China cambia y no cambia
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Hay libros para el invierno y libros para el verano. La distinción no depende necesariamente de su ligereza; pero a la lectura estival se le agradece el tempo lento y, en el caso de la novela de intriga, que discurra sin estrépito. The Secret Sharers de Qiu Xiaolong, decimocuarta entrega de la serie del inspector Chen Cao -esperamos poder disfrutar pronto de la traducción-, pertenece a esa categoría. Permite demorarse en una taza de té, una calle de Shanghái, un poema de la dinastía Tang o un encuentro que tarda páginas en revelar su sentido. Va desarrollando despaciosa un hilo sutil que conduce hasta uno de los grandes agujeros negros de la membranza china: Tiananmén.
Qiu nos presenta aquí a un Chen desencantado y en una posición más que precaria. Ya no dirige la brigada de homicidios de Shanghái, sino una oficina de reforma judicial cuya pomposa denominación apenas disimula el cementerio de elefantes que representa. Además, se encuentra "de baja por convalecencia", expresión burocrática que, en la China del Partido, suele tener menos conexión con la salud que con la conveniencia política de mantener a alguien apartado mientras se decide su futuro.
En ese paisaje de incertidumbre, la presencia de la joven secretaria Jin, silenciosamente enamorada de Chen y siempre dispuesta a seguirle en cualquier cometido, constituye el contrapunto vital de un protagonista que ya espera muy poco del sistema. Precisamente porque ha dejado de aspirar a recompensas oficiales encuentra un espacio inesperado para ser fiel a sí mismo. Su relación con Jin ha madurado entre complicidades, escenas domésticas impregnadas de esa felicidad discreta que sólo aparece cuando las grandes ambiciones han quedado atrás. Ella, que sabe de sus aficiones de gourmet, le trae caprichos, se pone el delantal y cocina, mientras él se abstiene de fumar en su presencia.
El arranque contiene en miniatura el universo de Qiu. Un teléfono que acaso esté intervenido. Un viejo policía jubilado que invita a Chen a tomar un té porque lo importante nunca se dice por la línea. Una superviviente casa de agua caliente convertida en improbable salón de degustación. Hojas de Longjing compradas directamente a los campesinos por la sospecha de que las tiendas caras -oficiales o no- las pueden estar tiñendo de verde. Proverbios, alusiones literarias, circunloquios y silencios; una historia que parece estancarse entre digresiones. Pero en Oriente las desviaciones no constituyen una pérdida de tiempo, forman parte de todo relato, de toda negociación y con frecuencia son el camino más seguro hacia el objetivo.
El caso comienza cuando una poderosa promotora inmobiliaria ofrece una suma astronómica para localizar a un personaje conocido como X, cuya brillante trayectoria intelectual y académica quedó truncada muchos años atrás por unas declaraciones de las que rehusó retractarse. X, que se gana hoy la vida modestísimamente como adivino instalado en un tenderete de callejuela oscura y maloliente destinada al bulldozer, "ha sido desaparecido". La formulación importa. No ha desaparecido; ha sido desaparecido. El uso transitivo del verbo, nacido en internet y aprendido por Chen de su vivaz asistente, encierra toda una teoría del poder. En un Estado donde las palabras oficiales maquillan los hechos la lengua popular inventa construcciones nuevas para nombrarlos.
A partir de ahí, Qiu ofrece lo que sus lectores esperan: una pesquisa detectivesca envuelta en observación social. La indagación progresa lentamente, jalonada de recuerdos, poemas y escenas cotidianas que terminan componiendo un retrato mucho más penetrante que cualquier exposición directa del verdadero enigma que nunca es el caso; que es siempre China. ¿Cómo puede transformarse tan vertiginosamente y seguir siendo tan reconocible?, ¿cómo conviven el capitalismo más desaforado y un submundo anclado en la tradición?, ¿cómo una civilización capaz de codearse permanentemente con poemas escritos hace más de mil años expulsa del debate público un acontecimiento decisivo ocurrido en 1989?
Es la China que rara vez asoma a nuestras portadas. Mientras contemplamos con fascinación -o con inquietud- sus avances en inteligencia artificial, robótica, armamento o vehículos eléctricos, Qiu se interna en los arrabales de esta revolución para descubrir otra realidad: las conversaciones en voz baja, la poesía, la memoria y la vida callada de quienes siguen habitando las grietas del gran relato oficial. Ahí reside el verdadero corazón del libro.
El propio Chen formula esa paradoja mientras traduce a los clásicos y reúne una antología de su propia poesía. Entre los versos de las dinastías Tang y Song y la escritura contemporánea aprecia una tensión permanente: "China cambia y no cambia". La frase recorre toda la obra. Ha mudado el perfil de Shanghái, surgido sus rascacielos, crecido su riqueza, proliferado sus teléfonos móviles y las formas de corrupción. No han cambiado los arrumbados por el desarrollismo, que sobreviven malamente, la necesidad de hablar en clave, la fragilidad de quien incomoda al Partido, ni la facilidad con la que una persona puede ser borrada del espacio visible.
Escribí hace algún tiempo ("China desde la novela policiaca de Qiu Xiaolong", 04/01/25) cómo esta serie constituye una lente privilegiada de costumbres y tensiones sociales. Qiu vuelve a demostrarlo. Quien no conozca al inspector Chen debería comenzar por Muerte de una heroína roja y seguir, en lo posible, el orden de publicación. Quien ya lo acompañe desde hace años encontrará aquí una historia de ausencias, una visión de la China posterior al COVID, una meditación sobre el olvido y un homenaje tardío a las vidas que Tiananmén quebró. Es todo eso. Pero, más allá, es una reflexión sobre el paso del tiempo.
Tiananmén aparece así no como lección de historia añadida, sino como desgarro que sigue ordenando silenciosamente las vidas. Qiu estaba en Estados Unidos cuando ocurrió y decidió establecerse allí. Su criatura -en buena medida su trasunto- permaneció, en cambio, dentro del sistema y construyó su carrera en el interior. Esa distancia entre autor y personaje explica buena parte de la riqueza del planteamiento. Qiu no convierte a Chen en un disidente ni en un héroe inmune a la ambigüedad. Lo mantiene dentro de la maquinaria, intentando preservar espacios de decencia sin fingir que esa elección carezca de coste.
Hay algo particularmente adecuado para el verano en esta manera de contar. Qiu no levanta la voz. Deja que el argumento se filtre desde unos buñuelos de cerdo, el sabor a infancia del humilde pastel de arroz arrollado por la prosperidad, un excurso sobre los combates de grillos, una cita de El sueño del pabellón rojo, el recuerdo de un parque o la descripción minuciosa de un plato típico. El lector disfruta de la ciudad, los personajes, los cuentos dentro de la narración principal; al cerrar el libro sabe más sobre China que antes de abrirlo y, picada la curiosidad, tal vez buscará repetir la experiencia. No porque haya recibido una conferencia, sino porque ha vivido durante unas horas dentro del complejo lenguaje del Imperio del Medio, en el que destaca -de siempre- la poesía. Los periódicos nos enseñan la China que quiere mostrar el Partido; Qiu nos descubre la que el Partido no puede impedir que siga existiendo.
La poesía adquiere así un significado distinto del que había tenido hasta ahora en la saga. Ya no constituye únicamente un rasgo cultural o un refinamiento intelectual. Se convierte en un refugio moral, en lenguaje donde todavía es posible expresar lo que la prosa no alcanza a decir. Chen traduce poemas porque sabe que los versos antiguos siguen conteniendo verdades que el presente no ha conseguido abolir. Quizá también por eso seguimos leyendo sus libros. Nos prometen aclarar qué le ocurrió a alguien y terminan revelándonos qué le ha sucedido a una sociedad. En la China de Qiu las personas pueden ser desaparecidas, los hechos borrados y las palabras vigiladas. Pero la memoria siempre encuentra rodeos. A veces se refugia en un poema. Otras, en una conversación. Y, a veces, en una excelente novela para el verano.