Navi Pillay: la paz a través del Derecho
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La nueva Premio Nobel de la Paz, Navanethem (Navi) Pillay, nacida en Durban (Sudáfrica), es una jurista que ha dedicado su vida a la defensa del imperio de la ley y los derechos humanos. Su trayectoria no ha sido fácil. Creció en una familia de origen tamil indio, en una sociedad profundamente desigual, marcada por el apartheid y la discriminación racial. Desde muy joven conoció las consecuencias de un sistema que negaba a millones de personas sus derechos más elementales por el color de su piel. Aquella experiencia marcaría para siempre su compromiso con la dignidad humana y el Estado de derecho.
Tras estudiar Derecho y comenzar su carrera profesional en la década de 1960, Pillay participó en asuntos relacionados con los presos de Robben Island, la prisión en la que estuvo encarcelado Nelson Mandela. La defensa de los derechos de los presos políticos en aquel contexto no era una tarea sencilla: exigía independencia, valentía y la convicción de que incluso quienes se enfrentan al poder deben contar con garantías jurídicas. Para Pillay, la justicia no podía depender de la identidad, las ideas o la posición política de una persona. El Derecho debía proteger también a quienes el poder consideraba sus adversarios.
Mandela y Pillay conocieron, desde posiciones distintas, la injusticia institucionalizada del apartheid y dedicaron su vida a combatirla. Mandela encarnó la resistencia política frente a un régimen racialmente excluyente; Pillay contribuyó, desde la abogacía y la judicatura, a combatir sus consecuencias mediante la defensa de los derechos y las garantías jurídicas. Compartieron una misma convicción: ninguna sociedad puede construir una paz duradera sobre la negación de la dignidad de una parte de sus ciudadanos.
Tras el fin del apartheid, en 1995 Pillay fue nombrada jueza del Tribunal Superior de Sudáfrica, convirtiéndose en la primera mujer negra en ocupar ese puesto. Su carrera judicial adquirió pronto una dimensión internacional. Entendió que la defensa de la dignidad humana no podía detenerse en las fronteras nacionales y que los crímenes más graves exigían instituciones capaces de investigar, juzgar y sancionar a sus responsables.
Una de sus contribuciones más importantes se produjo en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, donde participó en el proceso contra Jean-Paul Akayesu. La sentencia dictada en 1998 constituyó un hito en la historia de la justicia internacional al reconocer que la violación y otras formas de violencia sexual podían constituir actos de genocidio cuando se cometían con la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo protegido. La resolución también abordó la violencia sexual como crimen contra la humanidad. Aquel pronunciamiento contribuyó a visibilizar unos crímenes que durante demasiado tiempo habían permanecido en la impunidad y confirmó que el derecho internacional debía ofrecer protección efectiva a las víctimas.
Posteriormente, Pillay fue jueza de la Corte Penal Internacional, entre 2003 y 2008. Ese mismo año asumió el cargo de alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, responsabilidad que desempeñó hasta 2014. Desde esa posición defendió la universalidad de los derechos humanos y la obligación de los Estados de respetar los compromisos internacionales que han asumido. Su trayectoria refleja una convicción esencial: la soberanía no puede servir de excusa para vulnerar la dignidad de las personas ni para eludir la responsabilidad por los crímenes más graves.
En su compromiso con la justicia también pueden encontrarse resonancias de la figura de Mahatma Gandhi. Aunque Gandhi desarrolló su lucha fundamentalmente a través de la resistencia no violenta y la movilización política, mientras que Pillay ha actuado principalmente desde el derecho y las instituciones, ambos representan una respuesta a la injusticia que no acepta la fuerza como fuente legítima de autoridad. Gandhi mostró el poder moral de la resistencia pacífica; Pillay ha dedicado su carrera a demostrar que la ley, cuando protege efectivamente a las personas, puede convertirse en un instrumento decisivo para contener los abusos del poder. La lección compartida es que la paz no equivale a la sumisión ante la injusticia: exige transformarla.
En mayo de 2023, Pillay recibió en Madrid la Medalla de Honor Ruth Bader Ginsburg, concedida por la World Jurist Association. El 8 de mayo, el Rey Felipe VI le entregó la distinción durante un acto vinculado a la presentación del Congreso Mundial del Derecho (World Law Congress), que se celebraría dos meses después en Nueva York.
La referencia a Ruth Bader Ginsburg tiene un significado especial. La jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos dedicó buena parte de su carrera a combatir la discriminación por razón de sexo y a defender la igualdad mediante la interpretación de la Constitución y las leyes. Ginsburg y Pillay compartieron una confianza profunda en la capacidad del Derecho para transformar realidades injustas. Sus trayectorias se desarrollaron en sistemas jurídicos y contextos diferentes, pero ambas demostraron que los tribunales pueden desempeñar un papel fundamental en la protección de quienes se encuentran en una posición de desventaja. Su legado recuerda que la igualdad no se alcanza únicamente proclamando principios: requiere hacerlos efectivos mediante instituciones independientes y decisiones jurídicas capaces de cambiar la vida de las personas.
Gandhi, Mandela, Ginsburg y Pillay no representan una misma forma de actuar ni son figuras intercambiables. Gandhi simboliza la resistencia no violenta; Mandela, la lucha contra el apartheid y la búsqueda de una sociedad democrática; Ginsburg, la transformación jurídica en favor de la igualdad; y Pillay, la defensa de los derechos humanos y el desarrollo de la justicia internacional. Lo que los une es una convicción de fondo: la dignidad humana no puede quedar a merced de quienes concentran el poder, de los prejuicios sociales o de las mayorías políticas.
Estoy convencido de que el próximo 10 de diciembre, en el Ayuntamiento de Oslo, Navi Pillay aprovechará la oportunidad de disponer de una plataforma global para volver a hacer pedagogía a favor de lo que ha sido el propósito de su vida: defender la paz a través del Derecho y la centralidad de la persona, el carácter antropocéntrico de cualquier organización del poder que aspire a ser un estado de derecho.
*Javier Cremades es abogado y presidente de la Asociación Mundial de Juristas.