Modi cambia de piel para que la rebelión de la Generación Z de India no llegue a las urnas
Narendra Modi aparece en Instagram con una chaqueta de motorista, gafas de sol y música rap de fondo. En otro video, el primer ministro indio asoma en una sucesión de escenas de tono cotidiano y distendido, acompañadas por la inconfundible sintonía de Friends. Un montaje juega con la letra y el espíritu de la serie: la idea de estar ahí cuando los demás te necesitan. Son clips cortos, desenfadados, pensados para redes sociales y alejados de la solemne escenografía que durante años ha acompañado al líder más poderoso de India en décadas.
A sus 75 años, Modi está cambiando de piel. Y no lo hace por casualidad. El veterano líder nacionalista hindú intenta ahora conquistar un territorio que se le ha rebelado: el de la Generación Z.
El giro está arrastrando al resto del Gobierno. Ministros y altos funcionarios se han lanzado durante las últimas semanas a publicar en redes vídeos más simpáticos y menos encorsetados. Detrás de esta ofensiva digital hay una inquietud electoral de enorme calado. Más de la mitad de la población de India tiene menos de 35 años y la Generación Z será uno de los grandes bloques de votantes en las próximas elecciones generales de 2029, cuando Modi podría aspirar a un cuarto mandato.
Por ahora, lo que ha estallado en India es sobre todo una rebelión cultural. Una generación que creció con Modi en el poder está empezando a construir sus propios códigos políticos al margen de los partidos: memes en lugar de mítines, influencers en vez de portavoces, humor irreverente frente a los discursos solemnes y movimientos nacidos en Instagram y Facebook que pueden saltar a la calle en cuestión de horas. La gran incógnita es si ese cambio cultural terminará provocando también un cambio en las urnas.
12 años al frente del país más poblado del mundo
Desde que llegó al poder en 2014, Modi ha construido alrededor de su figura una formidable maquinaria política. Su partido, el Bharatiya Janata Party (BJP), domina el Gobierno y posee una de las redes electorales y digitales más sofisticadas del planeta. Sus críticos sostienen además que estos 12 años han estado acompañados por un deterioro democrático: Freedom House clasifica India como un país "parcialmente libre", Reporteros Sin Fronteras la sitúa en el puesto 157 de 180 países en su índice de libertad de prensa y el instituto sueco V-Dem habla directamente de una "autocracia electoral".
Modi construyó su éxito precisamente sobre la promesa contraria: devolver el poder al ciudadano común frente a las élites de Nueva Delhi. Hijo de un vendedor de té, dirigente durante años del estado de Gujarat y ajeno a las grandes dinastías políticas que tradicionalmente han gobernado India, se presentó como un asceta sin intereses familiares ni ambiciones materiales. Un hombre fuerte capaz de limpiar un sistema corrupto y hacer funcionar un país ingobernable.
Esa imagen ha empezado a resquebrajarse recientemente por culpa de unas "cucarachas". Porque todo comenzó con un insulto. En mayo, Surya Kant, presidente del Tribunal Supremo, comparó a los jóvenes desempleados con "parásitos" y "cucarachas". Abhijeet Dipke, un indio de 30 años que estudiaba en Boston y había trabajado en comunicación política, decidió apropiarse del término. "¿Qué pasaría si todas las cucarachas se juntaran?", preguntó en las redes. Después creó el Partido Janata de la Cucaracha (CJP), una parodia que se convirtió rápidamente en un fenómeno social.
El detonante definitivo fue la filtración de las preguntas de un examen de acceso a las facultades de Medicina. Más de dos millones de aspirantes competían por alrededor de 140.000 plazas. El examen fue anulado y los estudiantes tuvieron que repetirlo. El escándalo golpeó a familias que habían invertido años y buena parte de sus ahorros en preparar a sus hijos. Al menos una veintena de estudiantes se quitaron la vida en medio de la crisis.
En junio, Dipke aterrizó en Delhi con un ejemplar de la Constitución india en la mano y se dirigió a Jantar Mantar, el tradicional rincón de las protestas de la capital. Primero fueron unos cientos. Después llegó el conocido activista Sonam Wangchuk, que comenzó una huelga de hambre para reclamar la dimisión del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan.
La respuesta policial terminó multiplicando aquello que pretendía contener. A mediados de julio, los agentes desalojaron por la fuerza a Wangchuk y a otros manifestantes después de 20 días de huelga de hambre. Las imágenes corrieron por redes sociales. Decenas de miles de jóvenes acudieron entonces a Jantar Mantar. Cuando los manifestantes marcharon hacia el Parlamento, la policía respondió con porras, gases lacrimógenos y pistolas de perdigones.
La protesta saltó a otras grandes urbes como Calcuta y Bombay. En Delhi, Jantar Mantar adquirió una atmósfera carnavalesca: memes, música, pancartas y bromas contra Modi. Lo que había comenzado como una movilización contra un examen amañado terminó convirtiéndose en una hoguera simbólica contra la marca política del primer ministro. El Gobierno acabó cediendo y empujó a Pradhan a presentar su dimisión.
Una humillación para Modi
Muchos analistas indios concluyeron que este resultado fue una pequeña humillación para Modi, un dirigente acostumbrado a imponer los tiempos políticos. También una cura de humildad. Porque el BJP dispone de una formidable influencia sobre la conversación pública tradicional, pero las "cucarachas" organizaron su propia esfera política en redes, donde influencers y creadores de contenido hablan un lenguaje mucho más difícil de controlar desde arriba.
India presume de ser una de las grandes economías que más crecen, pero millones de jóvenes educados no encuentran un empleo acorde con sus expectativas. El antropólogo Craig Jeffrey acuñó el término timepass para describir esa interminable espera entre los estudios y el trabajo que marca la juventud india. Para muchas familias supone años de academias, matrículas y exámenes competitivos después de haber gastado los ahorros o hipotecado tierras con la esperanza de que un título permita a sus hijos ascender socialmente.
El desafío para Modi es especialmente delicado porque esta contestación no procede únicamente de sectores que nunca le votaron. Entre quienes se han movilizado hay jóvenes urbanos, educados, hindúes y de castas superiores pertenecientes a familias que durante años han formado parte de la base social del BJP.
Si la ruptura fuera más allá de una protesta coyuntural y se convirtiera en una pérdida duradera de identificación con Modi, el movimiento habría encontrado una grieta mucho más peligrosa: estaría desgajando a una nueva generación del propio bloque que ha sostenido hasta ahora al primer ministro.