Xi Jinping mira hacia un mundo que ya no quiere elegir entre China y Estados Unidos
Actualizado
Hay momentos que hablan por sí solos antes incluso de que sus protagonistas abran la boca. El apretón de manos a tres bandas de Xi Jinping, Vladimir Putin y Narendra Modi, reunidos esta semana en Biskek, Kirguistán, es uno de ellos. Los líderes de China, Rusia e India han vuelto a compartir escenario durante la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), que nació hace 25 años para reforzar la colaboración entre China, Rusia y los países de Asia Central, y que hoy reúne a 10 Estados, entre ellos Irán y Pakistán. La imagen tiene un gran valor por sí sola, sin embargo, el gesto se da en un marco de amistad con límites repleto de matices, equilibrismos y fricciones.
India y China mantienen disputas territoriales abiertas y, aunque la tensión fronteriza se ha rebajado desde el acuerdo de 2024, el conflicto que dejó decenas de muertos en 2020 sigue sin resolverse completamente. Nueva Delhi practica entretanto un delicado ejercicio de equilibrios: estrecha su cooperación con Washington mientras mantiene sus vínculos económicos y estratégicos con Rusia. Participa en la OCS junto a China, pero también forma parte del Quad, el diálogo de seguridad que comparte con Estados Unidos, Japón y Australia.
El foro de Biskek conforma un grupo heterogéneo de naciones funambulistas donde ni siquiera las tres potencias que sostienen la organización comparten agenda. Modi instó a Putin a poner fin a la guerra en Ucrania tras expresar que "cada día que continúa la guerra, la humanidad retrocede", dejando claro que no comparte el bloque ruso-chino frente a Occidente. Xi centró su discurso en el comercio y en promover la globalización económica como alternativa a unas instituciones que considera dominadas por Occidente. Putin, mientras tanto, buscó profundizar sus vínculos con socios asiáticos y asegurar una cooperación económica que le permita sortear las sanciones. Tres agendas distintas, casi divergentes, bajo el mismo techo y unidas en un mismo apretón de manos.
La heterogeneidad de la OCS hace difícil hablar de un bloque enfrentado a Estados Unidos de manera ciega y uniforme. Sus miembros comparten intereses y, en algunos casos, una voluntad de reducir el peso de Washington, pero no una agenda común para hacerlo. La voluntad general apunta más bien a construir un mundo en el que Estados Unidos deje de ser imprescindible -China lo llama un mundo "multipolar"-, pero sin cortar los lazos. Es una lógica que Pekín entiende a la perfección, y por eso avanza rellenando los huecos que va dejando la Administración Trump. Esta semana le ha tocado el turno a Asia Central y ahora a Egipto.
Kirguistán como elección estratégica
No es casual que Xi haya elegido Kirguistán como anfitrión de la OCS y como una de las dos escalas de su viaje. Conecta China con Europa y Oriente Próximo, concentra recursos energéticos y minerales estratégicos, y ofrece una salida terrestre que reduce la dependencia de las rutas marítimas. El país representa una pieza más de la red de corredores que Pekín construye hacia el oeste dentro de su Nueva Ruta de la Seda. Desde la perspectiva de Kirguistán, una de las naciones más pobres de la región, la relación con el gigante asiático supone acceso a financiación, infraestructuras y a un mercado estratosférico.
Los números muestran hasta qué punto ha cambiado el equilibrio. El comercio entre China y las cinco repúblicas centroasiáticas alcanzó un récord de unos 34.500 millones de euros sólo en los primeros cinco meses de 2025, un 10,4% más que el año anterior. En 2023, Xi ya había prometido más de 3.000 millones de euros para la región en financiación para construir carreteras y ferrocarriles, además de para energía y minería. De hecho, Kirguistán alberga uno de los proyectos más relevantes dentro de los planes de Xi: el ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán, una idea de décadas que ha ganado urgencia desde que la invasión rusa de Ucrania disparó el interés por rutas que no atraviesen territorio ruso.
Precisamente, esta es la clase de influencia que China prefiere y que tanto la diferencia de la Administración Trump. Pekín prioriza las infraestructuras y las cadenas de suministro a los tratados militares porque cuanta mayor sea la conexión de otros países con su economía, más influencia ganan. Especialmente en Asia Central, una región que ya no puede depender de Rusia en materia económica o como garante de seguridad al estar en una posición debilitada por la guerra en Ucrania.
La opción china frente a la imprevisibilidad de Trump
Para deleite de China, Estados Unidos ha contribuido a su crecimiento en la región. El repliegue de Washington no significa que los estadounidenses hayan desaparecido de Asia, pero sí ha crecido la preocupación entre sus socios por la imprevisibilidad de su compromiso con ellos. A ello se suma una política exterior puramente transaccional en la que ejerce presión a base de aranceles, una estrategia que ha obligado a muchos gobiernos a que opten por la diversificación para no depender en exceso de Washington. China no está necesitando convencer a estos países de que Estados Unidos es su enemigo, simplemente le basta con ofrecerles otra opción.
Egipto es un ejemplo de esta estrategia fuera de Asia. Xi ya está en El Cairo en su primera visita de Estado en 10 años, coincidiendo con el 70.º aniversario de relaciones diplomáticas. La visita también tiene un elevado componente estratégico, ya que Egipto conecta el Mediterráneo con el mar Rojo a través del Canal de Suez y ejerce influencia en Oriente Próximo y África. Empresas chinas participan ya en proyectos dentro del país, gracias a una relación que viene de lejos, ya que en la visita de Xi de 2016 se firmaron acuerdos de inversión por miles de millones de euros.
Egipto mira a ambos lados
Pero Egipto tampoco abandona a Estados Unidos. El Cairo mantiene una relación estratégica con Washington gracias a décadas de cooperación militar, mientras profundiza al mismo tiempo sus vínculos con Pekín. Y China, por su parte, no necesita sustituir a Estados Unidos en la nación norteafricana, le vale con ser un socio lo bastante importante como para que Egipto pueda mirar hacia ambos lados a la vez.
Además de India, Asia Central o Egipto, otras naciones del Sur Global no necesitan compartir la visión china del mundo para beneficiarse de sus inversiones o recurrir a la gran potencia asiática como alternativa diplomática. Es así como la pugna entre Washington y Pekín se juega en un terreno más amplio que los portaaviones o los aranceles: también en una vía ferroviaria en Kirguistán o en una fábrica junto a Suez. Xi no necesita que el mundo elija a China. Le basta con que deje de elegir siempre a Estados Unidos.