Ochenta y cinco segundos para la medianoche

Ochenta y cinco segundos para la medianoche

En 1947, un grupo de científicos que participaron en el “Proyecto Manhattan” (el que desarrolló las primeras armas nucleares), quedó horrorizado por la devastación sin precedentes en Hiroshima y Nagasaki, y por eso decidieron lanzar una contundente advertencia, por medio de una poderosa metáfora visual: “El reloj del juicio final”.

Esta advertencia icónica tuvo su primera aparición en la portada de la revista del “Boletín de Científicos Atómicos”. El diseño minimalista a cargo de Martyl Langsdorf transmitía el sentido de urgencia y peligro que demandaba ese mortífero mecanismo. Las manecillas del reloj no medían el tiempo, sino las imprudentes acciones humanas y las tecnologías que nos encaminan a la aniquilación global.

La medianoche (las 00:00 horas) marcaría la llegada del apocalipsis. Desde 1947, que empezó con siete minutos para la medianoche, cada año, ineludiblemente la junta de científicos que integran la revista ha propuesto una hora para medir nuestra cercanía o lejanía con una inminente caída apocalíptica de la humanidad.

En el 2026 el reloj se movió a los ochenta y cinco segundos para la medianoche: la hora más peligrosa en sus casi ochenta años de existencia. Un coctel de eventos globales forjó la decisión de estos científicos. La expiración (5 de febrero de 2026) del tratado “New START” entre EE. UU. y Rusia que limitaba a los arsenales nucleares de estas potencias y el debilitamiento generalizado en las estructuras diplomáticas internacionales, ha potencializado el riesgo de una posible acumulación de armamento nuclear sin precedentes.

A la erosión de las contenciones diplomáticas y legales internacionales se sumó la rápida expansión de la inteligencia artificial generativa. Más allá de las advertencias que se han popularizado, la inteligencia artificial sin control adecuado implicaría un deterioro de la “verdad objetiva” que afectará, sin precedentes, la capacidad de las sociedades para confiar en la ciencia y para forjar decisiones políticas consensuadas.

Y a todo esto, se sumó la insuficiente respuesta global para disminuir el empleo de combustibles fósiles y combatir la emergencia ecológica global, que perpetúan una parálisis funcional y endémica de nuestro planeta.

Alexandra Bell, directora del “Boletín de Científicos Atómicos”, declaró para una entrevista que: “(…) lo que hemos presenciado en la última década es un avance lento, casi sonámbulo, hacia peligros cada vez mayores”.

El reloj durante más de ochenta años nos ha dado una rítmica advertencia de los riesgos de la humanidad. El 2026 -el más peligroso de su historia- ha sido totalmente inadvertido. Veo cómo en muchos periódicos, revistas o reportajes han mostrado la preocupación de antiguos colaboradores de empresas que desarrollan inteligencia artificial, y señalan sus peligrosas predicciones, pero han dejado en silencio el rotor científico de este reloj apocalíptico.

Nos han mostrado una faceta de la hecatombe que los científicos que operan las manecillas del “reloj del juicio final” nos revelaron este año. Si queremos corregir el rumbo, no sólo podemos ver una cara del complejo entramado al que nos enfrentamos. Debemos descifrar la interconectada red en la que pululan los riesgos tecnológicos, humanos y sociales que amenazan nuestro existir.

El diagnóstico que mueve la imaginaria maquinaria del “reloj del juicio final”, debe ser la apotema racional a la que debemos apelar, escudriñar y reflexionar. Urge con apremio: más justicia ambiental, diplomacia internacional, diálogo entre los saberes, ética algorítmica y biológica. Se necesita más humanidad.

Los engranajes de la advertencia están ahí. Las arenas imaginativas de este reloj resuenan, y no hay que olvidar que “estamos a ochenta y cinco segundos para medianoche”.

Por Juan Luis González Alcántara

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