¿Quién quiere ser Julio César Chávez?
Borremos por un instante que Julio César Chávez ganó cinco títulos mundiales en tres divisiones diferentes, que no tuvo 107 victorias ni esos combates épicos que lo encumbraron como uno de los mejores boxeadores del mundo. Quedémonos con una persona que consume drogas y alcohol, que golpea a su esposa y a sus hijos, a quienes les generó heridas emocionales tan grandes que los llevó a caer en los mismos vicios; hablamos de quien a veces gozaba conviviendo con algunos capos del narco y otras lavándole la cara a personajes tan siniestros como Carlos Salinas de Gortari. ¿Quién se atrevería a llamarlo ídolo? ¿Quién a decirle campeón? ¿Quién a ponerlo como un ejemplo a seguir y de superación? ¿Quién aspiraría o soñaría con ser él? Muchos ni el saludo le darían.
El sociólogo francés Juan Brohm define el deporte como el nuevo opio del pueblo y a los deportistas exitosos como quienes encarnan una idolatría que es dañina, que todo lo perdona porque sus cualidades deportivas ocultan y disfrazan sus vicios, sus abusos, sus actos delincuenciales. Los humanos tenemos lados oscuros y otros llenos de luz.
No deja de sorprenderme la devoción con la que se le trata a Chávez, los homenajes interminables y las ganas de querer contar una y otra vez sus oscuridades siempre perdonables porque triunfó en el boxeo, un negocio donde gana quien debe ganar porque esos campeones, diría Brohm, no dejan de ser mercancías que generan millones de dólares, a través de los cuales se sostiene una industria de la cual viven desde patrocinadores, medios de comunicación, periodistas y hasta quienes, como rémoras, están pegados al campeón. Un fetiche monetario, en términos de Brohm.
Al encarnar banderas, el ídolo deportivo es utilizado por las estructuras de poder para fomentar el nacionalismo y enmascarar problemas sociales. Eso también es Chávez. Dio extraordinarias peleas a la par de una vida nada ejemplar como deportista, ni como esposo ni padre de familia. Los años que lleva limpio son motivo de orgullo para él, qué bueno. Siempre será mejor que una persona se rehabilite a que muera como consecuencia de sus adicciones, pero de ahí a justificarlo o ponerlo como ejemplo hay un abismo.
Eso sí, cada quien sus ídolos, cada quien es libre de admirar a quien mejor le parezca porque se ve reflejado en él o porque comparten valores o formas de pensar. Pero ahora que el gobierno de México quiere que, a través del boxeo, se fomente la paz, la activación física y las infancias y adolescencias no caigan en las garras de las drogas, del alcohol y del crimen organizado, no es precisamente Julio César Chávez la mejor sugerencia a seguir.
¿Qué mensaje insertamos en la mente de los jóvenes cuando les decimos que Chávez es uno de los máximos deportistas mexicanos, al que le han hecho documentales, realitys y series donde se exhibe y se narra a sí mismo como justo no queremos que sean nuestros hijos? Lo dejo para la reflexión porque, si un tipo como él es lo que México presume como la crema y nata del deporte nacional, estamos fritos.
POR BEATRIZ PEREYRA
COLABORADORA
Twitter: @beatrizapereyra
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