Air Force… None y el hombre del camión de catering

Air Force… None y el hombre del camión de catering

¿Donald Trump tuvo miedo? No lo sé y tampoco importa demasiado. El escándalo no es que el presidente de Estados Unidos fuera protegido frente a una amenaza creíble. Lo verdaderamente inquietante es que su dispositivo de seguridad convirtiera en parte del engaño a funcionarios, colaboradores y periodistas. Para el Servicio Secreto, el Presidente es indispensable; los demás, material utilizable.

Ocurrió el 8 de julio, al concluir la cumbre de la OTAN en Ankara, Turquía. Trump subió ante las cámaras al antiguo Air Force One, desapareció dentro del avión y, minutos después, salió oculto —nadie lo supo entonces, obviamente— en un vehículo de catering rumbo a un C-32A militar. El aparato presidencial despegó hacia el Reino Unido con integrantes de su gobierno, personal de la Casa Blanca y periodistas, todos convencidos de que Trump seguía a bordo. No estaba. Vaya detalle.

La inteligencia estadounidense había detectado un complot iraní, o de alguno de sus aliados, para disparar un misil contra el avión en el que viajaría el mandatario. El engaño buscaba impedir que los atacantes supieran cuál aeronave debían seguir. Hasta ahí, el protocolo.

La operación pudo ser impecable en términos tácticos. Política y moralmente, en cambio, dejó demasiadas preguntas sobre la pista.

Si el peligro justificaba sacar al Presidente, ¿qué riesgo corrían quienes permanecieron en el avión utilizado como señuelo? ¿Se calculó su seguridad o únicamente su utilidad dentro de la maniobra? ¿Quién decidió que podían formar parte de una operación de alto riesgo sin saberlo? Proteger al mandatario constituye una obligación de Estado; disponer silenciosamente de los demás es otra cosa.

Trump atribuyó la decisión a los militares y al Servicio Secreto. “Ellos querían que bajara”, explicó. Ya está: caso resuelto. Él sólo pasaba por ahí.

El mandatario tiene razón, pero únicamente hasta cierto punto. Esas instituciones determinan las medidas operativas inmediatas y, ante una amenaza creíble, deben reducir la exposición presidencial. Abandonar el avión no demuestra cobardía; demuestra que el peligro fue considerado suficientemente serio. Justo ahí comienza el problema.

La responsabilidad política empieza donde termina el protocolo técnico. El Servicio Secreto protege el cuerpo de Trump; Trump responde por el gobierno que utiliza cuerpos ajenos para protegerlo. Mucho más cuando la Casa Blanca sostuvo durante semanas una versión distinta y jamás informó que el avión presidencial había sido empleado como señuelo. La seguridad nacional sirve para guardar secretos; al parecer, también para guardar pasajeros.

El propio Trump ofreció una frase difícil de mejorar. Al preguntársele por qué habían ordenado mantener cerradas las ventanillas de la cabina de prensa, respondió que probablemente se trataba de “un vuelo peligroso” y añadió: “Pero si yo caigo, ustedes caen, ¿no?”. El estadista tranquilizando a sus acompañantes con la promesa de una muerte compartida. Liderazgo participativo, supongo.

Después sostuvo que el avión alternativo en el que él viajó quizá había corrido “mayor riesgo”. Ajá. Si era el aparato más expuesto, cuesta entender la necesidad de abandonar el otro en secreto, trasladarse oculto en un camión y mantener el engaño hasta llegar al Reino Unido. Algo no cabe simultáneamente en la bodega de carga: o la maniobra era indispensable para protegerlo o Trump aceptó viajar en la aeronave más peligrosa. Ambas versiones sólo despegan juntas en su relato.

El episodio revela algo más sobre la capacidad atribuida al enemigo. No significa necesariamente que Irán pudiera derribar el Air Force One desde su territorio. Sí indica que la inteligencia estadounidense consideró posible un ataque cerca del aeropuerto o durante el despegue, cuando cualquier aeronave resulta más vulnerable. Entonces, ¿existían operativos iraníes en Turquía?, ¿habían logrado introducir armamento en las inmediaciones de Ankara?, ¿las defensas del Air Force One no bastaban?, ¿hasta qué punto estaba comprometida la seguridad del país anfitrión, integrante de la OTAN? Preguntas menores, sin duda. Lo importante era que nadie levantara la persiana.

La escena contradice buena parte de la retórica trumpista sobre una superpotencia capaz de alcanzar impunemente cualquier objetivo. El Presidente que habla como si ningún adversario pudiera escapar de Estados Unidos tuvo que abandonar su avión dentro de un camión de catering ante la posibilidad de que alguno pudiera alcanzarlo a él. La supremacía aérea terminó escondida entre bandejas y contenedores térmicos.

¿Se está victimizando nuevamente? Yo no creo que la operación se inventara con ese propósito. La Casa Blanca intentó ocultarla y la información sólo emergió cuando The Washington Post reconstruyó lo sucedido; otros medios la corroboraron después. La explotación política vino más tarde. Trump intenta representar simultáneamente al objetivo histórico que todos desean eliminar, al hombre intrépido que “rara vez se preocupa” y al Presidente obediente que simplemente hizo lo ordenado por sus custodios. Víctima, héroe y espectador de sus propias decisiones. Todos en uno. Como siempre.

Los atentados que ha sufrido le permiten transformar cada amenaza en confirmación de su narrativa mesiánica: si quieren matarlo, ha de ser debido a su excepcional importancia. La pregunta ya no es sólo si el complot existía, sino qué uso hará de él. Trump no necesita que el misil sea disparado; le basta con que su existencia demuestre que el mundo conspira contra el hombre destinado a salvarlo.

Mientras tanto, las primarias mostraron una vulnerabilidad frente a la cual el Servicio Secreto tiene pocas herramientas. Peggy Flanagan derrotó en Minnesota a la centrista Angie Craig, y Luke Bronin desplazó en Connecticut al veterano John Larson. El moderado David Crowley, sin embargo, frenó por muy poco a la socialista Francesca Hong en Wisconsin. Entre los republicanos, Mike Lindell perdió la candidatura a gobernador de Minnesota, pese al respaldo de Trump. No hubo una sola ola ideológica; sí una advertencia para las dirigencias tradicionales y para el supuesto poder infalible de un endoso presidencial. A veces el ungido gana. A veces ni siquiera alcanza la pista.

Del misil iraní, Trump salió escondido en un camión. Del desgaste electoral no habrá vehículo de catering que lo saque a escondidas. El proyectil acaso nunca llegó al Air Force One; su alcance político, en cambio, penetró hasta la bodega presidencial.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM 

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