede obtenerse en segundos mediante sistemas de inteligencia artificial.
Pérez señala que la tecnología tampoco debe sustituir al docente. “El docente no solo transmite conocimiento, también transmite la experiencia”, dice. Según el rector, la institución ha instalado pantallas interactivas, fortalece laboratorios TIC y exige a los nuevos docentes ocasionales acreditar al menos 120 horas de formación relacionada con herramientas tecnológicas. Los profesores titulares también reciben capacitación mediante un plan de perfeccionamiento académico.
La inversión de $ 3,5 millones reportada por la rectoría comprende infraestructura tecnológica, almacenamiento en la nube, conectividad, laboratorios, pantallas interactivas y fortalecimiento de la red universitaria. La demanda también ha crecido: actualmente la institución supera los 17.000 estudiantes.
A esto se suman equipos especializados, como drones utilizados en carreras de Ingeniería Agropecuaria e Ingeniería Civil y microscopios que permiten proyectar imágenes en tiempo real.
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Pero no todos los componentes de esa inversión están desagregados. Pérez menciona además la compra de programas y licencias de software para estudiantes y docentes, aunque durante la entrevista no precisó cuánto se ha destinado específicamente a este rubro. Tampoco se detallaron indicadores que permitan establecer cuánto se han reducido los tiempos de trámite o cuánto han mejorado los resultados académicos gracias a la inversión tecnológica.
Otro frente es la expansión de modalidades no presenciales. Ramírez señala que la universidad cuenta con estudiantes en modalidad en línea y más de 550 en carreras híbridas. La institución espera que esa población aumente conforme avancen las cohortes y también analiza ampliar la oferta con microcredenciales y diplomados orientados a competencias laborales específicas.
La presión por ampliar cobertura es evidente. Según Ramírez, más de 7.500 aspirantes participan en el proceso de admisión para alrededor de 2.400 cupos. La diferencia entre demanda y capacidad obliga a la universidad a pensar en nuevas modalidades, pero también plantea un reto adicional: crecer sin deteriorar la calidad académica, la conectividad o el acompañamiento estudiantil.
Fuera del campus, la Utmach presenta la vinculación como otro eje de transformación. Pérez afirma que los proyectos pasaron de 34 a 174. Entre los servicios menciona un consultorio jurídico gratuito, atención a niños con dificultades de aprendizaje, asesoría contable y fiscal, y proyectos elaborados para juntas parroquiales. Sin embargo, el siguiente paso será medir no solo cuántos proyectos existen, sino cuántas personas se benefician, qué problemas se resolvieron y qué resultados permanecen una vez terminada la intervención.
La misma lógica pretende aplicarse a la investigación. Pérez cuestiona el modelo de producir estudios únicamente para cumplir indicadores académicos. “No hay que investigar por investigar”, sostiene. Como ejemplo menciona trabajos con productores de cacao para enfrentar problemas de calidad vinculados al suelo y proyectos acuícolas con piscinas experimentales y sistemas de alimentación automatizada que posteriormente podrían trasladarse a productores.