La boda improvisada en Las Vegas de Jane Fonda y Roger Vadim: un amor a la francesa con minivestido, botas negras y una alianza prestada
Mucho antes de que Cindy Crawford o Carlota Casiraghi se casaran con un vestido de novia corto hubo una oleada de celebridades de Hollywood que en la década de los años 60 renunció al clásico look romántico y largo. Más allá de las elecciones en clave nupcial de Audrey Hepburn, Mia Farrow o Brigitte Bardot, hoy nos centramos en Jane Fonda quien dio el ‘sí, quiero’ con un look muy propio de la época, a Roger Vadim, hace hoy 61 años. El que fue el primer matrimonio de la actriz no resultó nada tradicional, pues se trató de un enlace improvisado en el Hotel Dunes de Las Vegas al que siguió otra ceremonia en tierras francesas.
Los novios habían estrechado lazos en diciembre de 1962, cuando Fonda y el director de cine, que ya se conocían y habían coincidido con amigos en el restaurante Maxim's, se reencontraron en una fiesta que la agente francesa de la estrella norteamericana, Olga Horstig, dio en su casa. La actriz se había instalado en París buscando nuevos horizontes profesionales y allí encontró un nutrido grupo de colegas y grandes dosis de inspiración, en lo social, lo ideológico, lo cultural y lo estético. Los futuros prometidos pasaron aquella noche de celebración conversando y Jane encontró en él a un hombre interesante, “gracioso y simpático, algo estrafalario, pero despreocupado como un zapato viejo”, señalaría en su autobiografía. En esta misma obra contaría con gran detalle la pasión que los unió y la intimidad que compartieron, que les condujo a formalizar su relación.
Una ceremonia nula y otra válida
Era pleno verano, el 14 de agosto de 1965, cuando la pareja unía sus vidas en Las Vegas, Nevada, una jornada de la cual apenas se conservan imágenes y en las que estuvieron acompañados de contados familiares y personajes del sector. Fue Dennis Hopper quien retrató al nuevo matrimonio en la suite del hotel Dunes, donde ella llevó un traje de chaqueta y falda. Para el novio era su tercer matrimonio, para ella era el primero. Sin embargo, los protagonistas, unos meses después, repitieron el acontecimiento en Saint-Ouen Marchefroy, al noroeste de Francia, pues su 'sí, quiero' anterior no gozaba de validez en este país. De esta unión, una ceremonia civil atípica y moderna, sí se distribuyeron fotografías. En ellas puede verse al director francés Marc Allegret, que ejerció de testigo y al alcalde del pueblo, el Sr. Gerard, como oficiante de estos desposorios.
La estética de los años 60 muy presente
Para la ocasión, la intérprete dejó atrás la apuesta más clásica y en su lugar se rindió ante la estética de su tiempo. Nada de líneas rectas, cortes princesa o faldas largas. Su elección fue un minivestido, estructurado y sin mangas, con cinturón ancho bajo el pecho y cuello alto.
A pesar de que es habitual que las joyas gocen de protagonismo cuando el estilismo tiende hacia el minimalismo, Jane Fonda no llevó pieza alguna, al igual que prescindió del ramo de novia. Sí que añadió un complemento indispensable, el calzado, pero en una versión nada nupcial: unas botas negras de caña alta, con tacón bajo cuadrado. Ella buscó la cotidianidad en su boda civil, una opción tan revolucionaria como lo eran sus ideas desde entonces.
Al igual que el maquillaje que marcaba la mirada, el peinado también causó sensación. Fiel a la estética de la época, la hija de Henry Fonda recurrió a una propuesta que le despejaba el rostro, pero al mismo tiempo le permitió presumir de melena. Era el peinado de estilo colmena, un semirrecogido en cascada, con ondas abiertas y mucho volumen: el look que imperaba en la década entre las figuras de Hollywood.
La anécdota de la jornada
El día dejó una anécdota que recordarían sus invitados, un despiste que generó más de una sonrisa. Lo contaba la escritora Patricia Bosworth en su libro Jane Fonda: La vida privada de una mujer pública: "El novio olvidó comprar un anillo, así que pidió prestado el de Tina Marquand, que era tan grande que Jane tuvo que mantener el dedo en alto durante toda la ceremonia".
Tras este enlace que dejó un diseño de aire mod para el recuerdo, la pareja estuvo unida hasta 1973. En septiembre de 1968 nació su primera y única hija en común, Vanessa Vadim, actual directora y cinematógrafa. Cuatro años más tarde, llegaría el divorcio para ambos, pues comenzaron a contar con intereses diferentes y el estilo de vida y la relación abierta que le proponía su esposo no terminó de encajar con la idea de la actriz. Ella llegaría a casarse en otras dos ocasiones, al igual que haría él.
Quien protagonizara Descalzos por el parque terminaría por reconocer en sus memorias: “Podría escribir una versión de mi matrimonio con Vadim en la que él fuera un gandul cruel, misógino e irresponsable. También podría describirle como el hombre más encantador, bucólico, poético y tierno del mundo. Las dos versiones serían ciertas". Y es que ambos exprimieron la relación, con sus virtudes y defectos, en muchos niveles, algo que recoge Patricia Bosworth en su obra: “la gente decía a menudo que Vadim usaba a Jane, pero lo contrario también era verdad: Jane usaba a Vadim para encontrar una parte de sí misma”.



