Un escudo que también dispara

Un escudo que también dispara

Un escudo sirve, hasta donde recuerdo, para detener golpes. El de las Américas parece tener otras ambiciones: localizar enemigos, perseguirlos y eventualmente atacarlos en tierra. Pete Hegseth anunció que Estados Unidos prepara operaciones militares contra organizaciones del narcotráfico junto con gobiernos latinoamericanos. Lo llamó cooperación. También habló de la kill chain. El diccionario diplomático tiene días verdaderamente creativos.

La expresión militar describe cuatro pasos: identificar, localizar, seguir y atacar. Estados Unidos tardó 25 años en perfeccionarlos durante su guerra contra el terrorismo y ahora quiere aplicarlos en el continente. Hegseth incluso comparó a los cárteles con el Estado Islámico y Al Qaeda. No fue un exabrupto. Fue la presentación del método.

Así que el “Escudo de las Américas” no es solamente otra coalición antidrogas. Es una arquitectura regional para convertir el combate al narcotráfico en una guerra delegada, jurídicamente difusa y políticamente compartida. Washington aporta inteligencia, tecnología y doctrina militar; sus socios ponen territorio, autorización y, llegado el caso, explicaciones. Cada quien contribuye con lo que tiene.

Esa diferencia no es menor. Un delincuente debe ser investigado, detenido y juzgado. Un objetivo militar puede ser eliminado. Entre uno y otro existen pruebas, tribunales y garantías; trámites engorrosos, sin duda, sobre todo cuando ya se dispone de drones.

La kill chain tiene la ventaja de comprimir el debido proceso en cuatro verbos y unos cuantos segundos. Tampoco se anuncian invasiones como las de antes, con desembarcos, ocupaciones y demasiadas banderas en televisión. El sistema es más elegante: las intervenciones serán solicitadas por gobiernos amigos.

Colombia, recién incorporada como miembro número 19 de la coalición, ya autorizó operaciones conjuntas. El anfitrión aporta el consentimiento soberano; Estados Unidos lleva el equipo. Así hasta la intervención llega con invitación.

La fórmula resulta políticamente impecable. Si una operación sale bien, confirmará la eficacia estadounidense. Si sale mal, habrá sido una acción conjunta, autorizada y nutrida con información compartida. El Escudo no sólo distribuye inteligencia.

También reparte por adelantado la responsabilidad. Ya ocurrió algo parecido en Ecuador. Ambos gobiernos anunciaron un ataque contra instalaciones del narcotráfico; una investigación posterior encontró que uno de los blancos era una explotación ganadera y lechera. Al parecer, hasta la inteligencia más sofisticada puede confundir un complejo criminal con vacas. La tecnología no elimina el error. A veces sólo permite observarlo desde mayor altura.

Yo no dudo que los cárteles representan una amenaza real. Han desbordado policías, comprado autoridades y convertido regiones enteras en negocios armados.

Lo que me cuesta aceptar es que la gravedad del enemigo vuelva innecesaria la pregunta sobre los límites. ¿Quién identifica el blanco? ¿Con qué pruebas? ¿Quién responde cuando la coordenada era incorrecta? La palabra “terrorista” puede resolver muchas dudas, especialmente cuando se utiliza antes de formularlas.

Además, el Escudo no comienza necesariamente con soldados. Antes del ataque existe una escala de presión bastante surtida: revocación de visas, congelamiento de activos, sanciones, acusaciones, solicitudes de extradición y designaciones terroristas. No son instrumentos jurídicamente equivalentes, aunque pueden funcionar como peldaños de una misma escalera. El último tiene explosivos; el primero, apariencia de trámite consular.

La visa se ha vuelto particularmente útil. Puede cancelarse sin presentar públicamente las razones, sin abrir un juicio y sin permitir que el afectado conozca la información utilizada en su contra. No demuestra culpabilidad: la insinúa. Y todos sabemos que una insinuación bien colocada suele viajar más rápido que cualquier expediente.

En uno de los países ausentes de la coalición, familiares del poder y decenas de personajes políticamente expuestos ya descubrieron las posibilidades expresivas de ese sello invisible. Washington no confirma casos individuales, tampoco explica demasiado.

Aplica la consecuencia y deja que la sospecha haga relaciones públicas. Confieso que, como mecanismo de presión, es mucho más limpio que enviar un portaaviones. Tampoco necesita estacionamiento. Ésa puede ser la verdadera expansión del Escudo.

Algunos gobiernos no aparecerán en la fotografía oficial ni firmarán su adhesión, aunque terminen integrados por vías menos ceremoniosas: inteligencia compartida, vigilancia aérea, controles fronterizos, extradiciones, listas reservadas y cooperación “sin subordinación”. La expresión es reconfortante. Si debe aclararse con tanta frecuencia, alguna utilidad tendrá.

El poder central no estará únicamente en disparar, sino en decidir quién merece la etiqueta que vuelve posible el disparo. Una organización criminal puede convertirse en amenaza terrorista; un funcionario, en colaborador; un empresario, en facilitador; un familiar incómodo, en asunto de seguridad. Después vendrán la visa, la sanción o la acusación. Tal vez el ataque. El orden de los factores sí altera al señalado.

Mientras tanto, dentro de Estados Unidos, ICE planea adquirir guantes de electrochoque presentados como instrumentos de “distracción conductiva y desescalamiento”. La frase merece conservarse: administrar una descarga para desescalar.

Fuera de sus fronteras, los ataques serán cooperación; dentro, las descargas serán persuasión. En ambos casos, la coerción mejora mucho cuando recibe un nombre técnico.

Quizá ésa sea la doctrina completa: el guante para el individuo, la visa para el personaje, la lista para la organización y la kill chain para quien alcance el último peldaño. Todo perfectamente graduado, administrado y descrito mediante eufemismos. Sólo queda una pregunta. Todo escudo protege a alguien, pero ¿a quién protege éste: a América Latina o a quien podrá disparar detrás de ella?

Tres en Raya

Uno. La visa no condena: deja que la sospecha haga el trabajo.

Dos. Cuando una guerra llega por invitación, la soberanía pone la mesa.

Tres. El problema de un escudo que dispara es que siempre termina necesitando un blanco.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM 

MAAZ