No mataron sólo a un músico: mataron a una niña
Hay crímenes que conmocionan y exhiben la enfermedad de una nación. El asesinato de Jonathan Samuel Meléndez Ochoa, tecladista y cofundador de Camilo Séptimo, junto con su esposa embarazada y su hija de tres años, es el claro ejemplo. No estamos frente a una simple nota roja. Estamos frente al retrato de un México que perdió el asombro ante la muerte y el respeto por la vida humana.
Durante años escuchamos que la violencia se salió de control. Nos acostumbramos a los homicidios, a las fosas clandestinas, a las desapariciones y a las ejecuciones que ocupan algunos minutos en los noticieros antes de ser sustituidas por otra tragedia.
Pero cuando la barbarie alcanza a una niña de apenas tres años, las excusas se terminan. Ya no hablamos únicamente de un problema de seguridad pública. Hablamos de una profunda descomposición social.
Toda vida humana posee una dignidad inviolable. No importa si se trata de un artista reconocido o de una pequeña que apenas comenzaba a descubrir el mundo.
Cada existencia tiene un valor infinito. Sin embargo, el caso de Atizapán parece recordarnos que el derecho a la vida se ha convertido en un gran obstáculo, en un estorbo, en una mercancía o en un daño colateral prescindible.
Cuando una niña es asesinada, no muere únicamente una persona. Mueren sueños, posibilidades, risas futuras, cumpleaños por celebrar, abrazos por dar, amor por compartir y una historia que jamás podrá escribirse. Con ella desaparece una parte del futuro de México. Y cuando una sociedad deja de estremecerse ante esa realidad, comienza a normalizar lo inaceptable.
Este crimen debe impulsar una exigencia de justicia ejemplar, pero también una reflexión mucho más profunda. Ninguna estrategia de seguridad será suficiente si no reconstruimos una auténtica cultura de respeto a la vida. Una cultura que enseñe que cada ser humano vale por el simple hecho de nacer; que ninguna ambición económica, resentimiento o interés personal puede estar por encima de la dignidad humana; que los más vulnerables merecen la mayor protección y no el mayor abandono.
La muerte del tecladista de Camilo Séptimo causa indignación nacional. Pero la tragedia es mayor cuando entre las víctimas se encontraba una niña de tres años y una mujer embarazada, que merecen la mayor protección.
Si ni siquiera eso logra despertar nuestra conciencia colectiva, entonces el problema de México ya no será solamente la inseguridad. Será que comenzamos a olvidar que toda vida humana vale e importa. Y una nación que olvida el valor de la vida termina por poner en riesgo su propio futuro y es considerada en peligro de extinción.
POR RUBÉN REBOLLEDO ORREGO
EXPERTO EN COMUNICACIÓN
MAAZ