Akishino de Japón atrapado en la reforma sucesoria: "La realidad es que no puedo hablar"
En Japón, los miembros de la familia imperial hablan de tradición, flores, insectos y ceremonias, pero casi nunca de los asuntos que les afectan de lleno ni de nada que pueda interpretarse como una opinión. Por eso, en una rueda de prensa excepcional previa a un viaje diplomático a Paraguay, Fumihito, príncipe de Akishino se vio obligado a afrontar un equilibrio imposible y midió cada palabra para no entrar en el debate sucesorio que ahora mismo define el futuro de la monarquía nipona. Después de un cuarto de siglo de estudio, el Gobierno liderado por la conservadora Sanae Takaichi ha aprobado una reforma histórica que permite que las princesas solteras, como su propia hija, la princesa Kako, conservar su estatus después de casarse, pero mantiene uno de los marcos legales más restrictivos del mundo para la mujer. ¿Qué opina la propia monarquía de una ley que cambia por completo el futuro de sus vidas? Atención al ejercicio de funambulismo del príncipe heredero.
El silencio institucional y la reforma histórica que redefine el papel de las princesas japonesas
"Tengo sentimientos encontrados al respecto, y sería extraño que no los tuviera", afirma el actual número dos de la monarquía japonesa, el único hermano varón del emperador Naruhito y príncipe heredero. De este forma, responde sobre una ley que promueve la adopción de varones de antiguas ramas de la familia imperial antes de estudiar la posibilidad de que una mujer se siente en el trono de la monarquía hereditaria y continuada más antigua de mundo.
"Creo que no hay diferencia entre hombres y mujeres a la hora de desempeñar los roles de la familia imperial para responder a las necesidades sociales", afirma el príncipe acercándose peligrosamente a una cuestión de la que no puede pronunciarse. Para entender el porqué de este silencio institucional hay que ir a la Constitución misma, un marco normativo que se aprobó durante la ocupación estadounidense que siguió a la Segunda Guerra Mundial y relegó a la monarquía -debido al papel activo y militar que había desempeñado el emperador Hirohito (abuelo el actual) y a su enorme poder de movilización- a un instrumento simbólico, histórico y cultural pero carente de ninguna función relativa al Estado.
Si bien muchas monarquías parlamentarias y democráticas son parecidas, en Europa los reyes conservan funciones que tienen un peso constitucional: sancionan leyes, firman decretos, mantienen audiencias con el jefe del Gobierno, representan al Estado en actos oficiales, dentro y fuera del país, a petición de los ministerios de exteriores y ejercen la labor de jefes supremos del ejército de su país. En Japón, en cambio, el emperador no puede hacer nada de eso. Su papel está definido en un único artículo que resume toda su función: símbolo del Estado y de la unidad del pueblo. Por eso resulta casi cómico cuando los emperadores aparecen en su villa de verano en Nasu y hablan del sonido de la naturaleza y el canto de los pajaros mientras en la capital se estaba aprobando la mayor reforma sucesoria de la historia moderna. Una que permite que Aiko y Kako de Japón sigan siendo princesas después de casarse con un plebeyo, pero que no les deja transmitir derechos dinásticos a sus propios hijos ni siendo varones.
La reforma ha sido recibida con fuertes críticas dentro y fuera de Japón
La reforma ha sido recibida con fuertes críticas dentro y fuera de Japón. Expertos en derecho constitucional y organizaciones de derechos humanos la consideran anacrónica y sexista, y alertan de que perpetúa un modelo sucesorio que condena a la ya menguante familia imperial a una presión estructural difícil de sostener. Los detractores señalan que la insistencia del Gobierno en mantener la sucesión exclusivamente masculina impone un sistema inhumano a los propios miembros de la Casa Imperial, sin tener en cuenta su carga emocional ni su bienestar. La cuestión ha trascendido incluso el ámbito nacional: el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de Naciones Unidas ha instado en varias ocasiones a Japón a revisar este marco legal y a garantizar la igualdad de género en la institución.
Ese marco convierte cualquier comentario sobre la reforma sucesoria en un terreno minado. El príncipe Akishino lo sabe, y por eso camina sobre el alambre hasta finalmente admitir lo siguiente: "Es una cuestión difícil, y la realidad es que no puedo hablar de ello". Una frase que resume la paradoja de la monarquía japonesa: una institución que vive sometida a un escrutinio extremo, que tiene que modernizarse, pero no mucho, y sobre todo que no puede pronunciarse sobre aquello que afecta directamente a su supervivencia.
Fumihito, príncipe de Akishino ha vivido este sistema desde todos los ángulos, ya que es padre de dos príncesas y un príncipe
"La sociedad necesita seguir avanzando y creo que es importante que personas con diferentes puntos de vista sigan pensando qué es lo mejor", cuenta Akishino, el hombre de mayor rango dentro de la familia imperial y el que ha vivido este sistema desde todos los ángulos. Él mismo es heredero de su hermano y también el padre de la gran esperanza nipona, el príncipe Hisahito, el único varón de su generación y cuyo nacimiento sirvió para postergar casi dos décadas esta reforma. Por otro lado, Akishino es también el padre de la princesa Mako, la gran damnificada de esta era: si bien otras princesas han salido de la Casa Imperial al casarse con plebeyos, ninguna lo ha hecho como ella, arrastrando los problemas de salud mental que le generaron años de escarnio público por la situación económica de su prometido y renunciando a todo lo que le correspondía por ley como princesa de cuna.
El propio sistema reconoce el agravio que inflige a sus mujeres: las princesas son preparadas académicamente como activos diplomáticos de primer orden y, sin embargo, son expulsadas de la institución por casarse con un plebeyo. Tanto es así que el Gobierno nipón las indemniza cuando abandonan la Casa Imperial, una compensación que pretende cubrir la pérdida de estatus, funciones y protección institucional que han ejercido desde la infancia. Una suma de dinero a la que Mako renunció con tal de que la dejaran en paz, a ella y toda la casa Akishino, y huyó a Nueva York dejando claro que había dejado en Japón hasta los regalos que había recibido de su familia a lo largo de los años.
La salud mental como la gran grieta de la monarquía japonesa
La salud mental es otro de los asuntos que atraviesan de forma silenciosa a la familia imperial japonesa, una sociedad que rara vez habla de ello y que, sin embargo, ha visto cómo este problema afecta de manera transversal a varias generaciones. A pesar de la hermeticidad que rodea su vida privada, la princesa Mako (Mako Komuro después de la boda) reconoció públicamente haber sufrido ansiedad durante los años en que su compromiso estuvo en el centro de la polémica, y su hermana Kako, al intentar apoyarla, terminó también convertida en blanco del escrutinio. La presión mediática, el silencio institucional y la imposibilidad de pronunciarse sobre asuntos que afectan directamente a sus vidas han convertido la salud mental en una grieta que se ignora, pero que condiciona profundamente a sus mujeres.
Los casos de la emperatriz Masako y de la emperatriz Michiko muestran que esta tensión no es nueva. Masako vivió un largo periodo de depresión derivado de la presión por traer un hijo varón a la dinastía, una expectativa que marcó su papel institucional durante años. Y la generación anterior tampoco estuvo libre de esa carga: Michiko, que podría haber esquivado esa situacion al aportar rápidamente dos hijos varones -Naruhito y Fumihito- a la dinastía, confesó haber atravesado un calvario. Según varias biografías, la primera mujer plebeya en entrar en la Casa Imperial sufrió una presión interna intensa; no por parte de la sociedad japonesa, que la recibió con afecto, sino desde los sectores más conservadores de la institución, encabezados por su propia suegra, la emperatriz Nagako, nacida princesa de cuna. La historia reciente demuestra que, más allá del protocolo y la tradición, los problemas de salud mental atraviesan la Casa Imperial y que rara vez se reconoce en público.




