Lisboa como nunca la habías visto: tres experiencias inolvidables para descubrir la ciudad desde el Tajo

Lisboa como nunca la habías visto: tres experiencias inolvidables para descubrir la ciudad desde el Tajo

Una de las imágenes más icónicas de esta ciudad, después de la de sus tranvías amarillos, es la de Enrique el Navegante con una carabela en las manos a orillas del Tajo, asomándose a la proa de un monumento con forma de barco seguido por 33 famosos descubridores, cartógrafos y reyes portugueses, todos ellos labrados en caliza de Sintra, roca que el primer y el último sol hacen brillar como los tesoros que aquellos señores esperaban encontrar –y encontraron– allende los mares. Por todo lo que cuenta este monumento y donde está situado –la antigua playa de Restelo y luego puerto de Belém, de donde partieron Vasco da Gama, Pedro Álvares Cabral, Bartolomeu Dias y compañía–, se conoce a esta capital ribereña como la Ciudad de los Descubrimientos. 

Te recomendamos Seguir leyendo
A toda vela por Lisboa, velero junto al monumento a los descubrimientos© Andrés Campos
A toda vela por Lisboa, velero junto al monumento a los descubrimientos

¿Y qué mejor manera de descubrir la Ciudad de los Descubrimientos –valga la redundancia– que admirarla navegando en un velero, cual hacían los exploradores lusos al zarpar y regresar de sus viajes? Pues mejor que en un velero, ya que nos lo preguntamos, es hacerlo en tres. Uno, para iniciarse con los peques en la navegación a vela y familiarizarse con los monumentos más próximos al puerto. Otro, para brindar con nuestra pareja o nuestros mejores amigos a la luz del atardecer y ver cómo la Ciudad Blanca –así la llaman también, porque gran parte de ella está hecha con clara piedra lioz de Sintra, como las esculturas del monumento a los Descubrimientos– se vuelve de oro. Y otro, para acercarse a ella en un varino, un barco tradicional de madera de fondo plano y proa redonda que es lo más parecido a una carabela que puede encontrarse para navegar por las aguas del Tajo lisboeta. ¿No habíamos dicho aún que la ciudad de la que partieron las expediciones marítimas portuguesas de los siglos XV y XVI, donde comenzó la Era de los Descubrimientos, fue Lisboa? Pues ya está dicho.

A toda vela por Lisboa, velero pasando junto a la torre de Belém.© Andrés Campos
Velero pasando junto a la torre de Belém.
Te puede interesar Seguir leyendo

1. PARA INICIARSE CON LOS NIÑOS EN LA NAVEGACIÓN A VELA 

LA GIRA DE CRISTO CON ‘CRIANÇAS’

Hora: 10.45 de la mañana. Lugar de encuentro: Doca do Bom Sucesso, el muelle más cercano a la Torre de Belém, donde la naviera Taguscruises (taguscruises.com) tiene su oficina de atención al público y sus 11 veleros. Sol, 24 grados, brisa ligera. Condiciones idóneas para un bautismo de vela en un monocasco de 42 pies –12,80 metros–. A bordo, irán dos parejas con niños de corta edad, el patrón –Raúl Tomás, cubano de 32 años casado con una portuguesa– y su jovencísimo ayudante, Pedro Figueredo –de 19, casi un niño también–. Está claro que la Gira de Cristo –así se llama el tour regular más básico que se puede hacer con esta empresa– no es una actividad para viejos lobos de mar. Ni muy compleja, como ahora se verá. Perfeita para fazer com crianças.

A toda vela por Lisboa, gira de Cristo com criançass.© Andrés Campos
A toda vela por Lisboa, gira de Cristo com criançass.

A las 11.00 se zarpa para poner de inmediato rumbo al Cristo Rey de 110 metros de altura, muy parecido al de Río de Janeiro, que se alza en la orilla de enfrente, en Almada, y que da nombre a la gira. Lentamente se van dejando atrás y a babor –a mano izquierda, o sea– el faro puramente decorativo de Belém, el Padrão dos Descobrimentos –así le dicen los lisboetas al navío monumental que comanda la escultura de nueve metros de altura de Enrique el Navegante–, la ola blanca arquitectónica del Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología (MAAT), la ciudad entera de Lisboa aupada sobre siete colinas, como la vieja Roma… Prestando atención, se distinguen las aletas y las estelas de algunos delfines –buena señal para la salud de un río que ha recorrido 1007 kilómetros– y, si no, se ven al menos los que hay pintados en la base de hormigón de una de las dos torres de 190 metros que sostienen el Puente 25 de Abril. Nada, sin embargo, impresiona tanto como el propio puente –rojo, colgante, de acero, de 2.277 metros de longitud y 70 metros de altura, que fue construido en 1966 por la misma empresa que hizo el Golden Gate, de ahí su parecido– y el ruido que se oye al navegar bajo él, producido por los 150.000 vehículos y 157 trenes que pasan todos los días zumbando por su lomo metálico. Es como meter la cabeza dentro de una colmena.

A las 11.30, se da media vuelta y se emprende el regreso con todos los padres, madres y niños que lo desean turnándose al timón para ver cómo se comporta y maneja el velero y hacerse las fotos de rigor. En lontananza, pero cada vez más cerca, se otea la muy alta –35 metros– y elegante fortaleza manuelina que despedía a las expediciones portuguesas que partían en el siglo XVI hacia las tierras recién descubiertas de África, Asia y América y las recibía de vuelta en Lisboa: “¡Torre de Belém a la vista!”. 

A toda vela por Lisboa, Torre de Belém, junto a los muelles de los que salen los veleros.© Andrés Campos
Torre de Belém, junto a los muelles de los que salen los veleros.

La Gira de Cristo no es ciertamente una navegación exclusiva –solo dura una hora y cuesta 25 euros–, pero más que hormiguear a pie alrededor de la Torre de Belém y hacer cola para retratarse con las letras gigantes de LISBOA que hay a su lado, sí que lo es. Un selfi al timón de un velero en el Tajo mola más y, en las redes sociales, lo peta el triple.

A toda vela por Lisboa, crucero al atardecer, con Luis Late al timón.© Andrés Campos
Crucero al atardecer, con Luis Late al timón.
Te puede interesar Seguir leyendo

2. NAVEGANDO EN PAREJA O CON AMIGOS

CRUCERO PRIVADO AL ATARDECER

Otro día –o el mismo, si el deseo de volver a navegar nos devora–, haremos un crucero a vela por el Tajo al atardecer. Barato no es: los sunset cruises regulares –10 pasajeros, como máximo– salen por 43 euros y uno privado por 335, bebida y tapas aparte. Para esto último, lo más exclusivo, Palmayachts (palmayachts.com) tiene los mejores monocascos y catamares y el personal más competente, solícito y divertido. Su base es la Doca de Belém, al lado mismo del monumento a los Descubrimientos, el cual proyecta a las 17.45 horas su alargada sombra sobre el muelle, algo muy de agradecer en verano porque, si no, habría que estar 15 minutos –la antelación que se recomienda para poder zarpar a las 18.00– esperando al sol. Al mando de nuestro velero irá Miguel Ferrera, con amplia experiencia en regatas deportivas. Y como segundo, Luis Late, que no tiene su veteranía y habla poco español, pero queda tremendo en las fotos.

A toda vela por Lisboa, crucero al atardecer, puente 25 de abril ..© Andrés Campos
Crucero al atardecer, puente 25 de abril.

Además de todo lo que se ve durante la Gira de Cristo, en este crucero crepuscular de dos horas se llega frente a la Praça do Comércio, que siempre fue la puerta más fina y monumental de Lisboa, por donde entraban reyes y embajadores. Nuestro patrón explica en perfecto portuñol –está casado con una catalana que no le exige hablar como Cervantes– que antiguamente los barcos se deshacían aquí de la paja que habían usado durante sus navegaciones oceánicas para proteger los objetos delicados, controlar la humedad, evitar que los barriles rodaran y alimentar al ganado que llevaban a bordo, poniendo perdidas las aguas del Tajo y dando a su inmensa desembocadura el nombre por el que aún se la conoce: Mar de la Paja. Si esto no es verdad, está bien contado. 

En dos horas con Miguel Ferrera al timón, da tiempo a todo. Se ven con detalle otros muchos edificios ribereños ­–el más sorprendente, por su asunto y su arquitectura vanguardista, el Botton-Champalimaud Pancreatic Cancer Centre­­–. Se cotillea con el AIS (Automatic Identification System) el origen y la carga de los grandes barcos que se cruzan con el velero, ya sea el Ferdinanda S, que viene de Madeira cargado con 2.500 contenedores, o el Queen Mary 2, que pasa raspando bajo el Puente 25 de Abril, y eso que la marea está baja. Se ayuda a rescatar del agua a un vecino que ha resbalado por el verdinoso talud de piedra de la orilla y no puede salir por más que tiran de él con cuerdas otros siete –¡debe de pesar como un atún!–.  Da incluso tiempo a escudriñar la Torre de Belém y a encontrar la cabeza de rinoceronte que hay esculpida debajo de una de las garitas esquineras de la terraza inferior. Fue el primer rinoceronte que llegó a Europa en 1515, informa Miguel, “trazido da Índia por nós, os portugueses”.

A toda vela por Lisboa, puente 25 de abril visto desde el muelle de Bom Sucesso.© Andrés Campos
A toda vela por Lisboa, puente 25 de abril visto desde el muelle de Bom Sucesso.

Se supone que el momento culminante del crucero es cuando se brinda con un vino portugués o con champán –depende de lo que uno haya pagado– viendo cómo el sol se sumerge en las aguas medio dulces, medio saladas del Tajoatlántico y escuchando lo que quieren las mujeres a bordo, porque donde hay marineras, no manda ni el patrón. Pero lo mejor, con diferencia, es la vuelta a puerto con el viento a favor, a toda vela, y con uno mismo al timón, que para eso es un tour privado, viendo cómo el barco se escora cerca de 30 grados y se vuelve casi imposible mantenerse de pie sobre la cubierta, casi como hacerlo sobre un tobogán escurridizo. Menos mal que ahí está el fornido Luis Late para mantener en su sitio al falso patrón. Mientras tanto, el patrón de verdad, Miguel Ferrera, que ha desaparecido hace un rato bajo cubierta, asoma por la escalera con los chalecos salvavidas y se los ofrece a las damas con grandes y galantes carcajadas, poniendo en duda las habilidades náuticas de los castelhanos.

Te puede interesar Seguir leyendo

3. NAVEGANDO EN UN VARINO

UN BARCO LLAMADO ‘LIBERDADE’

Si nos atraen menos las experiencias cool que las etnográficas, las giras crepusculares que los paseos madrugadores, tenemos que ir –y de hecho, hemos ido para contarlo– a Vila Franca de Xira, una población situada a 30 kilómetros de Lisboa, río arriba, justo donde el dulce Tajo desagua en el salobre Mar de la Paja. Allí nos está esperando para zarpar un colorido barco de madera de 18 metros, 40 toneladas, dos velas, proa alta y redonda y fondo chato, ideal para navegar por estos baixos. El Liberdade, que así se llama, es una reliquia de los días en que aún no se habían construido los gigantescos puentes sobre la desembocadura del Tajo y todo el transporte de mercancías y pasajeros entre las dos lejanas orillas se hacía en fragatas, falúas, cangueiros, botes de água acima, canoas, catraios y varinos como este. En ningún otro lugar de Europa había tantos y tan variados barcos tradicionales. Eran miles y hoy apenas quedan 70.

A toda vela por Lisboa, varino 'Liberdade'© Andrés Campos
A toda vela por Lisboa, varino 'Liberdade'

Con el Liberdade vamos en tres horas hasta el Parque de las Naciones de Lisboa, que es como viajar a la Estación Espacial Internacional en un biplano de la Primera Guerra Mundial. Por el camino, vemos y pasamos bajo el puente Vasco da Gama, un monstruo de más de 17 kilómetros y 1.500 patas, enorme como la gesta del navegante al que rinde homenaje, el primer europeo que llegó a la India por mar, rodeando el cabo de Buena Esperanza, en las postrimerías del siglo XV. Y vemos también un montón de pájaros, más seguramente de los que vio el explorador luso en su periplo de 316 días, porque en el estuario del Tajo –el mayor de Europa occidental y la zona húmeda más extensa de Portugal– viven todo el año flamencos, garcetas comunes, garzas reales, cigüeñuelas, cormoranes grandes…, y en invierno llegan a concentrarse 120.000 aves. Más información sobre el varino Liberdade (y reservas), en la oficina de turismo de Vila Franca de Xira (+351 263 285 605) y en museumunicipalvfxira.pt

A toda vela por Lisboa, varino 'Liberdade'© Andrés Campos
A toda vela por Lisboa, varino 'Liberdade'

VISTAS DESDE LA COFA: EN LO MÁS ALTO DEL HOTEL DOM PEDRO

Después de navegar todo lo que hemos navegado y ver todo lo que hemos visto, no podemos alojarnos en cualquier hotel con vistas a una calle estrecha y oscura, por mucho que esté en el corazón histórico de Lisboa. De eso, nada. Tenemos que hacerlo en el hotel Dom Pedro, un cinco estrellas (radissonhotels.com) situado en el alto y elegante barrio de Amoreiras, que domina a vista de gaviota toda la ciudad y la inmensa desembocadura del Tajo. Las mejores habitaciones son las que miran al río, sobre todo las más altas. Las premium de las plantas superiores –21 pisos tiene el hotelito– son la mejor elección. ¿En qué otra capital europea se podría pasar una noche en la habitación de 30 metros cuadrados de un hotel de lujo con vistas semejantes por 187 euros, que es lo que cuestan estas en pleno verano? La única pega es que el estuario del Tajo es tan enorme –¡340 kilómetros cuadrados!, más que el delta del Ebro– que no se puede contemplar entero por una ventana. 

Hotel Dom Pedro, Suite Presidential .© Andrés Campos
Hotel Dom Pedro, Suite Presidential

Hay que subir al VIP Lounge de la planta 19, que tiene ventanas orientadas al sur y al este, para alcanzar a ver desde el puente 25 de Abril hasta el Vasco da Gama, que distan 14 kilómetros. O mejor aún, a la Suite Presidential, en la última planta, que tiene vistas a todos los puntos cardinales. Si Lisboa fuera un barco –que un poco, sí que lo es, como hemos visto–, esta sería la cofa. Pues en esta cofa de 420 metros cuadrados han dormido Bill Clinton, Stevie Wonder, Maroon 5, Lana del Rey y Joss Stone. Para ver lo que ellos vieron –menos Stevie Wonder, obviamente– hay que pagar, también en verano, 2.455 euros.

Hotel Dom Pedro, restaurante Il Gattopardo., Lisboa© Dom Pedro Lisboa
Hotel Dom Pedro, restaurante Il Gattopardo.
Media Image© Dom Pedro Lisboa

El Dom Pedro tiene spa, dos restaurantes –uno de cocina portuguesa y otro de italiana fina, Il Gattopardo–, bar de cócteles y champán y un pianista para amenizar los tragos, que ya está bien de música enlatada, en streaming. Lo mejor de este hotel, sin embargo, no es lo que tiene, sino cómo trata su personal a los huéspedes. Desde el portero y aparcacoches Mario, hasta la recepcionista Silvia, pasando por el omnipresente Víctor, todos hacen que uno se vaya a dormir con una sonrisa, a navegar por el Tajo con otra y de vuelta a casa con saudade. No es de extrañar que en las tripulaciones de las expediciones castellanas de los siglos XV y XVI abundaran los portugueses.

Spa del Hotel Dom Pedro.© Andrés Campos
Spa del Hotel Dom Pedro.
Y CERCA DE LISBOA NO TE PIERDAS Seguir leyendo