Petro y la Matrix del mal perder
¡Qué alivio! Gustavo Petro cruzó medio continente para avisarnos que “México está en peligro”. Algunos, ingenuos, creíamos que el riesgo provenía de la colonización de los contrapesos, la militarización, el uso electoral de los programas sociales, la demolición de instituciones y esa compulsión por confundir al Estado con el partido.
Pero no. Resulta que la amenaza verdadera es un algoritmo israelí, invisible aunque laborioso, que añade votos en Colombia y prepara las maletas rumbo a nuestras elecciones de 2027. A otro chango con ese cuento.
El expresidente colombiano llegó a la UNAM después de pasar por Palacio Nacional y fue recibido como una mezcla de Marx tropical, profeta climático y víctima anticipada de Matrix. El registro gratuito se agotó en dos horas; hubo largas filas, 800 asistentes dentro del Auditorio Alfonso Caso y nueve mil espectadores en línea.
Petro presumió la demanda antes de llegar. La universidad pública, por su parte, le concedió desde el anuncio el rango de “conferencia magistral”. Magistral antes de escucharlo: el título académico convertido en acto de fe.
No critico que la UNAM lo invitara. Una universidad debe escuchar incluso —y sobre todo— ideas incómodas. Critico algo más grave: que demasiados asistentes parecieran acudir a confirmar una devoción, no a someter una teoría a prueba. La diferencia entre una cátedra y un mitin no está en que haya aplausos, sino en que existan preguntas capaces de incomodar al aplaudido.
Cuando el invitado recibe veneración, el pensamiento crítico se queda formado afuera. Petro habló de la “Matrix de la mentira”, del predominio del trabajo “muerto” sobre el “vivo”, de la robotización, la desaparición del capital, el colapso climático, el fascismo y hasta el “omnicidio”. Todo cabe en su licuadora teórica.
A cada problema verdadero le añadió una conclusión fatalista y a cada salto lógico, una palabra suficientemente apocalíptica para que nadie preguntara por los puentes perdidos entre argumentos.
Conviene reconocerle aquello en lo que tiene razón. La tecnología no es neutral. Los algoritmos seleccionan lo que vemos, premian la indignación, crean cámaras de eco y concentran un poder económico y político descomunal. La inteligencia artificial abarata la mentira y permite propagarla a una velocidad que ningún desmentido alcanza. El problema comienza cuando Petro toma ese diagnóstico atendible y lo convierte en una coartada personal e ideológica: si la tecnología moldea percepciones, entonces también debió robarle la elección a su candidato. Pero una cosa no demuestra la otra.
En Ciudad Universitaria afirmó que Iván Cepeda ganó las elecciones colombianas y que Abelardo de la Espriella solo llegó a la Presidencia gracias a “algoritmos israelíes” que, cuando detectaban votos faltantes, se los agregaban automáticamente en 1,300 puestos de votación. “Lo dicen nuestros expertos en matemáticas y software”, sentenció. “Nuestros expertos”: la ciencia sometida al adjetivo posesivo. No exhibió allí código intervenido, registros informáticos, actas físicas discordantes ni peritajes reproducibles.
Presentó una acusación extraordinaria sin evidencia igualmente extraordinaria, pero —eso sí— envuelta en papel celofán académico.
Los datos disponibles contradicen su relato. El escrutinio oficial, realizado por NUEVE MIL jueces en 2,992 comisiones, coincidió en 99.997% con el preconteo. La misión de observación de la Unión Europea, integrada por 141 observadores y desplegada en 592 mesas, calificó el sistema como fiable, eficaz, transparente y trazable. Naturalmente, ninguna elección está por encima del escrutinio.
Pero escrutar es cotejar actas, auditar sistemas y probar irregularidades; no declarar ganador al heredero propio y llamar fascista a la aritmética cuando “suma mal” para uno.
Petro funde tramposamente dos fenómenos distintos. Los algoritmos de recomendación sí pueden alterar la conversación pública, jerarquizar asuntos y manipular emociones. El software electoral, en cambio, no puede fabricar sufragios sin dejar discrepancias entre actas, mesas y cómputos. Saltar de la influencia digital a la adulteración de un resultado electoral sin probar el mecanismo no es pensamiento crítico. Es exactamente la “Matrix de la mentira” que dice combatir.
Su teoría general tampoco mejora al ampliarse. Petro sostiene que la robotización impuesta por la actual acumulación de capital “nos lleva al fascismo”. ¿Cómo, exactamente? La automatización puede destruir empleos, aumentar desigualdades y fortalecer monopolios, pero entre una tecnología y un régimen autoritario existen leyes, sindicatos, elecciones, políticas redistributivas, educación y decisiones colectivas.
Convertir una posibilidad política en destino tecnológico borra la responsabilidad de los gobernantes. Y eso resulta muy cómodo para quienes gobernaron.
Más reveladora aún es la biografía digital del conferencista. Un estudio publicado por Comunicación y Sociedad, basado en 2,340 mensajes de la campaña colombiana de 2022, encontró que Petro utilizó una estrategia nítidamente populista, centrada en apelaciones al pueblo y a las emociones. Nadia Urbinati ha explicado que el populismo no representa simplemente a una mayoría: convierte una parte de la sociedad en “el pueblo verdadero” y entrega al líder la facultad de hablar en su nombre.
Las redes son el instrumento perfecto para esa apropiación, pues sustituyen la deliberación por la identificación sentimental con quien manda.
Ahí están también los Petrovideos, las reuniones filtradas de su campaña en las que se discutían estrategias de ataque y descrédito digital contra adversarios. Y ahí está el propio Petro presumiendo que, cuando fue presidente, había construido una “poderosa red de comunicación” para defenderse de los medios. Cuando las plataformas impulsaron su candidatura eran organización popular; cuando dejaron de entregarle el resultado deseado se volvieron tecnofascismo. Curiosa democracia cuya autenticidad depende solo de que gane Gustavo Petro o alguien designado por él.
Los demagogos latinoamericanos comprendieron antes que muchos académicos la verdadera utilidad de las redes: no necesitan cambiar un voto si consiguen cambiar previamente el significado de la realidad. Les basta dividir a la sociedad entre pueblo y enemigos, desacreditar a la prensa, llamar complot a toda crítica y repetir que únicamente su victoria puede considerarse democrática.
Las plataformas no inventan al demagogo; le proporcionan velocidad, audiencia y un ejército de creyentes dispuestos a confundir repetición con verdad.
Si alguien manipuló masivamente la conversación digital no fueron las misteriosas élites tecnológicas denunciadas por Petro, sino los líderes que aprendieron a servirse de ellas mientras fingían hablar sin intermediarios con “el pueblo”. Injerencista, además. Petro no se limitó a hablar del clima o de su próximo libro.
Después de reunirse con Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional, reveló que conversaron sobre la “nueva realidad política” latinoamericana, elecciones e injerencias externas. Horas más tarde, desde una universidad pública mexicana, advirtió sobre nuestros comicios de 2027 y declaró que “México está en peligro”.
El artículo 33 constitucional establece que las personas extranjeras “no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país”. Podrá discutirse el alcance jurídico de “inmiscuirse”; lo que indiscutible es que Petro dejó de analizar Colombia para intervenir en la próxima disputa electoral mexicana.
Pero Petro no vino solamente a inmiscuirse. Vino a entregar una narrativa útil para más de uno. Su advertencia prepara la deslegitimación anticipada de cualquier resultado adverso y permite presentar el control gubernamental de la conversación como defensa de la democracia.
“México está en peligro”, dijo. Sí, pero no por el cuento que trajo bajo el brazo. Fue a la UNAM a denunciar la manipulación tecnológica y terminó impartiendo una demostración práctica de manipulación política: tomó riesgos reales, los mezcló con afirmaciones sin probar, se presentó como autoridad moral y recibió aplausos antes de entregar evidencia. La máquina amplifica la mentira, desde luego. Pero antes alguien debe escribirla, pronunciarla y encontrar un auditorio dispuesto a ovacionarla.
Tres en Raya
Uno. Si Petro posee las pruebas del fraude colombiano, que las presente. Si no, “tecnofascismo” es únicamente el nombre rimbombante que eligió para no admitir una derrota.
Dos. La UNAM hizo bien en abrirle la puerta y mal en extenderle una alfombra doctrinaria. Una conferencia sin contraste no es pluralidad universitaria: es un mitin con bibliografía.
Tres. México sí está en peligro. Solo que, para encontrar el origen, Petro no necesitaba buscar algoritmos israelíes.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ