La edad de oro de Kim Jong-un: más rico, más armado y menos aislado que nunca
Hace siete años, Kim Jong-un salió de Hanói con las manos vacías. Había viajado hasta Vietnam convencido de que su buena relación personal con Donald Trump podía servir para romper el aislamiento de Corea del Norte y obtener un alivio de las sanciones a cambio de concesiones sobre su programa nuclear. La cumbre terminó abruptamente, sin acuerdo y con el presidente estadounidense abandonando las negociaciones. Para un régimen que controla hasta el último detalle de la imagen de su líder, aquella escena fue una humillación extraordinaria.
El Kim de 2026 habita en un mundo muy diferente. Ya no es el joven dictador de una economía asfixiada que necesitaba convencer a Washington para salir del aislamiento. Ahora es Vladimir Putin quien compra sus proyectiles y recibe a sus soldados. Xi Jinping ha recuperado la vieja relación con Pyongyang y Trump insiste en que quiere volver a reunirse con él antes de que termine el año.
"Kim está siendo cortejado simultáneamente por los líderes de Estados Unidos, China y Rusia", resume Sung-Yoon Lee, investigador principal del Instituto Sejong de Seúl.
Contra casi todos los pronósticos, Kim llega así al momento de mayor fortaleza desde que heredó el poder tras la muerte de su padre, Kim Jong-il, en diciembre de 2011. Su país continúa siendo uno de los más pobres y herméticos del planeta, pero la guerra de Ucrania ha rescatado a Pyongyang de años de aislamiento. Además, el sistema internacional de sanciones que debía estrangularlo hace aguas, con Rusia y China utilizando su poder de veto para bloquear nuevas medidas de castigo en la ONU. Y no hay que olvidar que su programa nuclear continúa avanzando.
El cambio también empieza a percibirse en las calles de la capital. Cuando el presidente chino visitó Pyongyang en 2019, más allá de algunas avenidas monumentales había poco que enseñar. Este año, durante su visita del pasado junio, Xi Jinping se encontró una ciudad salpicada de nuevos barrios de torres de apartamentos, restaurantes, centros comerciales, coches eléctricos, calles iluminadas y espacios de ocio.
"Pyongyang se ha vuelto visiblemente más próspera y orientada al consumo", explica Rachel Minyoung Lee, investigadora del Stimson Center. "Esto se refleja en la proliferación de rascacielos, automóviles, calles iluminadas y centros comerciales donde venden productos occidentales de lujo, así como en una mayor actividad en los espacios públicos en general".
Medir la economía del país sigue siendo un ejercicio de aproximaciones porque Corea del Norte no publica estadísticas económicas regulares desde 1965. Pero las estimaciones realizadas desde Seúl apuntan en una misma dirección. El Banco de Corea calcula que el PIB norcoreano creció un 3,5% en 2025, el tercer año consecutivo con una expansión superior al 3%. Es un vuelco difícil de imaginar hace unos años: una de las economías más sancionadas del mundo lleva tres ejercicios creciendo a un ritmo superior al de su próspero vecino del Sur.
La explicación conduce directamente a Ucrania. Pyongyang ha convertido una guerra europea situada a 7.000 kilómetros de distancia en el mejor negocio exterior de su historia reciente. El Instituto de Estrategia de Seguridad Nacional surcoreano calcula que, entre agosto de 2023 y diciembre de 2025, el régimen norcoreano recibió entre 7.700 y 14.400 millones de dólares en divisas y bienes a cambio de armas y tropas para Rusia. Otras estimaciones elevan hasta unos 22.000 millones de dólares, cuatro veces más que durante los cuatro años anteriores.
Vladimir Putin y Kim Jong-un durante una visita a Pekín en septiembre de 2025.AP
La magnitud del suministro militar ha sido extraordinaria. Según las estimaciones ucranianas, Corea del Norte llegó a proporcionar aproximadamente la mitad de la munición utilizada por el régimen de Putin en determinados periodos de la guerra: millones de proyectiles de artillería y mortero y alrededor de 120 misiles balísticos. A ello se sumaron unos 14.000 soldados norcoreanos enviados a Rusia y los planes para desplegar decenas de miles más.
Para Kim, el rendimiento no se mide únicamente en divisas. Sus militares están adquiriendo algo que el Ejército Popular de Corea no poseía desde la guerra de 1950-1953: experiencia real de combate. Los soldados norcoreanos han participado en operaciones terrestres en Kursk y han aprendido sobre drones, guerra electrónica, artillería de precisión y las exigencias logísticas de un conflicto moderno.
Pyongyang también ha podido comprobar sobre el terreno cómo funcionan sus propios misiles y proyectiles. Rusia, a cambio, proporciona combustible, alimentos, asistencia técnica y tecnología que puede acelerar algunos de los programas militares norcoreanos.
Pero hay otra cara menos visible fuera del escaparate de Pyongyang. "La capacidad de Corea del Norte para gestionar sus problemas económicos sigue siendo extremadamente débil", sostiene Kim Byung-yeon, profesor de Economía de la Universidad Nacional de Seúl.
Tampoco está claro cuánto de los miles de millones procedentes de Rusia llega al norcoreano corriente. Desde la pandemia, Kim ha reforzado el control sobre los jangmadang, los mercados informales que surgieron durante la gran hambruna de los años 90 y que durante décadas permitieron sobrevivir a millones de familias. Mientras la élite de la capital consume productos importados, la gran mayoría de la población sigue viviendo en condiciones extremadamente muy precarias.
Dependencia de China
Retomando el terreno geopolítico, Rusia ha regalado estos últimos años a Kim un importante margen frente a China. Durante décadas, Pekín fue prácticamente la única vía de supervivencia exterior de Corea del Norte. Todavía representa alrededor del 95% de su comercio exterior, pero Pyongyang ya no depende exclusivamente de su vecino. Kim puede jugar ahora con dos grandes potencias. Y Xi parece haber tomado nota.
Después de años de cierta frialdad, China ha vuelto a estrechar los vínculos con el país vecino. El comercio bilateral se ha disparado y las exportaciones norcoreanas a China incluyen desde pelucas hasta tungsteno, un metal estratégico para la industria y la defensa. Pekín y Pyongyang también han recuperado conexiones cerradas durante la pandemia, incluidos los trenes de pasajeros y los vuelos directos entre las dos capitales.
Analistas chinos explican que el Gobierno de Xi no quiere contemplar cómo Rusia monopoliza la influencia sobre un país que comparte con ella 1.400 kilómetros de frontera. En los últimos años, Moscú y Pyongyang han multiplicado las visitas de alto nivel. Para el líder chino, recuperar la relación personal con Kim permite conservar un importante colchón estratégico frente a las tropas estadounidenses desplegadas en Corea del Sur y el rearme de Japón.
Con Putin y Xi de su lado, Kim sigue apostando por desarrollar nuevos misiles intercontinentales capaces de amenazar territorio estadounidense, más armas tácticas, sistemas hipersónicos, satélites militares y proyectos de submarinos con propulsión nuclear. Hace tiempo que el programa nuclear dejó de ser únicamente una garantía de supervivencia: se ha convertido en la herramienta que le permite negociar con las grandes potencias sin aceptar la desnuclearización como punto de partida.
Ahí radica la principal diferencia con el Kim de las primeras cumbres con Trump. Entonces, ambos líderes pasaron en pocos meses de intercambiar amenazas a protagonizar una diplomacia espectacular. Se vieron en Singapur, en Hanói y meses después en la Zona Desmilitarizada, donde Trump se convirtió en el primer presidente estadounidense en ejercicio que pisaba Corea del Norte.
Donald Trump y Kim Jong-un durante una reunión en 2018.AP
Nada de aquello produjo un acuerdo nuclear. Ahora Trump quiere intentarlo otra vez. Ha asegurado que espera reunirse con Kim antes de finales de año y Washington ha reducido parte de sus ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, una vieja exigencia de Pyongyang. Pero la respuesta norcoreana ha sido fría. Kim Yo-jong, poderosa hermana del líder, negó que existieran contactos recientes.
"Kim no es el mismo líder norcoreano con quien Trump negoció en el pasado", advierte Benjamin R. Young, investigador del Korea Economic Institute of America. "Ya no depende de que Washington levante sanciones para conseguir divisas, combustible o tecnología. Tiene a Rusia y ha recuperado a China. Sus hackers continúan generando cientos de millones con el cibercrimen. Y posee muchas más armas nucleares que cuando se sentó frente a Trump".
Esto inquieta especialmente a Corea del Sur, que observa cómo su vecino no solo acumula misiles, sino que dispone ahora de soldados curtidos en un campo de batalla real mientras Washington está obligado a repartir recursos entre Asia y otros frentes.
La decisión de Trump de recortar ejercicios conjuntos ha alimentado además las dudas sobre hasta dónde llegará el compromiso estadounidense. El presidente surcoreano, Lee Jae-myung, intenta recuperar canales de diálogo con Pyongyang, pero el Norte ha abandonado incluso su vieja retórica sobre una futura reunificación pacífica y presenta al Sur como un Estado enemigo.
Kim también parece estar pensando ya en la siguiente generación. Durante los últimos años ha colocado cada vez con mayor frecuencia a su hija, Kim Ju-ae, a su lado en lanzamientos de misiles, desfiles militares y grandes actos de Estado. Su creciente protagonismo ha alimentado las evaluaciones de que la adolescente está siendo preparada como posible heredera de la cuarta generación de la dinastía Kim.

