¿Regañar a tu hijo delante de todos o callarte? La psicóloga Sonia Martínez tiene la respuesta: "Intervenir no significa perder los nervios"

¿Regañar a tu hijo delante de todos o callarte? La psicóloga Sonia Martínez tiene la respuesta: "Intervenir no significa perder los nervios"

Cuando un niño se comporta mal o hace algo que no debe cuando hay otras personas delante, es normal que sus padres se planteen cómo intervenir para corregir a su hijo: ¿es mejor regañarle delante de todos o callar y no darle importancia para no llamar la atención? Se lo hemos preguntado a Sonia Martínez, psicóloga y directora de los Centros Crece Bien, y la respuesta nada tiene que ver con ‘blanco o negro’. 

Resulta evidente que hay que intervenir, especialmente si está haciendo daño a otro niño. La cuestión es cómo hacerlo para que nuestro hijo aprenda y, al mismo tiempo, para evitar etiquetarlo delante de otros amigos o de sus padres. ¿Cómo hacerlo? Martínez nos lo explica de manera muy sencilla y clara para poder ponerlo en práctica sin complicaciones

El objetivo no es demostrar delante de los demás que sabemos poner límites; el objetivo es que nuestro hijo aprenda.

Sonia Martínez, psicóloga y directora de los Centros Crece Bien

¿Callarte o regañar a tu hijo delante de todos? ¿Qué hay que tener en cuenta a la hora de hacer una cosa u otra?

Quizá no deberíamos plantearlo como dos únicas opciones: o me callo o le regaño delante de todo el mundo. Entre no hacer nada y montar una escena hay un punto intermedio, que suele ser el más educativo: intervenir de forma breve, clara y respetuosa.

Lo primero que tenemos que preguntarnos es: "¿Esto necesita un límite ahora o puede esperar?". Si la conducta está haciendo daño a otro niño, implica una falta de respeto importante o hay riesgo, hay que intervenir. Pero intervenir no significa dar un sermón delante de todos. A veces basta con decir: "Para. Eso no está bien", "No puedes empujar" o "Ven conmigo un momento".

Después, cuando ya no esté expuesto a las miradas de otros niños o adultos, podremos hablar con más calma. Ahí sí podemos explicar, escuchar qué ha pasado y educar mejor. Porque el objetivo no es demostrar delante de los demás que sabemos poner límites; el objetivo es que nuestro hijo aprenda.

¿En qué casos habría que intervenir sí o sí?

Hay que intervenir siempre que haya daño, riesgo o una falta de respeto clara. Por ejemplo, si pega, empuja, insulta, humilla a otro niño, rompe algo de forma intencionada, se pone en peligro o no respeta un límite importante. En esos casos, mirar hacia otro lado por vergüenza no ayuda.

Nuestro hijo necesita ver que hay conductas que no se permiten, aunque estemos en el parque, en una comida familiar o en un cumpleaños. Eso sí, intervenir no significa perder los nervios. Podemos ser muy firmes con pocas palabras: "No voy a permitir que pegues", "Eso ha hecho daño", "Ahora vienes conmigo". Primero paramos la conducta. Luego educamos.

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¿Qué consecuencias puede haber para nuestro hijo si se le regaña delante de otros niños o de otros padres? ¿Se le puede etiquetar o estigmatizar?

Sí, puede ocurrir. Cuando un niño es regañado de forma intensa delante de otros, puede sentirse avergonzado, humillado o señalado. Y en ese estado emocional es difícil que aprenda realmente lo que queremos enseñarle. Muchas veces, cuando un niño se siente expuesto, su atención deja de estar en "qué he hecho mal" y pasa a estar en "todos me están mirando", "qué vergüenza" o "soy malo". Y ahí corremos el riesgo de que se quede con una etiqueta, no con un aprendizaje.

Además, los demás niños también pueden quedarse con esa imagen: "este es el que siempre se porta mal", "este es el que siempre recibe broncas". Por eso es tan importante corregir la conducta sin dañar la identidad del niño. No es lo mismo decir "eso que has hecho no está bien" que decir "eres un desastre".

Madre regaña a su hija en el parque© Getty Images

¿Cómo se suele sentir el niño?

Depende mucho del niño y de cómo se le haya corregido, pero suele aparecer vergüenza, enfado, tristeza o sensación de injusticia. Algunos niños se bloquean. Otros se ponen más desafiantes, no porque no les importe, sino porque se están defendiendo de la vergüenza.

También puede sentirse traicionado si vive que sus padres le han expuesto delante de otros. A veces, desde fuera parece que "le da igual", pero por dentro puede estar sintiendo mucho malestar. Por eso conviene recordar algo: cuanto más avergonzado se siente un niño, menos disponible está para aprender. La corrección más eficaz no es la que más ruido hace, sino la que mejor le ayuda a entender lo ocurrido y a hacerlo mejor la próxima vez.

En ocasiones, cuando se regaña al hijo delante de otros, los otros niños pueden acabar cambiando su actitud ante el hijo y acuden a los padres para “chivarse” de otras cosas. ¿Cómo actuar para evitar estas situaciones?

Esto pasa más de lo que parece. Si otros niños ven que cada vez que cuentan algo conseguimos que ese niño reciba una bronca pública, puede generarse una dinámica muy poco sana. El niño queda colocado en el papel de “el que siempre se porta mal” y los demás aprenden que pueden acudir al adulto para señalarle constantemente. Para evitarlo, es importante no convertir cada aviso en una escena. Si otro niño viene a decirnos algo, podemos escuchar, pero responder con calma: "Gracias por contármelo, ahora lo veo yo". Y después observar o hablar con nuestro hijo en privado si hace falta.

También conviene no hacer juicios rápidos delante del grupo. Podemos decir: "Voy a enterarme bien de lo que ha pasado" en lugar de regañar inmediatamente. Así enseñamos a todos los niños algo muy importante: los adultos escuchamos, intervenimos si es necesario, pero no usamos la vergüenza como herramienta educativa.

Nuestro hijo necesita ver que hay conductas que no se permiten, aunque estemos en el parque, en una comida familiar o en un cumpleaños.  

Sonia Martínez, psicóloga y directora de los Centros Crece Bien

¿Cómo actuar en los casos en los que optemos por no regañarle delante de otros adultos u otros niños?

Si decidimos no regañarle en público, no significa no hacer nada. Podemos intervenir de forma discreta. Acercarnos, ponernos a su altura y decir en voz baja: "Esto no está bien. Ahora vamos a parar y luego hablamos". O simplemente: "Ven conmigo un momento".

A veces basta con apartarle unos segundos del grupo para que baje la intensidad y entienda que hay un límite. Lo importante es que el niño vea que su conducta tiene una respuesta, pero no necesita ser expuesto para aprender. Después, cuando estemos en un lugar más tranquilo, sí podemos hablar. Esa conversación privada suele ser mucho más útil que una reprimenda delante de todos.

¿Cuándo y cómo hablar con él o ella para educarle y hacerle entender que no debe volver a tener esa conducta?

Lo ideal es hablar cuando el niño ya esté más calmado. Si está muy enfadado, avergonzado o activado, no va a escuchar bien. Primero necesita recuperar la calma; después podemos educar, pero la conversación debería ser breve, concreta y conectada con lo ocurrido. Por ejemplo: "Antes has empujado a Marcos porque querías el columpio. Entiendo que te enfadaras, pero no puedes empujar. La próxima vez puedes decir: ‘ahora me toca a mí’ o venir a pedir ayuda".

Es importante incluir tres partes: qué ha pasado, por qué no está bien y qué puede hacer la próxima vez. Si solo decimos "te has portado fatal", no le damos herramientas. Si le enseñamos una alternativa, sí hay aprendizaje. También podemos preguntarle: "¿Qué podrías hacer diferente la próxima vez?". Así no solo recibe una norma, sino que empieza a pensar en soluciones.

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¿Qué errores suelen cometer los padres que se ven ante la disyuntiva de regañar a su hijo delante de otros o callarse?

Uno de los errores más frecuentes es educar pensando en el público. A veces no actuamos por miedo al qué dirán, y otras veces regañamos con más dureza de la necesaria precisamente para que los demás vean que “ponemos límites”. En ambos casos dejamos de mirar al niño y empezamos a mirar a los adultos de alrededor.

Otro error es dar discursos larguísimos en el momento menos adecuado. Si el niño está alterado, cansado o avergonzado, no va a integrar una explicación de diez minutos.

También solemos confundir firmeza con dureza. Se puede ser firme sin gritar, sin humillar y sin etiquetar. Una frase corta, dicha con calma, puede ser mucho más educativa que una bronca enorme.

Y, por último, otro error es dejarlo pasar siempre "para no montar lío". Si una conducta necesita límite, hay que ponerlo. Pero podemos hacerlo cuidando la forma. Esa es la clave: ni callarnos por vergüenza ni regañar para quedar bien. Corregir con respeto, intervenir cuando haga falta y educar mejor cuando ya nadie esté mirando.

Y una idea final, nuestros hijos aprenden tanto de lo que les decimos como de cómo se lo decimos. Y cuando les corregimos con respeto, les estamos enseñando también una forma sana de tratar a los demás incluso en los momentos difíciles.