La última y nos vamos
Regresé a México, a mi México. Regresé al calor de la gente, a esas sonrisas, a esos colores, a esas cosas imposibles que nos dan risa, esas que nos hacen decir: “imagínate que vivieras en Suiza y te perdieras esto.”
Fue André Breton, poeta, escritor y teórico francés, padre del surrealismo, quien llegó a México el dieciocho de abril de mil novecientos treinta y ocho, invitado por el gobierno francés. Durante cuatro meses recorrió Nuevo León, Michoacán, Jalisco y la capital.
Fue en Pátzcuaro donde declaró haber encontrado el México más surrealista, en su relieve, en su flora, en el dinamismo que le confiere la mezcla de sus razas. Porque en este país todo supera a cualquier ficción.
Es muy cierto que hay un México que me ha dolido por muchos años, sobre todo estos últimos. Me duelen en el alma las madres buscadoras, más que nada. Me duele la sangre que corre. Me duele la fama internacional que arrastramos, donde aseguran que es el narcotráfico el que hoy nos gobierna. Me duele todo lo malo que puede tener este país: sus desaparecidos, sus muertos, la corrupción, los baches, la inseguridad, los robos, el ruido. Es terrible, lo sabemos: a todos los que amamos México, todo eso nos duele.
Pero hoy quiero quedarme con las maravillas. Cuando regresas, gracias México, como tú solo hay uno. Y no es que uno claudique cuando se va de verdad: es que el águila florece en el pecho, se aletea, se inquieta. Y cuando regresé la sentí con esas alitas fuertes que no he sentido en ninguna otra cultura, y eso que he tenido la fortuna de viajar y vivir experiencias maravillosas en otros países.
Pero aquí, en este México, se viven en sobremesa cosas especiales. En esa “la última copa y nos vamos”, que nunca es la última, cabe absolutamente toda una historia. Caben preguntas incómodas, chismes, albures, chistes, risas, confesiones, agradecimientos, bendiciones.
Ahí es donde nos miramos a los ojos. Donde realmente nos preguntamos cómo estamos, cómo te fue, qué te faltó, qué te da miedo, qué sueñas, qué quieres, qué te ilusiona, qué te hace vivir.
En esa última y nos vamos nos comunicamos, nos miramos de verdad. La última y nos vamos es de México, es de aquí, es de nosotros. Ahí es donde se siente el calor de la gente, la cercanía de las palabras, ahí es donde nuestra águila vuela alto. Lo observé la tarde de este jueves: ese calor que no había sentido en tanto tiempo, esas horas de sobremesa que se estiran sin mirar el tiempo.
Escuché las risas de las mesas vecinas, me llegó el olor a tequila, tortilla y tierra mojada. Querido lector, ¿cuántas últimas has pedido y nunca te fuiste?
POR MÓNICA SALMÓN
COLABORADORA
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