La relación bilateral en los tiempos del T-MEC

La relación bilateral en los tiempos del T-MEC

La revisión del T-MEC representa mucho más que una discusión sobre aranceles: es, en realidad, una negociación sobre el futuro de la relación entre México y Estados Unidos. Las conversaciones de esta semana entre ambos gobiernos, particularmente alrededor de los aranceles al acero, aluminio y automóviles, muestran que el comercio se ha convertido en uno de los principales instrumentos con los que Washington está redefiniendo su relación con sus vecinos.

Para México, el reto ya no consiste únicamente en conseguir mejores condiciones para determinados productos, sino en preservar la integración económica de Norteamérica sin renunciar a sus propios intereses.

El T-MEC nació bajo una lógica relativamente clara: aprovechar la proximidad geográfica para construir cadenas productivas regionales capaces de competir con otras regiones del mundo. Durante años, esa integración permitió que México, Estados Unidos y Canadá desarrollaran industrias profundamente interdependientes, particularmente en sectores como el automotriz, el acero, la electrónica y la manufactura. Sin embargo, el escenario internacional cambió.

La competencia con China, la reorganización de las cadenas de suministro y la creciente preocupación estadounidense por su dependencia del exterior han convertido al tratado en una herramienta estratégica.

Por eso los aranceles adquieren una dimensión que va más allá de su impacto inmediato sobre las exportaciones mexicanas. Cuando Estados Unidos impone tarifas a productos que cruzan varias veces la frontera antes de convertirse en un automóvil terminado, no solamente afecta a una empresa mexicana: encarece una cadena productiva que también beneficia a consumidores, trabajadores y compañías estadounidenses.

La paradoja es evidente: una política diseñada para fortalecer la producción estadounidense puede terminar debilitando la competitividad de toda la región si ignora el grado de integración alcanzado durante las últimas décadas.

México tiene, por ello, un argumento poderoso que debe presentar con inteligencia. Defender el libre comercio no significa simplemente pedir que desaparezcan los aranceles; significa demostrar que la integración norteamericana beneficia también a Estados Unidos.

La negociación debe trasladarse del terreno de las concesiones al de los intereses compartidos. México puede plantear que una Norteamérica más competitiva frente a China requiere cadenas de suministro confiables, costos razonables y reglas previsibles, y que México es una parte esencial de esa ecuación.

La revisión del T-MEC también ofrece una oportunidad. Durante años se habló del nearshoring como una posibilidad para México, pero la nueva realidad internacional puede convertirlo en una necesidad estratégica para Norteamérica. Empresas estadounidenses que buscan reducir riesgos frente a Asia necesitan proveedores cercanos, infraestructura y mano de obra competitiva.

México puede aprovechar esa circunstancia para atraer mayor inversión, desarrollar industrias de mayor valor agregado y dejar de ser visto únicamente como una plataforma de manufactura.

Pero aprovechar esa oportunidad exigirá algo más que capacidad diplomática. México tendrá que fortalecer infraestructura, energía, seguridad, Estado de derecho, innovación y formación de talento. La mejor defensa frente a una política comercial estadounidense más proteccionista no será solamente negociar excepciones, sino hacer que la presencia de México dentro de las cadenas norteamericanas sea tan estratégica que sustituirla resulte costoso para todos. La competitividad mexicana puede convertirse así en una herramienta de negociación.

La responsabilidad también corresponde a Estados Unidos. Si Washington quiere construir una región capaz de competir con China, deberá reconocer que México no es únicamente un proveedor extranjero, sino un socio integrado a su propia economía. Las decisiones comerciales que fragmentan las cadenas productivas pueden ofrecer beneficios políticos inmediatos, pero también generar costos para las empresas y consumidores estadounidenses. La fortaleza de Norteamérica dependerá de que sus tres países entiendan que competir juntos puede ser más conveniente que competir entre sí.

La revisión del T-MEC, entonces, debería ser vista por México como una oportunidad para actualizar la relación bilateral y no simplemente como una defensa de un tratado existente. El acuerdo que resulte de este proceso tendrá que responder a una realidad distinta a la de 2018: una economía mundial más fragmentada, una competencia tecnológica más intensa y una relación mucho más estratégica con China. México necesita negociar con firmeza, pero también con visión.

El verdadero objetivo no debería ser simplemente conservar el T-MEC tal como existe, sino conseguir que la próxima etapa de la integración norteamericana sea todavía más difícil de sustituir. Si México logra demostrar que su prosperidad y la de Estados Unidos están profundamente conectadas, la negociación dejará de ser una discusión sobre cuánto puede ceder cada país y comenzará a ser una conversación sobre cuánto pueden ganar juntos. Ese debería ser el verdadero significado de la revisión del T-MEC.

POR AZUL ETCHEVERRY

COLABORADORA

@AZULETCHEVERRY

MAAZ