El dueño del 33 por ciento
Trump no es dueño de Estados Unidos. Le basta con seguir siendo dueño del Partido Republicano. Gobierna con la aprobación de apenas uno de cada tres estadounidenses. No tiene mayoría, pero ese tercio participa, vota, disciplina y selecciona candidatos mientras buena parte de los demás desaprueba desde el sofá.
En política, la intensidad suele valer más que la cantidad. La más reciente encuesta de Reuters/Ipsos no dice que la popularidad de Trump “cayó 33%”, como erróneamente se ha repetido en medios, sino que cayó a 33%, el nivel más bajo de sus dos presidencias. El 64% desaprueba su gestión.
La guerra con Irán, el encarecimiento de la gasolina y la economía erosionan incluso ventajas republicanas que parecían estructurales. En inmigración, la diferencia favorable al partido se redujo de 26 puntos en enero de 2025 a sólo dos.
Trump podría estar perdiendo al país sin perder al Partido Republicano. Ahí está la paradoja.
Byron Donalds acaba de demostrarlo en Florida. El candidato respaldado por el presidente arrasó en la primaria republicana para gobernador. Trump se debilita ante el electorado general, pero conserva el poder para decidir quién puede llamarse republicano e ir a las contiendas.
Un presidente puede dejar de convencer al país y, aun así, continuar gobernando a su partido. Y quien controla el partido conserva —al menos por ahora— la posibilidad de controlar el Congreso. A Trump le bastan tres activos: la lealtad del votante que participa en las primarias, la capacidad de premiar o castigar candidatos y una mayoría legislativa suficientemente obediente para neutralizar los contrapesos.
Las primarias nacieron para democratizar la selección de candidaturas; hoy pueden producir el efecto contrario: entregar el filtro de acceso al poder a los electorados más pequeños, movilizados e ideologizados. No necesariamente eligen a quien puede conquistar una mayoría nacional, sino a quien representa con mayor pureza —o estridencia— a cada bando. Esto es, la democracia abrió la puerta de los partidos, pero las minorías organizadas aprendieron a llegar primero.
Florida ofreció la radiografía completa estos pasados días. Donalds ganó la candidatura republicana a gobernador con la bendición de Trump. Entre los demócratas, Angie Nixon, integrante de los Socialistas Democráticos de América, derrotó a Alexander Vindman, figura del primer juicio político contra el presidente, en la primaria al Senado.
Nixon obtuvo 56.1% de los votos pese a haber recaudado alrededor de 975 mil dólares frente a los 16.3 millones de Vindman. No sólo venció a un adversario: derrotó al dinero, al aparato y a la presunción de que el centro todavía era dueño natural del Partido Demócrata.
Eso no significa que Florida se haya vuelto socialista. Nixon enfrentará una elección extremadamente difícil en un estado cada vez más republicano. Significa algo más revelador: también las bases demócratas están castigando a los candidatos del establishment.
Ambos partidos seleccionan cada vez más representantes capaces de expresar la furia de sus militantes, aunque no necesariamente de construir mayorías.
En un mismo estado triunfaron dos respuestas opuestas al mismo malestar. A la derecha, nacionalismo, autoridad y lealtad personal a Trump. A la izquierda, redistribución, organización sindical y combate a las élites económicas. No son proyectos equivalentes, pero crecen sobre una fractura común: la pérdida de credibilidad del centro político.
El votante moderado suele llegar en noviembre. El militante aparece bastante antes y decide qué opciones encontrará el moderado... Para cuando llega la mayoría, la minoría organizada ya redactó el “menú electoral”. La escena acaso resulte familiar fuera de Estados Unidos.
El mecanismo se completa con distritos manipulados o poco competitivos, donde la primaria termina siendo la elección verdadera. Los legisladores llegan al Congreso debiéndoles el cargo a las bases partidistas, no al votante medio. Negociar con el adversario se vuelve más peligroso que paralizar al gobierno. La polarización deja de ser sólo cultural: se convierte en arquitectura institucional.
Ese es el significado de estas primarias estadounidenses que acaban de tener lugar. Ya eligieron a quienes competirán por el Congreso; las elecciones intermedias decidirán algo más grave: si Estados Unidos seguirá teniendo un gobierno con contrapesos o un presidente con legisladores, que no es exactamente lo mismo.
Tres en Raya
Estados Unidos sólo ha elegido a tres gobernadores afroamericanos en toda su historia. En 2026 habrá ocho candidatos negros de los dos partidos principales en las boletas para gubernaturas, incluido el actual gobernador de Maryland, Wes Moore, quien busca reelegirse. Es un avance histórico, aunque su significado no sea el de antes.
La raza ya no permite anticipar la ideología. Donalds podría convertirse en el primer gobernador negro de Florida encarnando al trumpismo más disciplinado. Otros candidatos representan proyectos demócratas, progresistas o conservadores.
La representación racial avanza al mismo tiempo que la fragmentación política. Los candidatos afroamericanos han dejado de ser interpretables como un solo bloque: ya protagonizan todas las izquierdas y todas las derechas estadounidenses. La igualdad también consiste en adquirir el derecho a discrepar.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ