Instrumento subversivo

Instrumento subversivo

Escuchas: “Clac-shhh, clac-shhh”. Una peculiar rítmica fonética metálica, airada por una fragancia rudimentaria a tinta industrial. Estás percibiendo el respirar de una vetusta máquina ancestral. Hablamos de un aparatejo cuya anatomía de hierro frío, engranajes desnudos y tambor de acero, eran sus artilugios para fijar las grafías en el papel. Una impresora portátil de legajos. Esta bestia mecanizada se llamaba: mimeógrafo.

Si la imprenta masificó el conocimiento, el mimeógrafo la democratizó. El mimeógrafo era más económico y movible que la imprenta tradicional, lo que le permitió gestar un sinfín de textos que la economía, la política o el comercio hubiera cercenado de inmediato. El mimeógrafo labró la brega del libre tránsito de las ideas.

Mejorando el proceso de Thomas Alva Edison, el empresario Albert Blake Dick, en 1887, produjo masivamente lo que hoy llamamos mimeógrafo. Su precio asequible, su accesibilidad tecnológica y el que lograra que cualquier persona, con una máquina de escribir, algo de dinero y creatividad, se lanzara gallardamente como su propio editor, fueron los ingredientes que le permitieron permear en la mayoría de las naciones.

La burocracia, el comercio, la vida comunitaria, y la educación cambiaron profundamente con el mimeógrafo: nacieron las guías de estudio, los boletines, hojas de canto, programas de eventos, revistas, periódicos de corto tiraje, etcétera: las palabras eran el sortilegio entregado. La libertad era la recompensa garantizada.

Tanta libertad causó escozor e incomodidad al detentor de la palabra y la verdad: el gobierno. Muchos gobiernos empezaron a ver con recelo la libertad que el mimeógrafo brindada. Libertad peligrosa, porque llevaba consigo la palabra, el pensamiento y la expresión sin control ni restricción.

Por ejemplo, ante las atrocidades del régimen nazi, en 1942, un grupo de estudiantes de la Universidad de Múnich, formado por los hermanos Hans y Sophie Scholl, sus amigos y el profesor Kurt Huber, formaron “la Rosa Blanca”, un grupo de resistencia, que con la verdad como bandera y el mimeógrafo como fusil decidieron develar las atrocidades de ese cruento régimen por medio de una metralla de panfletos y boletines.

Aunque capturados y condenados a muerte, por la farsa judicial del “Tribunal del Pueblo”, su historia sobrevivió gracias a que uno de sus panfletos salió clandestinamente de Alemania y llegó a Reino Unido. Sus emotivas frases, sus palabras confeccionadas con precisión y sensibilidad, fueron la razón por la que los aliados decidieron titularla como “Manifiesto de los estudiantes de Múnich”, reproducirlas y lanzarlas sobre las ciudades alemanas. Sin el mimeógrafo, esas voces duras, rebeldes y directas hubieran sucumbido ante el silencio dictatorial.

Durante años el mimeógrafo ayudó a los periodistas independientes a surcar los gravámenes o restricciones sobre el “papel imprenta”. Permitió masificar las ideas y eludir el escrutinio oficial. Fue considerado por muchos regímenes -y el mexicano no fue la excepción-, como “instrumento subversivo”. “Instrumento para la propaganda clandestina” o “herramienta para la disolución social”.

Hoy es un artilugio del pasado. De un pasado que nos lanza lecciones a futuro y que nos recuerda que cualquier medio, mecanismo, o sistema que permita la libertad de la palabra, será reactivo y peligroso para un régimen poco tolerante o restrictivo. Las señales de advertencia ahí están.

Juan Luis González Alcántara Carrancá
Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

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