El príncipe heredero de Japón se atreve a criticar la reforma de la Ley imperial que sigue marginando a las mujeres en la sucesión al trono
Como ocurre en cualquier Monarquía parlamentaria del globo, los miembros de la familia imperial de Japón no pueden expresar en público opiniones de naturaleza política. De hecho, en el país del sol naciente son tan rígidos con esta cuestión que, en 2016, Akihito -entonces emperador y padre del actual soberano, Naruhito- tuvo que hacer malabarismos verbales en un histórico discurso a la nación en el que admitió que, por "su declive físico" y problemas de salud -había sido sometido a dos importantes intervenciones quirúrgicas-, se veía "dificultado para llevar a cabo sus altas responsabilidades". El anciano jefe de Estado necesitaba dar un paso atrás, pero no podía decir abiertamente que su deseo era abdicar la corona.
Por ello resulta tan sorprendente la claridad con la que el actual príncipe heredero de Japón, Akishino, hermano de Naruhito, se ha referido a la reciente y muy polémica reforma de la Ley de la Casa Imperial, sin cortarse un pelo en lo que a todas luces supone una crítica a la élite política, en línea con el desconcierto y malestar de los ciudadanos japoneses, que, como reflejan las encuestas, en su mayoría no entienden el empecinamiento en mantener la férrea ley sálica que margina totalmente a las mujeres del orden sucesorio.
"Tengo sentimientos encontrados", ha dicho Akishino sobre la enmienda legal que insiste en que sólo los hombres pueden convertirse en emperadores y transmitir derechos sucesorios. "Creo que no hay diferencia entre hombres y mujeres" a la hora de desempeñar las funciones de la familia imperial para responder a las necesidades sociales, subrayó el hermano del emperador durante una conferencia de prensa previa al viaje a Paraguay que va a emprender junto a su mujer, la princesa Kiko, a finales de este mes para conmemorar el 90º aniversario de la emigración japonesa al país sudamericano.
Akishino fue muy sutil en sus comentarios, pero aún así bastante claro para sorpresa de propios y extraños: "Tengo sentimientos encontrados al respecto, y sería bastante extraño que no los tuviera", dijo al ser preguntado sobre la decisión del Gobierno, avalada por el Parlamento bicameral nipón. Y añadió que "es una pregunta difícil, y la verdad es que no puedo hablar de ello". "La sociedad necesita seguir progresando, y creo que es importante que las personas con diferentes puntos de vista sigan pensando qué es lo mejor", zanjó Akishino saliendo así del paso.
La escasez de varones en una familia imperial en la que las mujeres están excluidas del orden sucesorio se ha convertido en el mayor problema institucional en un país tan ultramoderno en lo económico y lo tecnológico como conservador en lo social y lo político. Y encontrar de una vez una solución es lo que parecen haberse propuesto tanto la actual primera ministra, Sanae Takaichi, como su formación, el Partido Liberal Democrático, aunque la reforma legal aprobada ha recibido muchas críticas y bastante incomprensión social.
Desde ahora, se permitirá que las princesas imperiales conserven su dignidad real después de casarse con plebeyos -para evitar así que la familia siga jibarizándose de forma alarmante, ya que hasta ahora cualquier princesa deja de serlo al contraer matrimonio-. Y se respalda que la familia reinante adopte a varones más de 15 años que desciendan por línea masculina de las 11 antiguas ramas imperiales que perdieron ese estatus con la Constitución de 1947, impuesta por Estados Unidos tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Esos varones, hoy plebeyos, no tendrían derechos al trono, pero sí se los transmitirían a sus futuros hijos, igualmente varones, lo que abriría ya sí mucho las posibilidades de que dentro de algunas generaciones vuelva a haber un número suficiente de principitos correteando por los bellísimos palacios de Tokio con posibilidades de reinar, como viene haciendo de forma ininterrumpida la dinastía Yamato desde hace unos 2.600 años -los primeros emperadores, eso sí, se consideran de carácter legendario-.
Del presumible malestar en el seno de la dinastía da cuenta no sólo la crítica que hace ahora Akishino -padre de Hisahito, el joven en cuyos hombros recae la inmensa responsabilidad de traer al mundo herederos varones que aseguren la continuidad dinástica sin tener que recurrir a fórmulas extrañas como la de adoptar a plebeyos descendientes de antiguos emperadores-. Ya con anterioridad Akishino ha expresado no pocas veces su preocupación por el número de miembros menguantes que sirven a la Corona. Y el propio Naruhito sorprendió en la conferencia de prensa que protagonizó antes de viajar con la emperatriz Masako a Europa -con motivo de las visitas de Estado a Países Bajos y Bélgica-, al reclamar que los esfuerzos para garantizar el futuro de la institución "cuenten con la comprensión del pueblo". No parece que se le haya hecho mucho caso.