Carlos Vives hizo del Rumiñahui una fiesta: Quito bailó entre acordeones, recuerdos y miles de voces
La noche comenzó con Aterciopelados y tres golpes certeros para despertar a un Coliseo General Rumiñahui que terminó abarrotado. La pipa de la paz, tema que da nombre a su actual gira y al álbum publicado en 1996, abrió el camino. Después llegó Baracunatana, que hizo saltar de sus asientos a los asistentes, y finalmente Bolero falaz, uno de los himnos más reconocidos de la agrupación colombiana. Tres canciones, tres momentos y un público que dejó claro que la nostalgia también sabe bailar.
Pero la verdadera explosión llegó cuando las luces anunciaron a Carlos Vives. El colombiano apareció sobre el escenario e inició su presentación con Quiero casarme contigo.
El Rumiñahui respondió con gritos y miles de voces. Poco después llegó La bicicleta, y el público se convirtió en un enorme coro para acompañar al artista.
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El acordeón parecía tener vida propia: marcaba cada movimiento de una multitud que no dejaba de bailar mientras las luces transformaban el escenario en una fiesta caribeña en pleno Quito.
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El regreso de un viejo cómplice a la capital
Esta fue una nueva parada de Vives en una ciudad que ya conoce bien. El colombiano ha convertido al público quiteño en uno de sus viejos cómplices: regresó a la capital en 2018, 2022 y 2024, además de esta presentación de 2026. En 2018, precisamente en el Coliseo General Rumiñahui, consiguió un lleno total y logró que el público cantara durante toda la velada.
A sus 65 años, Vives mantiene una trayectoria que supera las tres décadas y que ayudó a llevar el vallenato y otros sonidos colombianos a escenarios internacionales. Su repertorio, construido con canciones como La gota fría, La tierra del olvido, Fruta fresca, Volví a nacer, Robarte un beso, La bicicleta, terminó convirtiéndose en una banda sonora compartida por varias generaciones.
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Pero la noche tuvo un momento que difícilmente quedará fuera de la memoria de quienes estuvieron allí. Carito, una fan quiteña, consiguió hablar con Vives en inglés y el cantante decidió invitarla al escenario. Durante unos minutos compartieron el escenario ante un público que respondió con gritos y aplausos.
No fue una invitación más: fue el encuentro entre un artista y una seguidora que había llegado al concierto con la ilusión de cantar junto a uno de sus ídolos.
Un viaje por la nostalgia y las nuevas generaciones
Después, Vives llevó la fiesta hacia sus recuerdos. Habló de sus comienzos y de aquella familia de músicos que le abrió las puertas de su casa y de sus micrófonos cuando todavía estaba construyendo el camino que lo convertiría en uno de los grandes nombres de la música colombiana.
El recuerdo terminó transformándose en presente cuando invitó a una nueva generación de esa familia a compartir el escenario.
Así avanzó la noche: entre acordeones, guitarras, luces, saltos, abrazos y canciones que parecían pertenecer tanto al artista como al público.
La fiesta también tuvo espacio para la nostalgia. Cuando Carlos Vives entonó Cuando nos volvamos a encontrar, el Rumiñahui bajó por un instante el ritmo para dejar que las voces del público hicieran suyo el tema.
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La canción, lanzada en 2014 junto a Marc Anthony como parte del álbum Más + Corazón profundo, se convirtió en una de las piezas más reconocidas de aquella etapa de Vives y le valió el Latin Grammy a Mejor Canción Tropical.
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Por unos minutos, el concierto dejó de ser solamente baile. Parejas, amigos y familias cantaron frente a un escenario iluminado mientras Vives dejaba que la letra hiciera su propio recorrido por la memoria de los asistentes. Después, el acordeón volvió a tomar el control y la fiesta retomó su pulso.
La sorpresa de la música andina en el escenario
La noche todavía guardaba una sorpresa. Carlos Vives hizo un viaje musical por la América colonial y los sonidos de la época de la conquista para abrirle un espacio en su escenario a María Fuell, joven cantante de Ipiales, en el departamento colombiano de Nariño.
La artista, vinculada a Gaira Música Local, llegó con una propuesta que conecta las raíces andinas del sur de Colombia con sonidos contemporáneos.
Por unos minutos, Fuell se robó las miradas del Rumiñahui. Su presencia representó el encuentro entre dos generaciones de artistas colombianos: la de Vives, con más de tres décadas de trayectoria, y la de una nueva voz que busca llevar los sonidos del sur de Colombia a nuevos escenarios.
Así terminó la noche quiteña: con el acordeón todavía resonando, las luces dibujando sobre el escenario una fiesta caribeña y miles de personas regresando a casa con canciones que parecían haber viajado con ellos durante años.
Vives llegó por quinta ocasión a Quito y encontró un Rumiñahui lleno, una ciudad entregada y un público que convirtió sus canciones en recuerdos propios.
La noche se volvió casi mañana, y Quito terminó cantando con un artista que, una vez más, consiguió hacer que Colombia sonara a pocos metros de casa. (E)





