El presidente quiere editarse solo
El problema de Donald Trump con la prensa no es que hable demasiado. Es que habla sin pedirle permiso. El presidente no pretende solamente callar a los periodistas incómodos: quiere prescindir de ellos y convertirse, al mismo tiempo, en fuente, reportero, editor y dueño de la pantalla.
Por eso expulsó de la Casa Blanca a CNN, MS NOW y Politico. Sus acreditaciones fueron desactivadas después de que Trump los acusara, sin presentar pruebas concretas, de difundir noticias falsas. También advirtió que otros medios podrían seguirlos. La lista negra, como tantas listas negras, quedó abierta a nuevas incorporaciones.
La lectura inmediata es correcta, pero insuficiente: se trata de una represalia contra medios críticos y de una posible violación a la Primera Enmienda. Las tres empresas ya demandaron al gobierno por discriminarlas debido al contenido de su cobertura. Hasta ahí, la historia conocida: el poder castiga al mensajero porque no consigue corregir el mensaje.
Lo verdaderamente revelador ocurrió tres días después. La Casa Blanca estrenó Trump TV, una transmisión permanente en YouTube dedicada a reproducir discursos, actos y “grandes momentos” de la administración. Primero se expulsa al periodista; después se inaugura el canal que habrá de sustituirlo.
Trump no está construyendo un muro alrededor del poder. Está montando un estudio de televisión dentro de él. No desea desaparecer de las pantallas, sino aparecer únicamente en aquellas que pueda controlar. El silencio nunca ha sido precisamente su vocación; la edición, en cambio, sí.
Ese es el nuevo autoritarismo comunicativo: no necesariamente clausura periódicos ni apaga antenas. Les quita el acceso, desacredita sus preguntas y ofrece a cambio una señal oficial limpia de interrupciones, contexto y contradicciones. La censura se presenta ahora con buena iluminación y transmisión las 24 horas.
La Casa Blanca sostiene que ingresar a sus instalaciones es un privilegio, no un derecho. La frase parece razonable mientras se omite lo esencial: el gobierno puede ordenar el espacio, pero no repartir acreditaciones como premios a la obediencia. Una institución pública no se convierte en propiedad editorial del presidente sólo porque también sea su domicilio.
Trump confundió la Casa Blanca con su casa y la sala de prensa con su sala. En una puede decidir a quién invita; en la otra representa a un Estado obligado a tolerar preguntas que no le gustan. La democracia comienza precisamente donde termina el derecho del gobernante a escoger quién puede incomodarlo.
Sin embargo, esta vez calculó mal. El sistema de cobertura presidencial estadounidense funciona mediante un pool: los grandes canales se turnan para acompañar al mandatario y comparten imágenes con los demás. Al excluir a CNN cuando le correspondía cubrir el viaje presidencial a Nueva York, Trump supuso que otra cadena ocuparía encantada su lugar.
No ocurrió. ABC, CBS, NBC y Fox News rechazaron reemplazarla y suspendieron conjuntamente la cobertura del pool. Otros medios dejaron de distribuir fotografías de actos oficiales. De pronto, quien había retirado tres acreditaciones descubrió que los micrófonos también pueden retirarse.
La consecuencia fue exquisitamente trumpiana: el presidente presentó una nueva plataforma para helicópteros en la Casa Blanca sin cámaras de televisión que registraran sus palabras. Había conseguido disciplinar a la prensa y terminó hablando frente al paisaje. Muy presidencial; poco televisivo.
Aquí reside la novedad del episodio. Durante años, Trump utilizó el acceso como moneda: premiaba al medio dócil, castigaba al crítico y confiaba en que la competencia entre empresas impediría cualquier resistencia colectiva. Cada puerta cerrada dejaría a alguien esperando ocupar la silla vacía.
Esta vez nadie se sentó. Los medios comprendieron que aceptar el lugar de CNN no ampliaba su acceso: abarataba el siguiente veto. Porque las listas de enemigos del poder tienen una peculiaridad administrativa: jamás consideran completa la plantilla.
La reacción conjunta convirtió el acceso presidencial en lo que realmente es: un intercambio, no una concesión graciosa. Los periodistas necesitan acercarse al poder para cubrirlo, pero el poder también necesita cámaras, fotografías y preguntas para existir públicamente. Incluso Trump requiere intermediarios, por más que los insulte entre una entrevista y la siguiente.
Puede llenar la sala con medios complacientes, influenciadores agradecidos y corresponsales especializados en asentir. Obtendrá preguntas amables y aplausos puntuales; lo que no recibirá automáticamente es credibilidad. Un coro puede acompañar al presidente, pero difícilmente fiscalizarlo.
Los tribunales decidirán si Trump puede expulsar a quienes le disgustan. La prensa ya respondió algo más importante: una acreditación vale menos que la solidaridad de quienes se niegan a beneficiarse de su retiro. Trump quiso editarse solo. Puede quedarse con la cámara, el canal y el control remoto; la credibilidad, por fortuna, todavía no viene incluida.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
@MALOGUZMANVERO
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