Plaza Arenas, el rincón de Quito donde el pasado todavía se vende, se forja y respira
Hay lugares de Quito que no necesitan fotografías para contar su historia. Basta con caminar por sus pasillos. En el Mercado Plaza Arenas, a los pies de la Basílica del Voto Nacional y junto a La Salle, el pasado aparece convertido en mercancía: teléfonos de rodela, cámaras de rollo, máquinas de escribir, discos de acetato, planchas de carbón, piedras para moler, enormes equipos de sonido y herramientas que parecen haber esperado décadas para volver a encontrar unas manos.
Aquí, dicen sus comerciantes, se puede encontrar desde una aguja. El mercado funciona en este sitio desde finales de 1969 y enero de 1970, cuando los vendedores que antes ocupaban la 24 de Mayo y luego San Blas llegaron al espacio que había sido la antigua Plaza de Toros Arenas.
“Había un mercado pequeño en la 24 de Mayo y Benalcázar, pero afuera tenían los puestos esporádicamente. El alcalde de esa época los trasladó al mercado de San Blas y se creó una asociación. Fuimos nosotros quienes luchamos por este espacio”, inició Washington Toapanta Vega, fundador y comerciante del Mercado Plaza Arenas.
Publicidad
El cerro Casitagua permanece en monitoreo: incendio forestal dejó al descubierto ataúdes, ruinas y el caos ambiental
El hombre, que ahora tiene más de 50 años y vende, repara o intercambia artículos antiguos en el predio, recordó que el alcalde Jaime del Castillo, sucesor de José Chiriboga, intentó construir un hotel cinco estrellas por el sector, pero para ello debía demoler el mercado. Esto no les gustó a los socios y no dudaron en negar el espacio que se les había asignado en el antiguo terminal de Cumandá.
“El mercado Arenas no existía, sino una plaza de toros. Sin embargo, lo ocupaban como parqueadero de los camiones de basura, chatarra y todo eso. Él hacía recorridos de obras todos los martes y le recibíamos con banderas y todo, pero adentro le encarábamos”, sostuvo Toapanta.
Esa fue la única forma que encontraron los dirigentes de esa época para solicitar al alcalde, de forma individual, que les permita ocupar el espacio y que ahí se funde el Mercado Plaza Arenas.
Publicidad
Publicidad
“Accedió, pero nos quiso entregar solamente el terreno. Así, de forma jurídica, se le exigió que se hagan 160 puestos en la parte de abajo, que ya tienen 56 años. Ahí se realizó el catastro legal del mercado”, contó.
Antes de que los pasillos se llenaran de ropa de segunda mano, ferreterías, antigüedades y objetos que sobrevivieron a otras épocas, allí hubo graderíos, toros, boxeo, baloncesto, bailes populares y encuentros que reunían a los quiteños.
De aquella plaza quedan todavía rastros de la arquitectura original, pero sobre todo quedó su nombre. Arenas sobrevivió al cambio de ciudad y de oficio: donde antes se escuchaban los gritos de los tendidos, hoy se escucha el golpe seco de los combos contra el metal.
“Yo era estudiante del Central Técnico y mi mamasita trabajaba en el Mercado de San Blas y cuando yo visitaba a los 20 años vi cómo los presos de la cárcel municipal comenzaron a lanzar bandejas en contra de los trabajadores, ahí nace la asociación como un modo de lucha y defensa”, añadió Toapanta.
El fuego que todavía mantiene vivo un oficio
En uno de los corredores, el fuego todavía hace lo que la modernidad parece haber olvidado. Un herrero introduce el acero en las llamas, espera a que el metal alcance la temperatura necesaria y luego lo coloca sobre el yunque.
El combo cae una y otra vez. Cada golpe transforma una barra incandescente en una herramienta. La forja no es aquí una pieza de museo: es un oficio que todavía trabaja, produce y resiste dentro del mercado.
Publicidad
Es el caso de Andrés Chuquimarca, un herrero de profesión que mantiene el legado vivo de su padre y hoy por hoy es la tercera generación al frente de la técnica de la forja, junto con su hermano.
“Este oficio lo heredamos de nuestro padre. Él lo heredó del maestro de él y el taller lo tiene desde la década de los 70. Sabemos que esto está en peligro de extinción, pero seguimos aquí, tratando de impartir el conocimiento a una generación más, ojalá se pueda”, explicó Andrés.
Su padre aún vive, pero por motivos de salud y luego de tantos años de trabajo, se acerca poco al lugar. Sin embargo, las veces que lo encuentran, desde una pequeña silla dirige a sus hijos en una labor que requiere totalmente de la fuerza física.
“Cuando estaba en la escuela mi papá me traía los días sábados y me gustó, me llamó la atención y nació en mí una pasión”, añadió.
Festival se toma la estación Jipijapa del Metro de Quito para ofrecer conciertos uno a uno de música clásica
Entre el metal y la forja existe una línea muy delgada que conduce al mito o la leyenda de la famosa ‘agua de acero’, una práctica que dejó de existir hace unos años porque no conocían a ciencia cierta el impacto en el cuerpo humano, pero las personas de antaño solían tomarla con la premisa de fortalecer el corazón y templar los nervios.
“Es un mito que queda a la creencia de cada persona. Eso sí comentan que tiene poderes curativos, pero es un mito que no está científicamente comprobado. Si preguntan, pero son las personas mayores, los abuelitos, quienes consultan”, aseguró.
El líquido que quedaba cuando los maestros ubicaban la herramienta para enfriarla se lo conocía como ‘agua de acero’; esta la expendían como un método de medicina natural entre la sociedad.
Oficios que sobreviven entre los pasillos
La Plaza Arenas ha documentado que precisamente esa convivencia de comerciantes y antiguos oficios, entre ellos herreros, cerrajeros, sastres, zapateros y radiotécnicos, forman parte de la identidad del lugar.
Luis Carrera es ejemplo de ello. A sus 75 años mantiene intacto su oficio de armero y, a pesar de que sus manos se notan algo cansadas, no para de arreglar reverberos, lámparas de gasolina y más cachivaches que tienen un alto valor sentimental.
“Yo construyo las cosas antiguas, los reverberos, las petromax, todo lo que es antiguo, por ejemplo, estamos arreglando una campana de mucho tiempo atrás y soldamos en todo tipo de materiales”, comentó Luis, quien también fungía como uno de los fundadores del mercado.
Junto a él posa una cabeza de toro disecado, haciendo alusión al pasado del mercado Arenas, donde antes se celebraba la fiesta taurina, pero ahora se expenden cosas curiosas.
“Yo lo que atesoro es que gracias a esto pude darles a mis hijos una educación buena. He sacado para mi vivienda, para mis cositas y demás”, sostuvo el armero.
Luego están los objetos que parecen haber quedado atrapados en el tiempo. Una cámara que alguna vez guardó los recuerdos de una familia; una plancha que calentaba las mañanas de otra generación; un teléfono que hoy parece extraño en un mundo de pantallas; una herramienta que alguien reconoce porque perteneció a su padre.
Plaza Arenas es un mercado, pero también es una especie de memoria de Quito puesta sobre mostradores. Sus comerciantes han visto pasar décadas sin abandonar aquello que aprendieron a vender desde niños. Son apenas unos pasillos en el Centro Histórico, pero entre sus paredes sobreviven oficios, objetos y relatos que cuentan una ciudad que ya casi no existe.
“Cuando mi mamasita trabajaba en San Blas yo había tenido 3 meses y luego crecimos un poco y cuando nos enviaron acá yo tenía cinco años. Yo les he visto con toda pujanza y la entrega por querer trabajar a nuestros padres”, contó Jenny Domínguez, presidenta de la Asociación del Mercado Arenas.
Ataque armado contra custodios de un tráiler deja un muerto y tres armas robadas: Policía sigue rastro de delincuentes
Ella recuerda con mucha nostalgia el crecimiento del mercado, puesto que donde ahora hay canchas de vóley, patio de comidas, graderíos para eventos, antes era un terreno baldío y ahí, con los demás niños de ese entonces, jugaban y revoloteaban mientras sus padres trabajaban.
“Yo soy la segunda generación y con mucho orgullo que mis hijitas también trabajan aquí. Es una especie como de legado”, continuó Jenny.
La extrabajadora del Ministerio de Educación vendió su renuncia hace unos años atrás para dedicarse por completo al mercado. Desde allí ha podido continuar con el legado de sus padres y sus hijas son quienes seguirán fomentando la venta de libros, discos de vinilo, ropa de segunda mano y más accesorios.
El Mercado Plaza Arenas colinda con la calle Vargas, donde tiene su entrada principal, pero también se puede acceder por la calle Galápagos y la Guaragua, en el Centro Histórico de Quito. (I)







