La desgracia siempre vive abajo

La desgracia siempre vive abajo

Vi las imágenes de Nepal varias veces. Una enorme masa de hielo, roca, lodo y agua se desprende en el Himalaya, bloquea el cauce de un río y termina convirtiéndose en una riada que fue capaz de borrar poblaciones enteras. En cuestión de minutos desaparecen casas, caminos, puentes, escuelas, plantas hidroeléctricas y vidas. La escena parece extraída de una película del futuro. No lo es. Es nuestro presente.

El desastre comenzó el miércoles 26 de agosto, cerca de la frontera entre Nepal y el Tíbet, con el colapso de una porción de glaciar y una avalancha que cayó sobre el sistema de los ríos Lhende, Bhote Koshi y Trishuli. Al cierre de estas líneas, los balances seguían cambiando: cientos de muertos, centenares de desaparecidos y alrededor de 93 mil personas severamente afectadas. Entre ellas, al menos 17 mil niños necesitados de ayuda urgente.

Frente a tales cifras, la explicación más cómoda consiste en culpar a la naturaleza. Fue el glaciar, la montaña, el río, la lluvia. Además sucedió en Nepal, un país lejano, pobre y montañoso. Qué terrible. Pasemos a la siguiente noticia...

Esa distancia nos permite observar la tragedia como si fuera un accidente aislado y no una advertencia sistémica dirigida también a nosotros.

No sabemos todavía en qué proporción el calentamiento global intervino en este desprendimiento concreto. Atribuirle automáticamente cualquier alud, incendio o inundación sería tan poco científico como negar que el aumento de la temperatura está transformando glaciares, las precipitaciones, suelos y ciclos hidrológicos. La prudencia exige no inventar causalidades; la sensatez obliga a reconocer el patrón.

El medio ambiente ya no es el escenario relativamente estable sobre el que construimos nuestras ciudades y economías durante un par de siglos. Lo hemos alterado —o ha cambiado— a partir de la Revolución Industrial hasta convertirlo en un factor multiplicador de riesgos. Derretimos hielos, desmontamos bosques, erosionamos suelos, estrechamos cauces y urbanizamos laderas; después fingimos sorpresa cuando el agua recupera el espacio que le quitamos.

Ulrich Beck llamó “sociedad del riesgo” a esta paradoja moderna: producimos riqueza y, al mismo tiempo, fabricamos peligros que atraviesan fronteras y desbordan —literalmente y figuradamente— a las instituciones creadas para contenerlos.

Y sin embargo, aunque el ñ riesgo es global, sus consecuencias están cuidadosamente estratificadas. El poderoso pierde una inversión; el pobre, la casa. Uno cobra el seguro; el otro busca a sus hijos entre el lodo.

Ahí aparece una constante que a últimas fechas recorre huracanes, terremotos, incendios, deslaves y riadas: quienes viven en asentamientos irregulares son invariablemente los primeros en recibir el golpe y los últimos en obtener ayuda. No porque ignoren el peligro ni porque hayan elegido irresponsablemente una ribera, una barranca o una ladera (que a veces sí), sino debido a que ésos son los lugares que la desigualdad les permite ocupar.

La informalidad urbana es también un mapa del descarte. Donde no hay drenaje, muros de contención, vialidades, alertas tempranas ni servicios de emergencia, una contingencia meteorológica se convierte rápidamente en una trampa y catástrofe humanitaria. La naturaleza aporta la amenaza; la marginación decide quién queda sepultado debajo de ella.

Mike Davis lo explicó con crudeza en Planeta de ciudades miseria: la expansión de los asentamientos precarios no es una anomalía transitoria de las ciudades contemporáneas, sino uno de los resultados previsibles de un desarrollo que atrae población sin ofrecerle vivienda, infraestructura y/o derechos urbanos. Luego llega el agua y se lleva lo poco que ese desarrollo les permitió construir.

Pero Nepal exhibe ahora la siguiente estación del abandono: la asistencia humanitaria. Las primeras 72 horas posteriores a cualquier desastre son decisivas, pero la comunidad internacional continúa respondiendo mediante un sistema fragmentado, lento, escaso y dependiente de la voluntad política de los gobiernos y de aportaciones varias que disminuyen justo cuando las emergencias se multiplican.

La Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios informó que en 2025 recibió apenas 12 mil millones de dólares, la cifra más baja en una década. Veinticinco millones de personas menos que el año anterior fueron objeto de asistencia. Para 2026, el organismo volvió a pedir recursos, pero ya a sabiendas de que se auxiliaría solamente a una parte de quienes los necesitan. Ya ni siquiera se financia la necesidad: se administra la exclusión.

En Nepal, el ejército movilizó miles de efectivos, utilizó drones y helicópteros y consiguió rescatar a centenares de personas. Ayer mismo sacaron del lodo a un bebé de tres meses de edad y muerto al senderista australiano Micheal Keats.

Organismos internacionales comenzaron a distribuir agua, ropa, artículos sanitarios y dispusieron de refugios provisionales. Sin embargo, los accesos destruidos, la inestabilidad de las montañas y la amenaza de nuevos desbordamientos complican las operaciones.

No tengo una respuesta del porqué el gobierno nepalí, bajo el argumento de que podía manejar la emergencia con medios propios, rechazo ayudas internacionales de muy diverso tipo. Entiendo que cada Estado quiera dirigir los rescates dentro de su territorio. Lo que no se comprende es que la soberanía se utilice para retrasar auxilios, esconder incapacidades o preservar apariencias mientras la gente espera sea rescatada. Tampoco comprendo una cooperación internacional que necesita permiso político, atención mediática y cálculo diplomático antes de actuar bajo un código de emergencia.

La solidaridad posterior, adicionalmente, no debiera reemplazar la prevención. Resulta más fotogénico enviar helicópteros que financiar mapas de riesgo; más rentable inaugurar una carretera que impedir construcciones en suelos inestables; más emocionante rescatar a una familia que asegurarle, años antes, una vivienda adecuada.

Nepal nos recuerda tres verdades incómodas. El deterioro ambiental está haciendo más frecuentes y más destructivos ciertos riesgos; la pobreza determina quién queda expuesto a ellos, y el sistema humanitario mundial, a pesar de la productividad de ciertas industrias, sigue careciendo de los recursos, la coordinación y, demasiadas veces, de la voluntad necesaria para responder a la escala del daño.

Seguimos llamando “desastre natural” al instante en que el agua arrasa una comunidad. Yo diría que el desastre comenzó mucho antes: cuando aceptamos que algunos vivieran junto al cauce, cuando ignoramos las señales del planeta y cuando decidimos que salvarlos sería un asunto para después. La riada sólo hizo visible todo lo que ya se había derrumbado de antemano.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM 

MAAZ