Quiénes son los padres 'faro' y por qué son los que necesitan los hijos: "Orientar no significa decirles constantemente lo que tienen que hacer, sino ayudarles a pensar"

Quiénes son los padres 'faro' y por qué son los que necesitan los hijos: "Orientar no significa decirles constantemente lo que tienen que hacer, sino ayudarles a pensar"

Los padres faro son el ideal a seguir en lo que a la educación de los hijos se refiere, el ejemplo al que debe aspirar todo progenitor. Aunque el propio término resulta bastante gráfico, detrás de esta manera de criar a los niños y a los adolescentes hay una forma muy concreta de entender el acompañamiento familiar. ¿Cómo actúan estos padres en el día a día? ¿Cómo se dirigen a sus hijos? ¿Qué pautas les dan y cómo se refleja en los niños y en su saber estar? Para resolver estas cuestiones, hemos hablado con Ana Cortés, psicóloga de yees! (https://yees.es), quien nos explica cuáles son las claves de este estilo de crianza y cómo puede ayudar a formar hijos más seguros, responsables y emocionalmente fuertes.

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¿Quiénes son los padres ‘faro’ y por qué se les llama así?

El concepto fue popularizado por el pediatra estadounidense Kenneth Ginsburg y me parece una metáfora muy bonita para explicar algo que, en la práctica, no siempre resulta sencillo: estar presentes en la vida de nuestros hijos sin necesidad de dirigir cada uno de sus pasos.

Un faro no conduce los barcos ni decide qué rumbo deben tomar. Su función es ofrecer luz, servir de referencia y ayudar a identificar los peligros. Pues con los hijos ocurre algo parecido. Los padres faro son aquellos que proporcionan seguridad, afecto y orientación, pero que también permiten que sus hijos exploren, tomen decisiones y aprendan de sus propias experiencias.

No hablamos de padres que se desentienden, sino de padres que entienden que educar no consiste en evitar todas las dificultades, sino en preparar a nuestros hijos para afrontarlas. Y esto supone un cambio importante de perspectiva, pasar de querer controlar lo que les sucede a confiar en su capacidad para desenvolverse en la vida.

Los padres faro son aquellos que proporcionan seguridad, afecto y orientación, pero que también permiten que sus hijos exploren, tomen decisiones y aprendan de sus propias experiencias.

Ana Cortés, psicóloga de yees!

¿Cómo influye tener unos padres faro en el desarrollo emocional de los niños?

La manera en la que los niños aprenden a confiar en sí mismos y a relacionarse con el mundo está muy influida por las experiencias que viven y por cómo nosotros los adultos les acompañamos en ellas. Cuando un niño se siente querido, escuchado y seguro, se atreve a explorar, tomar decisiones y a equivocarse, porque sabe que el afecto de sus padres no depende de sus aciertos o errores. Esa seguridad emocional favorece el desarrollo de su autoestima y su autonomía.

Además, los padres somos sus principales modelos de aprendizaje emocional. Los niños observan cómo reaccionamos ante las dificultades, cómo expresamos lo que sentimos y cómo gestionamos la frustración. Por eso, siempre insistimos en que nuestra manera de afrontar las situaciones cotidianas influye tanto en cómo aprenderán ellos a hacerlo.

Todo esto les ayuda a desarrollar recursos emocionales que serán fundamentales a lo largo de su vida: tolerar la frustración, afrontar dificultades y construir una percepción realista de sus capacidades, con una idea muy importante: "Puedo intentarlo, puedo equivocarme y, si lo necesito, puedo pedir ayuda, no estoy solo".

Madre e hijo© Getty Images

Una de las ideas asociadas a los padres faro es acompañar sin controlar. ¿Dónde está el equilibrio?, ¿cómo encontrarlo?

Creo que lo primero es distinguir entre proteger y sobreproteger. Proteger a nuestros hijos es nuestra responsabilidad, pero sobreprotegerlos supone, muchas veces, intentar evitarles cualquier malestar, frustración o dificultad.

Y aquí entra en juego algo muy humano, a los padres nos cuesta una barbaridad ver sufrir a nuestros hijos. Queremos que estén bien, que no se equivoquen, que no se decepcionen… Pero tenemos que entender que estar bien no significa estar siempre contentos, y que experimentar emociones desagradables también forma parte de crecer y aprender.

El equilibrio está en saber cuándo intervenir y cuándo darles espacio, teniendo en cuenta, claro, su edad, su madurez y sus necesidades. Se trata de estar disponibles para ayudarles, pero sin hacer por ellos aquello que ya son capaces de hacer por sí mismos.

A veces, detrás de ese exceso de control no hay una falta de confianza en nuestros hijos, sino nuestros propios miedos o la dificultad para aceptar que no podemos controlar todo lo que les sucede. Por eso, antes de intervenir, puede ser útil hacernos una pregunta: "¿Mi hijo necesita realmente mi ayuda o soy yo quien necesita tranquilizarse interviniendo?".

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¿Cómo puede un padre orientar a sus hijos sin caer en la sobreprotección?

Como en cualquier aprendizaje, dándoles herramientas en lugar de ofrecerles siempre las soluciones. Orientar no significa decirles constantemente lo que tienen que hacer, sino ayudarles a pensar, valorar alternativas y encontrar sus propias respuestas. Por ejemplo, si nuestro hijo se olvida un libro en casa porque no preparó la mochila la noche anterior, nuestra reacción inmediata puede ser llevárselo al colegio para evitarle el problema. Sin embargo, permitir que asuma las consecuencias de ese pequeño despiste, siempre que sean proporcionadas a su edad, puede ser una oportunidad de aprendizaje mucho más valiosa.

También podemos ayudarle con preguntas como "¿qué podrías hacer para que no vuelva a ocurrir?" o "¿cómo podrías organizarte mejor?". De esta manera, favorecemos su capacidad para resolver problemas, asumir responsabilidades y aprender de sus errores, al tiempo que le transmitimos confianza en sus propias capacidades. Por supuesto, acompañar sin sobreproteger no significa dejarles solos ante cualquier dificultad. Hay situaciones en las que necesitan nuestra intervención y debemos estar ahí para ayudarles. 

¿Qué errores suelen cometer los padres cuando intentan ser una guía para sus hijos?

Uno de los más habituales es dar demasiados consejos y escuchar poco. Cuando un niño o un adolescente nos cuenta algo, muchas veces activamos inmediatamente nuestro modo "solucionador", cuando quizá lo primero que necesita es sentirse comprendido.

Otro error es interpretar las emociones desagradables como algo que debemos eliminar rápidamente. Si nuestro hijo está triste, frustrado o enfadado, no siempre tenemos que conseguir que deje de estarlo. Podemos enseñarle que esas emociones forman parte de la vida y que existen formas saludables de gestionarlas.

También es frecuente comparar a los hijos entre sí o con otros niños o entre hermanos, olvidando que cada uno tiene su propio ritmo, personalidad y capacidades y eso les hace sufrir mucho y les confunde.  Y añadiría uno especialmente relevante, la incoherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. No podemos pedirles que gestionen su enfado si nosotros respondemos gritando, ni exigirles calma cuando reaccionamos de manera impulsiva. Tenemos que recordar que los padres somos modelos de comportamiento, incluso cuando no somos conscientes de ello.

No podemos evitar que nuestros hijos atraviesen momentos difíciles, pero sí podemos ayudarles a desarrollar la confianza y los recursos necesarios para afrontarlos.

Ana Cortés, psicóloga de yees!

¿Qué papel juegan los límites dentro de este modelo de crianza?

Juegan un papel esencial. A veces confundimos una crianza basada en el respeto y la autonomía con una educación en la que apenas existen normas, y no es así. Los límites proporcionan estructura, seguridad y previsibilidad. Ayudan a los niños a comprender qué se espera de ellos, qué comportamientos son adecuados y cuáles son las consecuencias de sus decisiones.

Desde la psicología cognitivo- conductual sabemos que los comportamientos se aprenden y se mantienen, en parte, por sus consecuencias. Por eso es importante establecer normas claras, coherentes y adaptadas a la edad, reforzar las conductas positivas y aplicar consecuencias educativas proporcionadas cuando sea necesario.

La diferencia está en cómo establecemos esos límites. Aunque parezca difícil, podemos ser firmes sin ser autoritarios, y comprensivos sin ser permisivos. Por ejemplo, podemos validar el enfado de un niño porque quiere seguir jugando y, al mismo tiempo, mantener el límite de que ha llegado la hora de irse del parque. Entender una emoción no significa aceptar cualquier comportamiento. Y enseñar esta diferencia es uno de los aprendizajes más valiosos que podemos ofrecerles para su futuro.

Madre e hijo© Getty Images

¿Cómo seguir siendo un padre o una madre 'faro' durante la adolescencia de los hijos?

Probablemente sea una de las etapas en las que más necesitamos recordar la metáfora del faro, porque nuestros hijos empiezan a querer navegar cada vez más lejos y, en ocasiones, parece que ya no necesitan nuestra luz, aunque nos duela.

Durante la adolescencia aumenta la necesidad de autonomía, de intimidad y de pertenencia al grupo de iguales. Es natural que cuestionen las normas, busquen sus propios espacios y no quieran compartir absolutamente todo con nosotros. Pero también es una etapa complicada para ellos, llena de cambios, inseguridades y de emociones intensas, en la que muchas veces sienten que nadie les comprende o les escucha.

Como padres, tenemos que entender que darles más espacio no significa perder nuestra influencia, sino aprender a ejercerla de otra manera. En esta etapa suele funcionar mejor sustituir las órdenes por conversaciones, escuchar antes de dar consejos y negociar aquellas normas que puedan ser flexibles, manteniendo siempre los límites relacionados con su seguridad y bienestar.

Y, sobre todo, cuidar la relación con ellos. No se trata de que nos cuenten absolutamente todo, sino de que sepan que pueden acudir a nosotros cuando lo necesiten, sin miedo a ser juzgados y sin sentir que cada conversación se convierte en un interrogatorio o una lección.

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¿Qué aspectos de este modelo le parecen más difíciles de aplicar en el día a día?

Creo que uno de los mayores desafíos es gestionar nuestras propias emociones como adultos. En yees! trabajamos acompañando el bienestar emocional y la salud mental de profesionales de empresas muy diferentes, y conocemos de cerca cómo el estrés, la sobrecarga mental, la autoexigencia o las dificultades para conciliar pueden influir en nuestro bienestar cotidiano.

Y, naturalmente, todo eso también puede trasladarse al entorno familiar. Es mucho más fácil hablar de paciencia, escucha y acompañamiento que ponerlo en práctica cuando llegamos a casa después de una jornada complicada, tenemos mil cosas pendientes y nuestros hijos no responden como esperamos.

Además, vivimos en una sociedad que nos empuja a buscar resultados rápidos, a anticiparnos a los problemas y a intentar tenerlo todo bajo control. Pero educar requiere tiempo, flexibilidad y aceptar que no siempre vamos a tener respuestas inmediatas. Por eso me parece importante recordar que para acompañar emocionalmente a nuestros hijos también necesitamos cuidar nuestro propio bienestar emocional.

No se trata de ser padres perfectos, porque eso no existe, es imposible, sino de ser conscientes de cómo estamos y de cómo nuestras emociones influyen en nuestra manera de educar. Y cuando nos equivocamos, también podemos enseñarles muchísimo reconociéndolo y pidiendo perdón.

Ana Cortés, psicóloga© yees!
Ana Cortés, psicóloga

¿Qué hábitos concretos puede incorporar una familia que quiera adoptar este enfoque?

No hace falta hacer grandes cambios en la dinámica familiar. Muchas veces son los pequeños gestos del día a día los que más ayudan a construir una buena relación con nuestros hijos. Por ejemplo, buscar cada día un momento para estar realmente presentes con nuestros hijos, sin pantallas ni distracciones, escuchándolos y mostrando interés por lo que les pasa y cómo se sienten. También es importante darles responsabilidades acordes a su edad, permitirles tomar pequeñas decisiones y valorar sus esfuerzos, independientemente del resultado. Estos son gestos sencillos y fáciles que les ayudan a ganar autonomía, seguridad y confianza en sí mismos.

Algo que también me parece especialmente importante es hablar en casa de las emociones con naturalidad, empezando por nosotros mismos. Decir "hoy he tenido un día difícil", "me he sentido frustrada" o "necesito un momento para tranquilizarme" les enseña que todas las emociones tienen cabida, no tenemos que esconderlas, y que podemos aprender a gestionarlas.

Y, por supuesto, compartir actividades en familia, mantener ciertas rutinas y aprender a resolver los conflictos, que inevitablemente van a surgir. No se trata de que en casa nunca haya discusiones, sino de saber hablar de lo ocurrido, escucharnos y reparar la relación cuando sea necesario. Esto también es una parte fundamental de su aprendizaje emocional.

Cuando un niño o un adolescente nos cuenta algo, muchas veces activamos inmediatamente nuestro modo "solucionador", cuando quizá lo primero que necesita es sentirse comprendido.

Ana Cortés, psicóloga de yees!

¿Cómo reaccionaría un padre faro ante una rabieta, un suspenso o un conflicto con amigos?

Aunque son situaciones diferentes, todas tienen algo en común, representan oportunidades para enseñar a nuestros hijos a gestionar emociones y desarrollar habilidades. Ante una rabieta, lo primero sería intentar mantener la calma. Cuando un niño está muy alterado, difícilmente puede razonar como lo haría en un momento de tranquilidad. Por eso conviene acompañarle, ayudarle a regularse y mantener los límites necesarios sin recurrir a gritos o amenazas. Después, cuando esté más tranquilo, podremos hablar sobre lo ocurrido y enseñarle otras formas de expresar lo que siente.

Ante un suspenso, intentaría no centrar toda la conversación en la nota o en el castigo, sino entender qué ha pasado, ¿Le ha costado organizarse?, ¿No ha comprendido bien la materia?, ¿Ha influido algo más? ¿O simplemente no se ha esforzado lo suficiente? Porque también es importante que aprendan a asumir su responsabilidad cuando no han puesto de su parte. A partir de ahí, le ayudaría a establecer un plan con objetivos concretos y realistas, trabajando tanto sus dificultades como su esfuerzo y compromiso, algo que también hacemos con los adultos en el entorno laboral. Lo importante es que comprenda que un suspenso no define su capacidad, pero sí es una oportunidad para reflexionar sobre lo que depende de él y qué puede hacer o cambiar para mejorar.

Y ante un conflicto con amigos, empezaría escuchando sin juzgar ni posicionarme automáticamente. Le ayudaría a identificar qué ha sentido, a ponerse en el lugar de la otra persona y a pensar cómo podría abordar la situación. Intervendría, por supuesto, directamente si hubiera una situación de acoso, violencia o riesgo.

Al final, creo que la esencia de los padres faro puede resumirse en una idea: no podemos evitar que nuestros hijos atraviesen momentos difíciles, pero sí podemos ayudarles a desarrollar la confianza y los recursos necesarios para afrontarlos. Y quizá ese sea uno de los mayores regalos que podemos hacerles como padres, que aprendan a confiar y creer en sí mismos, sabiendo que siempre tendrán un lugar seguro al que volver.