El imperio contraataca

El imperio contraataca

La vocación injerencista y expansionista del imperio norteamericano es consustancial a su proceso histórico; su crecimiento territorial nació de la guerra injusta con México, de la independencia de Texas, de la compra de la Luisiana y de Florida, de la adquisición de Alaska y, a lo largo de su proceso de crecimiento capitalista, impuso condiciones de sumisión a Puerto Rico, convirtiéndolo en Estado Asociado, y a Cuba imponiendo la enmienda Platt. Durante el siglo XX, la hegemonía norteamericana se realizó a través de gobiernos militares y dictatoriales, y años más tarde, en regímenes cuya economía se definió por la globalización neoliberal.

Después de la Segunda Guerra Mundial, su dominio fue casi absoluto y solo equilibraron las condiciones globales el crecimiento industrial y militar de la Unión Soviética; a la caída de esta, el mundo pareció ser dirigido por una fuerza unipolar sin mayores equilibrios. El crecimiento de China Popular de manera exponencial y extraordinaria ha configurado un nuevo equilibrio y, en consecuencia, el imperio contraataca.

La visión del presidente Trump es claramente injerencista y se refleja en su trato con la Unión Europea, su ambición sobre el territorio de Groenlandia, sobre el estrecho de Ormuz en Irán, sobre la Franja de Gaza en Palestina, sobre las tierras raras en Ucrania, sobre la soberanía del Canal de Panamá y sobre el petróleo de Venezuela. No hay duda, estamos en una nueva correlación militar y comercial en donde los aranceles y la seguridad nacional son monedas de cambio para el dominio imperial. 

El espacio geográfico de influencia mayor es nuestro subcontinente latinoamericano, donde la influencia del gobierno de Estados Unidos ha cambiado el mapa electoral imponiendo gobernantes ultraderechistas en Argentina, Chile, Perú, Colombia, Honduras, El Salvador, Ecuador, a tal grado que esto ha permitido una nueva organización denominada “Escudo de las Américas” que acaba de tener su última reunión en Panamá, donde el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, y el comandante del Comando Sur, Francis L. Donovan, han declarado la necesidad de adoptar medidas concretas, obviamente militares, para combatir a los narcoterroristas, así clasificados por el gobierno norteamericano. 

Al parecer, se trata de un nuevo ejército multinacional dispuesto a cruzar fronteras y violar soberanías territoriales con el pretexto de la lucha contra el crimen organizado. 

México no debe ceder ante estas imposiciones inaceptables; puede cooperar en operaciones de combate al narcotráfico, pero solo realizadas en territorio nacional por las fuerzas armadas mexicanas; cruzar esta línea de respeto a la soberanía nacional implicaría un serio rompimiento con nuestro principal aliado comercial, que son los Estados Unidos.

Claro que se debe combatir con toda la fuerza del Estado a los criminales que han obtenido territorio y posiciones que los han convertido en una fuerza, al parecer indestructible. La sociedad mexicana siempre aprobará esta tarea judicial y policíaca; incluso la consignación y encarcelamiento de políticos de alto rango que sean señalados probadamente como cómplices y protectores de las redes criminales, así como de empresarios y banqueros lavadores del dinero sucio y cómplices de la delincuencia.

Frente al contraataque del imperio, requerimos resistencia y solidaridad nacional, podemos diferir y criticar al gobierno actual, pero esta actitud no puede ni debe confundirse con un apoyo a intervenciones provenientes de los Estados Unidos.

Por encima de la absurda polarización, debe prevalecer el patriotismo y el respeto a nuestra historia.

POR ALFREDO RÍOS CAMARENA

CATEDRÁTICO DE DERECHO EN LA UNAM

MAAZ