Los irónicos peligros de la burla y el sarcasmo

Los irónicos peligros de la burla y el sarcasmo

En los contornos del “poder” de los regímenes gubernamentales, existe una hipersensibilidad patológica a la burla, la ironía y al sarcasmo. Desde el púlpito de los “poderosos”, acostumbrados a la lisonja estrepitosa, burlarse de sus titulares, mujeres u hombres, envestidos de la sacralidad que los sufragios otorgan, es considerado para ellos, sus palaciegos y devotos, un desdén que debe ser corregido, perseguido y castigado.

Esta hipersensibilidad es un termómetro de la temperatura autoritaria de un gobierno: entre más intolerantes sean a la crítica condimentada con ironía, burla y sarcasmo, más desgastada está la vitalidad democrática de una Nación.

El incordió gubernamental a la burla, a la ironía y el sarcasmo tiene una base en la psicología del poder: estas no solo son expresiones de entretenimiento o distracción frívola, son mecanismos sofisticados para erosionar la legitimidad y la sacralidad gubernamental.

Si “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo es la obra insignia para conservar el poder, en la contracara, el libro “Rules for Radicals” de Saul Alinsky, es el tratado para arrebatar el poder a las élites. Alinsky, organizador comunitario y estratega político estadounidense, conocía perfectamente el poder semántico del humor subversivo, tanto que la consideró como parte de sus doce tácticas fundamentales para la movilización y la acción política.

Para Alinsky el papel del humor es categórico: “El ridículo es el arma más potente del hombre. No hay defensa. Es irracional. Es enfurecedor”. Ridiculizar al opresor, al poderoso, desmitifica su invulnerabilidad: cuando, desde el poder se defiende “su propia investidura” ya sea presidencial, legislativa o oficial, no se busca el resguardo de la institucionalidad, se busca desarmar a la ciudadanía de una expresión de libertad democrática: burlarse del poderoso. Peligrosa señal de intolerancia democrática y síntoma grave de autoritarismo, son todos los intentos y actos para prohibir la ironía, burla y sarcasmo en un país.

La burla al poderoso y su consecuente repele oficial, es parte de la constante degradación autoritaria del poder. Visible en los anales de la historia, y uno de sus episodios más recurrentes es aquella estatua helenística, que se encuentra cerca de la Piazza Navona en la ciudad de Roma, y que fue bautizada popularmente como “Pasquino”.

En 1501, este “Pasquino” fue una pizarra para la disidencia humorística de los romanos de esa época. Hastiados de los inconmensurables escándalos y la grotesca impunidad de los pontífices como Alejandro VI o León X, los inconformes ciudadanos arropados del manto nocturno y armados con la acidez de sus tintas colocaban en el “Pasquino” poemas, quejas y epigramas satíricos contra el poder papal.

“Pasquino” desde su pétrea existencia, “hablaba” valientemente con la voz irónica, subversiva e inconforme de un pueblo cansado. Desde luego, su existencia molestó al poder papal, y ante el intento de varios de ellos de eliminarla físicamente, optaron en su lugar, en vigilarla celosamente para que nadie volviese a usarla.

Callaron a ese “Pasquino”, pero otras estatuas, como “Marforio”, forjaron la “congregación de los ingeniosos”: un breve pelotón de estatuas parlantes que al igual que el osado Pasquino daban voz irónica y libertad a la crítica silente de un pueblo que usó la sátira, la burla y la broma como sus principales armas para defenderse del poder y sus maquineas intenciones.

Estas “estatuas parlantes” aún se pueden encontrar en la Ciudad de Roma. Son el silente monumento de la resistencia y la fortaleza del humor satírico. Sobrevivieron a la furia del poder, la mezquindad y la censura. Y a pesar de todo eso, aún a siglos de su heroica resistencia, son testigos inertes de cómo su herencia aún incomoda a los poderosos, cuando éstos enojados vociferan: “pasquín inmundo” para descalificar a los medios críticos.

Protejamos la herencia del “Pasquino”. El legado semiótico de que la sátira, la burla y el sarcasmo son los antídotos para combatir la deriva autoritaria de los soliloquios del poder.

Por Juan Luis González Alcántara

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