Ana Asensio, psicóloga, sobre la vuelta al cole: "En los niños la ansiedad no siempre parece ansiedad; a veces parece enfado, rabietas o dolores físicos"

Ana Asensio, psicóloga, sobre la vuelta al cole: "En los niños la ansiedad no siempre parece ansiedad; a veces parece enfado, rabietas o dolores físicos"

La vuelta al cole marca un punto de inflexión tras más de dos meses de libertad, juegos y vida familiar sin prisas en verano. Si a los adultos nos cuesta retomar la rutina, ¿cómo no va a remover a niños y adolescentes? Después de semanas de desconexión, muchos sienten un nudo anticipatorio: miedo a separarse de su familia, temor a no reencontrar su lugar entre los amigos o, en los mayores, inquietud ante la exigencia académica que se avecina.

Ese nerviosismo es habitual y natural, pero a veces la preocupación crece y se convierte en ansiedad. Por eso es clave que las familias sepan identificar las señales que marcan la diferencia y entender qué necesitan sus hijos en ese momento. Para profundizar en ello, hemos hablado con Ana Asensio, psicóloga y doctora en Neurociencia (@vidasenpositivo_anaasensio), que desgrana qué deben saber los padres sobre este fenómeno y ofrece herramientas prácticas para acompañar a niños y adolescentes cuando el regreso a las aulas se hace cuesta arriba.

Si preguntamos cada cinco minutos si está bien, el niño puede interpretar que está ocurriendo algo peligroso

Ana Asensio, psicóloga y doctora en Neurociencia

A la mayoría de los niños les produce algo de nerviosismo la vuelta al cole y algunos van con más ganas que otros, pero ¿cómo saber si se trata de algo más que 'simples' nervios y lo que les genera es verdadera ansiedad?

Es completamente normal que los días previos a la vuelta al colegio un niño esté algo más nervioso, pregunte quién será su profesor, con quién le tocará en clase o diga que no tiene ganas de volver. Está anticipando un cambio después de varias semanas con otros horarios, menos exigencias y mucha más presencia familiar.

La diferencia entre esos nervios normales y una ansiedad que merece más atención está, sobre todo, en la intensidad, la duración y cuánto interfiere en su vida.

Cuando hay ansiedad podemos encontrarnos con un niño que empieza a dormir peor, tiene pesadillas, está especialmente irritable, llora con facilidad, se muestra muy pegado a sus padres o comienza a quejarse repetidamente de dolor de barriga, dolor de cabeza, náuseas o incluso sensación de que va a vomitar. Otros preguntan una y otra vez lo mismo: "¿Y si no conozco a nadie?", "¿y si me toca ese profesor?", "¿y si me dejan solo?", "¿y si no puedo hacerlo?".

Y hay una señal especialmente importante y es la conducta de evitación. Cuando el miedo empieza a llevar al niño a intentar escapar de aquello que teme como no querer hablar del colegio, suplicar no ir, o negarse a preparar la mochila, conviene mirar un poco más allá. Además, en los niños la ansiedad no siempre parece ansiedad. A veces parece enfado, rabietas, irritabilidad o dolores físicos.

¿Qué pueden hacer los padres? Yo les propondría una pequeña regla de tres, que es aprender a observar cuerpo, conducta y pensamiento. ¿Está teniendo más dolores o problemas de sueño? ¿Está evitando cosas relacionadas con el colegio? ¿Está anticipando continuamente que algo malo va a ocurrir? Si aparecen señales en las tres áreas y además interfieren de forma importante, merece atención especial.

Y haría una pregunta muy sencilla, sin interrogatorio: "De todo lo que supone volver al cole, ¿qué es lo que más te preocupa?". Muchas veces esa pregunta nos lleva directamente al problema real.

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¿Por qué suele aparecer esa ansiedad en la mayoría de los niños que la padecen?

Muchas veces aparece por ansiedad anticipatoria. El cerebro infantil está intentando adelantarse a una situación que todavía no ha ocurrido y sobre la que no tiene todo el control.

Para un adulto, volver al colegio puede parecer simplemente retomar una rutina conocida. Para un niño significa muchas cosas a la vez, como separarse de sus padres, volver a madrugar, enfrentarse a exigencias académicas, reencontrarse con compañeros, preguntarse si encajará, afrontar profesores nuevos, comparaciones, posibles conflictos... Y cuanto más incierto perciba todo eso, más fácilmente aparecerá la ansiedad.

Pero no todos los niños tienen miedo de lo mismo. Por ejemplo "No quiero volver al cole" puede significar "me cuesta separarme de vosotros", pero también "tengo miedo de no tener amigos", "me cuesta aprender", "me da miedo equivocarme", "hay un niño que me trata mal" o "siento que no voy a poder con este curso". La herramienta más importante para los padres aquí es pasar del "¿por qué tienes ansiedad?" al "¿qué te preocupa exactamente?".

Incluso podemos ayudarles dándoles opciones del tipo "¿te preocupa más separarte de nosotros, los compañeros, los profesores, las tareas o hay alguna otra cosa?". Para un niño es mucho más fácil identificar una preocupación concreta que explicar una emoción compleja.

Una vez localizado el miedo, podemos trabajar sobre él. La ansiedad se vuelve mucho más manejable cuando deja de ser una nube enorme y conseguimos ponerle nombre.

Vuelta al cole© Getty Images

¿Cómo ayudarles los días previos a rebajarla?

Lo primero es no ridiculizar ni minimizar lo que sienten con frases tipo "no pasa nada", "qué tontería" o "si todos los años es igual" se dicen con buena intención, pero pueden hacer que el niño sienta que además de tener miedo, no debería tenerlo.

Yo recomiendo acompañar sin amplificar con frases como "Entiendo que estés nervioso. Volver después de las vacaciones puede costar un poquito. Vamos a prepararlo juntos".

Y aquí podemos hacer cosas muy concretas: primero, recuperar progresivamente los horarios unos días antes y adelantar la hora de dormir y de levantarse, regular comidas y reducir ese desfase vacacional; segundo, hacer previsible lo que ahora resulta incierto y preparar juntos la mochila, saber quién le llevará, a qué hora saldrá, qué ocurrirá al llegar o quién le recogerá.

Y lo tercero, podemos hacer con los más pequeños un pequeño "ensayo del primer día", como decir "nos levantaremos, desayunaremos, iremos juntos, te dejaré en la puerta y después de clase vendré a buscarte". Anticipar la secuencia aporta seguridad.

Cuarto, reactivar lo agradable y que les dé seguridad, como por ejemplo quedar con algún compañero, recordar algo que le gustaba del colegio o preguntarle qué tiene ganas de recuperar. Y evitaría hablar constantemente de la vuelta. No necesitamos preguntar veinte veces "¿estás nervioso?".

Es importante recordar que preparar para la vuelta, sí, pero convertir la vuelta al colegio en el gran acontecimiento amenazante de la familia, no es saludable.

Nuestro trabajo es ayudarles a descubrir que pueden sentir miedo sin quedar atrapados en él

Ana Asensio, psicóloga y doctora en Neurociencia

¿Cómo hacerlo llegado ya el día en el que tienen que levantarse para volver a clase?

Ese día los padres funcionan casi como un termómetro emocional. Si nosotros transmitimos prisa, preocupación, pena o preguntamos cada cinco minutos si está bien, el niño puede interpretar que efectivamente está ocurriendo algo peligroso.

La primera herramienta sería muy sencilla y es emplear menos palabras y más calma. Levantarse con tiempo, desayunar, vestirse, coger la mochila y seguir una secuencia previsible.

Si aparece el miedo, podemos utilizar una fórmula que me gusta mucho: validar + transmitir confianza + avanzar. "Entiendo que estés nervioso. Sé que hoy te cuesta. Confío en que puedes hacerlo y vamos juntos".

Si el niño está muy activado, podemos hacer algo corporal muy breve como enseñarle tres o cuatro respiraciones lentas, intentando que la salida del aire sea algo más larga que la entrada, beber un poco de agua, darle un abrazo si lo acepta y ayudarle a volver al momento presente que le dé calma en ese momento y evite anticipar en exceso.

Y algo importante, no prolongar excesivamente las despedidas. Cinco despedidas, volver desde la puerta, preguntar otra vez si está seguro o transmitir nosotros angustia puede hacer más difícil la separación.

Tampoco conviene que la ansiedad consiga automáticamente evitar el colegio, salvo que exista una razón que lo justifique. Porque si cada vez que siento miedo escapo, mi cerebro aprende: “menos mal que he escapado”. Es importante saber que queremos enseñarle algo distinto: "Puedo sentir miedo y angustia por volver y puede no apetecerme nada y aun así puedo hacerlo".

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Cuando ya no hablamos de niños, sino de adolescentes, ¿cómo suelen vivir esa ansiedad los días previos y esa misma mañana?

En los adolescentes muchas veces es más difícil detectarla porque ya no suelen decir "tengo miedo de volver al instituto". Puede aparecer disfrazada de irritabilidad, apatía, aislamiento, respuestas bruscas, insomnio, uso excesivo del móvil o un aparentemente indiferente "me da igual".

En esta etapa cobra muchísimo peso la dimensión social en cuanto a preguntas que se hacen del tipo "quiénes son mis amigos, dónde encajo, cómo me ven, qué aspecto tengo, con quién voy a estar, si pertenezco al grupo o voy a quedarme fuera". A esto se suma la presión académica y, según avanza la edad, la preocupación por el futuro.

¿Qué pueden observar los padres? Más que esperar a que el adolescente diga "tengo ansiedad", conviene fijarse en cambios respecto a cómo es habitualmente; por ejemplo, si duerme mucho peor, está especialmente irritable, se encierra más, evita hablar del instituto, tiene molestias físicas, está excesivamente pendiente de los grupos de WhatsApp o verbaliza pensamientos muy negativos sobre el curso y protestas continuas.

Y no interpretar automáticamente la irritabilidad como mala educación o falta de ganas en cuanto actitud escolar se refiere. A veces detrás de un "déjame en paz" hay simplemente un adolescente sobrepasado que todavía no sabe decir “estoy preocupado por volver y no sé cómo manejarlo”.

¿Cómo ayudarles a ellos?

Con los adolescentes suele funcionar mucho mejor estar disponibles que interrogarlos. Preguntar veinte veces "¿qué te pasa?" puede conseguir precisamente que no nos cuenten nada. Podemos decir algo así como "Imagino que volver puede darte bastante pereza o incluso ponerte nervioso. Si hay algo que te preocupe y quieres hablarlo, estoy aquí". Y dejar espacio, esto es importante, que sientan disponibilidad sin agobios.

Una herramienta que funciona especialmente bien es ayudarles a separar hechos de predicciones. Si dice "voy a estar solo", podemos preguntar "¿eso es algo que sabes que va a ocurrir o algo que temes que pueda ocurrir?". Si dice "este curso va a ser horrible" poder decirles, "¿Qué sabemos realmente ahora mismo que sea real y qué está imaginando tu cabeza?".

No se trata de convencerle de que todo será maravilloso, porque tampoco lo sabemos. Se trata de ayudarle a sustituir "seguro que va a pasar" por "me preocupa que pueda pasar". Psicológicamente hay una diferencia enorme.

También podemos ayudarle a elaborar un pequeño plan para aquello que teme; por ejemplo, proponerle "si no estás con tus amigos en clase, ¿qué podrías hacer?", "si una asignatura se complica, ¿a quién pedirías ayuda?".  Tener un plan reduce mucho la sensación de indefensión.

Vuelta al cole© Getty Images

¿Cómo suelen estar tanto niños como adolescentes con ese nivel de ansiedad el primer día de clase?

Curiosamente, en muchos casos la anticipación es peor que el propio acontecimiento, pero ellos aún no han aprendido esto. Pueden llegar al colegio con una activación muy alta y, una vez dentro, ven caras conocidas, empiezan las conversaciones y recuperan la rutina, esa ansiedad disminuye considerablemente.

Antes de entrar, el cerebro está trabajando fundamentalmente con predicciones. Una vez dentro, empieza a recibir información real "mi amigo está aquí", "sé dónde tengo que ir", "esto lo conozco", "no ha ocurrido eso que imaginaba". Y la incertidumbre disminuye y la estimulación suele aumentar.

Por eso la herramienta para los padres es no valorar cómo ha ido la adaptación únicamente por la mañana del primer día. Hay que observar la evolución. ¿Cómo sale? ¿Cómo está esa tarde? ¿Y el segundo día? ¿Y al cabo de una semana?

Incluso, al recogerles, evitaría un interrogatorio inmediato de veinte preguntas. Podemos empezar simplemente por decirles "Qué alegría verte. ¿Cómo ha ido?" y permitir que sean ellos quienes vayan contando.

Me preocuparía más que la angustia, en lugar de disminuir progresivamente, aumentara con los días y que cada noche comenzara el sufrimiento por la mañana siguiente y que aparecieran síntomas físicos recurrentes o que hubiera un cambio importante en sueño, alimentación, conducta o estado de ánimo.

Para un niño es mucho más fácil identificar una preocupación concreta que explicar una emoción compleja.

Ana Asensio, psicóloga y doctora en Neurociencia

Si la ansiedad va a en aumento a medida que se acerca el día, ¿sería recomendable hablar con los profesores?

Sí. Especialmente cuando la ansiedad es intensa, existe algún antecedente que pueda explicarla o los padres perciben un cambio importante respecto a otros años. Y aquí la herramienta es comunicar sin etiquetar ni alarmar.

Podemos hablar con el orientadora o tutor y decir algo tan sencillo como "Estos días estamos observando que nuestro hijo está bastante angustiado con la vuelta. Nos ayudaría que durante los primeros días estuvierais un poco atentos a cómo se encuentra una vez dentro y después pudiéramos compartir impresiones". Esto permite tener dos miradas, la de casa y la del colegio.

Puede ocurrir que un niño salga de casa tremendamente angustiado y diez minutos después esté jugando tranquilamente. O justamente lo contrario, que en casa apenas diga nada y en el colegio esté aislado o pasándolo mal.

También , si es posible, pediría al profesor que observe tres cuestiones muy concretas, como integración social, estado emocional y funcionamiento académico. Y si aparecen indicios de rechazo, acoso, aislamiento o dificultades importantes de aprendizaje o un sufrimiento que se mantiene, entonces sí considero fundamental actuar pronto y, si es necesario, solicitar valoración profesional.

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¿Qué le dirías a los padres de un niño o de un adolescente que se encuentre en esta situación?

Les diría que intenten situarse en un punto intermedio entre dos extremos muy frecuentes, ni dramatizar el miedo ni quitarle importancia. Pero sí actuar en consecuencia. Nuestros hijos necesitan recibir simultáneamente dos mensajes: "Entiendo que esto te está costando" y "confío en que puedes afrontarlo".

Y si tuviera que dejarles algunas herramientas a las familias para esos días, serían muy sencillas: escuchar antes de tranquilizar, preguntar qué teme exactamente, mantener las rutinas, reducir incertidumbre, no anticipar catástrofes delante de él, evitar interrogatorios constantes, no facilitar la evitación como primera respuesta y transmitir confianza en su capacidad para adaptarse.

Pero añadiría una última cosa y es que los padres también debemos observarnos a nosotros mismos. A veces queremos conseguir que nuestro hijo deje de sentir ansiedad porque su ansiedad nos angustia a nosotros. Y entonces empezamos a sobreproteger, preguntar, anticiparnos, solucionar o evitar. Nuestro trabajo no es conseguir que nuestros hijos nunca tengan miedo ni ansiedad, sino ayudarles a descubrir que pueden sentir miedo (y que es normal) sin quedar atrapados en él y afrontar la ansiedad manejándola con éxito.

Y cuando ese miedo es desproporcionado, se mantiene unas semanas, aumenta, provoca mucha evitación, síntomas físicos frecuentes o empieza a condicionar su vida familiar, social o académica, esto entonces no debemos normalizarlo indefinidamente. Ahí sí es importante pedir ayuda. Porque probablemente uno de los aprendizajes psicológicos más valiosos que podemos regalarles es verles y estar a su lado trasmitiéndoles que "lo que sientes importa, puedes contármelo, te vamos a ayudar y vamos a aprender juntos qué hacer con ello".