Las 'plagas de Instagram' que hartan a Japón y que tienen sello español

Las 'plagas de Instagram' que hartan a Japón y que tienen sello español

Una joven se tambalea por una calle de Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. Parece haber bebido demasiado y apenas consigue mantenerse en pie. A su lado está Alberto Alonso, un español de 31 años conocido en las redes como Aruberuto Makoto. "¿Te la quieres follar? ¿Le digo que se venga al hotel? Esta es gratis", le dice a otro hombre que sostiene el móvil durante una retransmisión en directo. "Yo la estampo contra la pared", responde este desde detrás de la cámara.

La escena continúa durante varios minutos ante cientos de espectadores conectados en directo a la plataforma de transmisiones en vivo Kick. Algunos escriben en el chat que la mujer está borracha. Otros animan a los españoles a llevársela. "¿Pero no sería violación?", pregunta un usuario. La joven sigue dando tumbos hasta que aparece un hombre que habla japonés, la sostiene y se encara con los streamers. "What's wrong with you?", les espeta en inglés antes de exigirles que dejen de grabar. La discusión continúa fuera de plano. Después, Alonso reaparece ante la cámara y su acompañante lanza un insulto racista contra el desconocido que acaba de auxiliar a la joven.

El fragmento se hizo viral en agosto. Pero Alonso es el último nombre de una larga lista de creadores de contenido extranjeros que están alimentando un creciente hartazgo en Japón. El año pasado fue otro español, el streamer Kelton, quien se convirtió en protagonista de la prensa nipona.

Vestido como Monkey D. Luffy, el pirata de One Piece, se sentó en un asiento prioritario de un tren en Fukuoka y comenzó a retransmitir hablando a gritos. Un anciano se acercó varias veces para pedirle que bajara la voz. Kelton siguió con el directo hasta que la discusión terminó con el español empujando dos veces al hombre.

La situación condensaba casi todos los elementos capaces de irritar a un japonés: ruido dentro de un tren, desprecio por un asiento reservado a personas vulnerables y una confrontación pública retransmitida para ganar visitas. Kick y Twitch suspendieron temporalmente sus cuentas y, después de intentar justificar inicialmente lo ocurrido, Kelton terminó pidiendo perdón. "Los japoneses luchan siempre contra el turismo malo, que es el que hice yo: ir a Japón a aprovecharse de su hospitalidad, a rascar fama y visitas", reconoció.

El archipiélago asiático no solo empieza a estar cansado del turismo masivo. Dentro del debate sobre el overtourism está apareciendo otro fenómeno más específico: el rechazo al turismo para las redes, visitantes que convierten templos, trenes, barrios residenciales, geishas y hasta supermercados en decorados donde conseguir el siguiente vídeo viral.

Algunos medios han empezado a llamar a los más molestos "Insta-pests", algo así como las "plagas de Instagram".

En Kioto, uno de los últimos campos de batalla se encuentra tras los muros de Seirai-in, un templo del histórico Kennin-ji. El pasado julio, sus responsables comenzaron a restringir el acceso después de que algunos visitantes transformaran el recinto religioso prácticamente en un estudio fotográfico: trípodes desplegados, largas sesiones de poses y espacios ocupados durante demasiado tiempo para producir fotografías y vídeos destinados a las redes. Un templo zen terminó necesitando defenderse no del abandono, sino de quienes habían llegado para utilizarlo como escenario.

Persecución a las geishas

A pocos kilómetros está Gion, quizá el mejor laboratorio de esta nueva convivencia imposible. Por sus estrechos callejones caminan las geiko, como se conoce en Kioto a las geishas, y las maiko, sus aprendices. Durante años han denunciado que algunos visitantes las persiguen cámara en mano, bloquean su camino, tiran de sus kimonos, tocan los adornos de su pelo o intentan hacerse un selfi con ellas mientras se dirigen a trabajar.

El problema llegó a tal extremo que algunas calles terminaron restringiendo el paso de turistas. La oficina de turismo ha tenido que recordar algo que debería resultar evidente: "Las geiko y maiko no son tus mascotas".

La fiebre por conseguir una fotografía también puede convertir en atracción turística el lugar más anodino. Ocurrió en Kawaguchiko, donde una imagen del monte Fuji elevándose detrás de un supermercado Lawson se hizo viral. Miles de visitantes comenzaron a peregrinar hasta allí para reproducir exactamente la misma fotografía. Cruzaban la carretera de manera temeraria, bloqueaban las aceras y entraban en propiedades privadas. Las autoridades acabaron instalando una enorme pantalla para tapar la vista del volcán. No estaban tratando de ocultar el Fuji: intentaban devolver una calle a sus vecinos.

Una influencer tailandesa desató recientemente la indignación después de publicar imágenes tumbándose y revolcándose sobre vegetación alpina protegida del monte Komagatake. En Tokio, un estadounidense fue detenido por realizar inscripciones en una puerta torii del santuario Meiji Jingu. Otros extranjeros han sido grabados haciendo dominadas en estructuras sagradas o molestando a los famosos ciervos de Nara.

Japón tiene incluso una expresión para los creadores que han convertido la provocación en género: meiwaku-kei YouTuber o meiwaku-kei influencer. La palabra meiwaku significa causar molestias o problemas a los demás, una idea especialmente poderosa en una sociedad donde la convivencia cotidiana se sostiene sobre multitud de normas no escritas. Ahí reside buena parte del choque.

Todo ocurre, además, mientras el país asiático vive un auge turístico sin precedentes. En 2025 recibió 36,9 millones de visitantes internacionales y las multitudes han reabierto el debate sobre cuánto turismo puede absorber el país sin alterar la vida de sus habitantes.

Ese malestar ha sido aprovechado incluso políticamente por formaciones de extrema derecha como Sanseito, que ha convertido los excesos de algunos extranjeros en munición para su discurso de "los japoneses primero".