Las batallas detrás de nombrar

Las batallas detrás de nombrar

Con la llegada de la 4T al poder, el nombre histórico abrió un frente de batalla. Como muchos sabrán, la pasada administración aquí en México y la actual han cambiado los nombres de determinados espacios, cuyo efecto inmediato son varios debates al respecto. Podemos encontrar los siguientes ejemplos: el árbol de la Noche Triste, que ahora se le conoce como Árbol de la Noche Victoriosa,  el Puente de Alvarado, hoy avenida México-Tenochtitlan. Próximamente, muy probable siendo honesto, el Paso de Cortés por el Paso de los Pueblos Indígenas.

Estos cambios llaman la atención, ya que desde la perspectiva de un historiador muestran cómo el gobierno utiliza la historia, siempre con el visto bueno de un sector importante de la sociedad. Detrás de un nombramiento hay un ejercicio de poder que busca afirmar qué pasado debe ser recordado. Esto, claro, según los intereses de quienes promuevan dicho cambio. Por lo general como una forma de legitimación de sus propios discursos.

Este fenómeno no es exclusivo de México. En enero de 2025, el gobierno de Estados Unidos firmó una orden ejecutiva para que las dependencias federales denominaran Golfo de América al Golfo de México, nombre reconocido internacionalmente desde el siglo XVI. Google Maps adaptó su cartografía de la siguiente forma: en Estados Unidos muestra Golfo de América; en México, Golfo de México; y en el resto del mundo, ambos nombres. El gobierno mexicano rechazó la medida y defendió la denominación histórica internacional.

Esa misma orden ejecutiva mencionada del gobierno de Trump devolvió al monte Denali, en Alaska, el nombre de McKinley. Es decir, retiró una denominación de un pueblo originario para reponer la de un presidente. De este lado de la frontera se están retirando los nombres que hacen alusión a la conquista e intercambiando por referentes a los pueblos originarios (más específico, la verdad, por Mesoamérica). Son dos operaciones opuestas en su contenido, pero idénticas en su procedimiento. En ambos casos, desde el poder se decidió qué pasado merecía aparecer en las direcciones.

El acto de cambiar el nombre histórico de un espacio no corrige el pasado, (tampoco es que lo busque). Cierto es que pasó algo y ese algo sigue donde estaba. Sin embargo, aunque aquel ayer no se pueda cambiar sí se puede alterar la manera de relacionarlo en el presente o, mejor dicho, de darle sentido.

Lo que cambia es quién administra aquel pasado que concierne al presente, el pasado práctico, como lo llama el historiador Hayden White. Por eso vale la pena mirar las placas con atención y preguntarse qué dicen y por qué se decidió que dijeran eso.

POR IGNACIO ANAYA

COLABORADOR

@IGNACIOMINJ

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