Lara Ferreiro, psicóloga: "Una madre puede valorar profundamente la experiencia de su suegra sin tener que reproducir su manera de criar"
Ellas también tienen su día: cada 26 de octubre se conmemora el Día de la Suegra y, coincidiendo con esta fecha, hemos querido profundizar en un dilema que atraviesa a miles de hogares: ¿por qué resulta tan difícil gestionar la crianza de nuestros hijos sin chocar con la generación que nos precedió?
Ser madre hoy dista mucho de cómo se criaba hace 40 o 50 años, y en ese choque de modelos se esconden miedos, inseguridades y necesidades de validación por ambas partes. La psicóloga Lara Ferreiro nos ayuda a comprender qué ocurre en el reloj emocional de nuestras suegras cuando marcamos límites, por qué no debemos tomarnos cada comentario como un ataque y cómo construir un frente unido con la pareja sin culpa.
Ser madre hoy dista mucho de cómo se criaba hace 40 o 50 años. ¿Hasta qué punto este contraste de modelos es la fuente principal de fricción con nuestras suegras?
La maternidad es una parte muy importante de la identidad de una mujer. Por eso, cuando una madre decide educar a sus hijos de una manera distinta a como lo hizo su suegra, esta puede sentir, aunque no lo exprese así, que se está cuestionando su manera de haber sido madre. Es como si escuchar un “ahora esto ya no se hace así” implicara que durante años lo estuvo haciendo mal. Y eso puede doler, porque no estamos hablando simplemente de opiniones sobre crianza, sino de experiencias personales, de sacrificios y de una etapa de la vida en la que muchas mujeres hicieron lo mejor que pudieron con los recursos que tenían. Hay estudios que han concluido que el 43% de los padres tiene desacuerdos con los abuelos sobre las decisiones de crianza. Y el 60 % de las mujeres casadas españolas se llevan mal con su suegra.
Además, hay que tener en cuenta que muchas de nuestras madres y suegras crecieron en una época en la que apenas se hablaba de emociones, de necesidades afectivas o de salud mental infantil, y estaban educadas en un machismo feroz. Se educaba desde lo que se conocía, muchas veces desde la exigencia y la obediencia. Por eso, encontrarse ahora con una generación que habla de validar emociones, respetar los ritmos de los niños o acompañar las rabietas puede resultarles difícil de comprender. No necesariamente porque no quieran lo mejor para sus nietos, sino porque supone cuestionar muchas de las ideas con las que ellas mismas crecieron.
Pero creo que hay algo todavía más importante, y es la dificultad que a veces existe para aceptar que los roles familiares cambian. Cuando un hijo se convierte en padre, su madre también tiene que aprender a ocupar un lugar diferente. Ya no es ella quien decide, y asumirlo puede ser complicado, especialmente cuando durante muchos años su papel dentro de la familia ha estado muy ligado a cuidar, aconsejar y sentirse necesaria. Estas suegras son las “helicópteros”, las que sobrevuelan alrededor de la vida de su hijo y de su nuera, y en consecuencia de los nietos.
Todo esto es conocido como reorganización de los roles familiares. Estos cambios pueden vivir como una pérdida de autoridad o incluso de identidad. Porque una cosa es entender que tu hijo ya no necesita que decidas por él, y otra muy distinta es aceptar emocionalmente que tu papel ha cambiado.
Y, por otro lado, tampoco podemos olvidar cómo se siente una mujer cuando acaba de convertirse en madre. Es una etapa en la que aparecen muchísimas inseguridades, miedos y dudas. Estás intentando encontrar tu propia manera de criar, confiar en tu instinto y construirte como madre. Si en ese momento recibes comentarios constantes sobre cómo coges a tu bebé, cómo lo alimentas, cómo lo duermes o cómo deberías educarlo, es fácil acabar sintiendo que nada de lo que haces está bien. Aunque esos comentarios se hagan con buena intención, emocionalmente pueden vivirse como una crítica o una invasión.
También creo que la pareja tiene un papel fundamental en todo esto. Muchas tensiones se agravan cuando no existen límites claros con las familias de origen y es siempre la mujer quien tiene que enfrentarse a su suegra para defender determinadas decisiones. Es importante que ambos progenitores actúen como un equipo y que sea el propio hijo quien también ayude a establecer esos límites con su madre, sin que eso signifique dejar de quererla o apartarla de la familia.
Por eso, no creo que el problema sea simplemente que antes se criaba de una manera y ahora de otra. Creo que el verdadero conflicto aparece cuando las diferencias se viven como críticas, cuando los consejos se convierten en imposiciones y cuando poner un límite se interpreta como un rechazo.
Al final, una abuela no necesita estar de acuerdo con todas las decisiones de los padres para respetarlas, la última palabra en la crianza es de los padres. Y una madre puede valorar profundamente la experiencia de su suegra sin tener que reproducir su manera de criar.
Muchas tensiones se agravan cuando no existen límites claros con las familias de origen y es siempre la mujer quien tiene que enfrentarse a su suegra para defender determinadas decisiones
Cuando una suegra da un consejo no pedido (sobre el sueño, la lactancia o el abrigo), suele hacerlo desde el cariño o su propia vivencia. Sin embargo, en la nuera suele vivirse como una crítica a su capacidad materna. ¿Por qué nos cuesta tanto encajar esos comentarios sin sentirnos juzgadas?
Creo que nos cuesta tanto porque la maternidad es una etapa en la que muchas mujeres se sienten especialmente expuestas al juicio de los demás, y las hormonas están revolucionadas. Desde que nace un hijo, parece que todo el mundo tiene una opinión sobre cómo deberías alimentarlo, dormirlo, vestirlo o educarlo. Y cuando estás intentando encontrar tu propia manera de ser madre, aprendiendo sobre la marcha y tomando decisiones que consideras importantes para el bienestar de tu hijo, cualquier comentario puede tocar inseguridades que quizá ni siquiera sabías que tenías.
Aquí entra en juego la autoeficacia parental, que es la confianza que tenemos en nuestra capacidad para cuidar y educar a nuestros hijos. Esta confianza no aparece de repente cuando nos convertimos en madres, sino que se va construyendo a través de la experiencia, de los errores, de los aciertos y también de la respuesta que recibimos de nuestro entorno. Por eso, cuando una madre escucha constantemente frases como “yo no lo haría así”, “ese niño tiene frío” o “lo estás acostumbrando demasiado a los brazos”, puede acabar interpretando que los demás no confían en su criterio. Y cuando sentimos que alguien duda de nuestra capacidad, es natural que aparezca la necesidad de defendernos.
Además, hay algo que influye muchísimo y que muchas veces pasamos por alto: no reaccionamos únicamente a lo que nos dicen, sino también a lo que creemos que esa persona está queriendo decirnos. Es decir, entre el comentario y nuestra reacción hay una interpretación. Una suegra puede decir “¿no crees que debería llevar una chaqueta?” pensando sinceramente que está ayudando, mientras que la nuera puede escuchar “no sabes cuidar bien a tu hijo”. El mensaje es el mismo, pero el significado emocional que adquiere para cada una es completamente diferente.
Y esto tiene mucho que ver con la historia previa de esa relación. Porque no es lo mismo recibir un consejo de alguien que habitualmente respeta tus decisiones que recibirlo de una persona que suele cuestionarlas. Cuando se han acumulado pequeñas críticas, comparaciones o comentarios incómodos, podemos desarrollar una mayor sensibilidad ante determinadas situaciones. De manera que una observación que, por sí sola, podría parecer inofensiva termina despertando un malestar mucho mayor. Muchas veces no reaccionamos únicamente al comentario de ese momento, sino a todos los anteriores.
También aparece la reactancia psicológica, que es la resistencia que sentimos cuando percibimos que alguien está intentando limitar nuestra libertad para decidir. Y esto es especialmente importante en la crianza, porque tomar decisiones sobre nuestros hijos forma parte de nuestro papel como madres y padres. Cuando alguien insiste demasiado en cómo deberíamos hacer las cosas, podemos sentir que está invadiendo un espacio de decisión que nos corresponde. Por eso, a veces, cuanto más insiste una suegra en dar un consejo, más se resiste la nuera a escucharlo. No necesariamente porque el consejo sea malo, sino porque siente que necesita proteger su autonomía.
Pero también creo que es importante mirar lo que ocurre al otro lado. Muchas suegras pertenecen a generaciones en las que dar consejos era una forma habitual de transmitir conocimientos y demostrar implicación. Para ellas, compartir su experiencia puede ser una manera de sentirse útiles, de participar en la vida de sus nietos y de mostrar cariño. Es posible que ni siquiera sean conscientes de que su comentario puede percibirse como una crítica o una intromisión.
Por eso creo que aquí pueden convivir dos realidades: una suegra puede aconsejar desde el cariño y una nuera puede sentirse cuestionada al recibir ese consejo. Una cosa no invalida la otra. La intención de quien habla importa, pero también importa cómo recibe el mensaje la persona que escucha.
Ahora bien, comprender por qué un comentario nos molesta no significa que tengamos que aceptarlo todo, ni tampoco que debamos interpretar cualquier sugerencia como un ataque. Se trata de aprender a diferenciar entre una opinión, una crítica y una intromisión real. Y también de entender que podemos escuchar una experiencia diferente sin sentir que estamos obligadas a seguirla.
Decir "así no lo hacemos nosotros" genera mucha culpa en las madres jóvenes. ¿Cómo se pueden establecer límites firmes en la crianza de los hijos sin que la suegra lo perciba como un rechazo personal o un ataque?
Creo que lo primero que tenemos que entender es que poner un límite no es rechazar a una persona, sino definir qué necesitamos para que una relación funcione de manera saludable. Sin embargo, muchas madres sienten culpa cuando tienen que marcar esos límites, especialmente con su suegra, porque temen generar un conflicto, parecer desagradecidas o hacer daño a alguien que, en el fondo, tiene buenas intenciones.
Y aquí hay algo importante: muchas veces confundimos ser respetuosas con evitar que los demás se molesten. Pero son cosas muy diferentes. Podemos comunicar una decisión con cariño, educación y empatía, y aun así encontrarnos con alguien que se siente herido o cuestionado. Que otra persona se incomode con nuestro límite no significa necesariamente que hayamos hecho algo malo.
Y esto es especialmente importante cuando formamos nuestra propia familia. Porque cuando una pareja tiene hijos, necesita construir sus propios criterios de crianza. Eso no significa rechazar lo que hicieron sus padres, ni considerar que una generación lo hizo mejor que otra. Simplemente significa reconocer que ahora son ellos quienes tienen la responsabilidad de decidir.
También creo que debemos prestar atención a cómo comunicamos esos límites. No es lo mismo decir “eso está anticuado, ahora ya no se hace así” que decir “sé que tú lo hacías de otra manera y entiendo que te funcionara, pero nosotros hemos decidido hacerlo así”. En el segundo caso, estamos reconociendo la experiencia de la otra persona sin renunciar a nuestra decisión.
Una estrategia especialmente útil es hablar desde el “nosotros”. Expresiones como "hemos decidido”, “preferimos hacerlo así” o “esto es lo que hemos acordado para nuestro hijo” transmiten que existe un criterio compartido entre los padres. Además, evitan que la suegra interprete que es únicamente su nuera quien está imponiendo las normas o alejándola de su nieto.
Aquí también es fundamental el papel de la pareja. No debería recaer siempre sobre la nuera la responsabilidad de establecer límites con la familia de su marido. Cuando es el propio hijo quien comunica y sostiene las decisiones de crianza, resulta más fácil transmitir que no se trata de un enfrentamiento personal entre suegra y nuera, sino de acuerdos que pertenecen a la nueva unidad familiar.
Otro aspecto importante es no caer en la necesidad de justificarnos constantemente. A veces, por miedo a que la otra persona se moleste, damos explicaciones interminables intentando convencerla de que nuestra decisión es correcta. Pero esto puede convertir un límite en un debate permanente. Podemos explicar brevemente nuestros motivos, escuchar su opinión y mantener nuestra postura sin necesidad de conseguir su aprobación.
Y también es importante distinguir entre validar una emoción y cambiar una decisión. Si una abuela se siente triste porque sus hijos no siguen sus consejos, podemos reconocer ese sentimiento sin renunciar al límite. Podemos decirle: "Entiendo que para ti sea diferente y que te cueste, pero esta es la manera en la que hemos decidido hacerlo". Estamos mostrando empatía, pero no estamos cediendo la responsabilidad de criar a nuestros hijos.
Porque una abuela puede seguir siendo una figura esencial en la vida de sus nietos sin tener que compartir todas las decisiones de sus padres. Y establecer esa diferencia, lejos de debilitar el vínculo familiar, puede ayudar a construir una relación más respetuosa, en la que cada persona conoce y acepta su lugar.
Detrás de muchos de los conflictos entre suegra y nuera, no siempre hay malas intenciones, sino expectativas diferentes, dificultades para adaptarse a los nuevos roles familiares y emociones que no siempre sabemos gestionar
Muchas veces el conflicto escala porque la pareja se queda en una postura neutral o "de perfil" para no enfrentarse a su madre. ¿Qué papel clave debe jugar el hijo en este triángulo para proteger la intimidad de su nueva familia sin herir a su madre?
El papel del hijo es fundamental, porque muchas veces el verdadero problema no está únicamente en la relación entre suegra y nuera, sino en cómo se posiciona él dentro de esa relación, que se lo digan a Brooklyn Beckham. Y aquí hay algo importante: mantenerse neutral no siempre significa evitar un conflicto. A veces, significa dejar que sea tu pareja quien tenga que afrontarlo sola.
Cuando un hombre forma su propia familia, tiene que aprender a encontrar un equilibrio entre dos vínculos muy importantes: el que mantiene con su madre y el que está construyendo con su pareja. Y esto no siempre es sencillo, especialmente si ha crecido en una familia donde expresar desacuerdo, poner límites o decir que no se interpretaba como una falta de respeto.
Aquí aparece un concepto muy interesante de la teoría de los sistemas familiares: la triangulación emocional. Ocurre cuando una tensión entre dos personas termina involucrando a una tercera, que puede quedar atrapada intentando aliviar el conflicto. En estas situaciones, el hijo puede sentirse dividido entre su madre y su pareja, tratando de que ninguna se enfade. El problema es que, cuando evita posicionarse ante decisiones que corresponden a la pareja, el conflicto no desaparece, sino que muchas veces se desplaza hacia la relación entre suegra y nuera.
Además, hay algo que me parece especialmente importante: el hijo no tiene que elegir entre su madre y su pareja, pero sí tiene que aprender a diferenciar el lugar que ocupa cada una en su vida. Su madre sigue siendo una figura importante, pero las decisiones sobre la crianza, la organización del hogar o la intimidad familiar corresponden a la pareja.
También creo que es importante que sea él quien participe activamente en la comunicación de los límites con su propia familia. Porque cuando siempre es la nuera quien tiene que decir que no, puede acabar ocupando el papel de la persona que pone obstáculos, mientras él queda al margen. Y eso no solo deteriora la relación entre ambas mujeres, sino que puede generar mucho resentimiento dentro de la pareja.
Ahora bien, proteger a la pareja no significa enfrentarse constantemente a la madre, hablarle mal o excluirla de la vida familiar. Significa poder escuchar sus opiniones, reconocer sus emociones y mostrarle cariño sin permitir que eso determine las decisiones de la nueva familia.
Y también hay que aceptar algo que a veces resulta difícil: no siempre podemos evitar que nuestra madre se sienta dolida. Podemos cuidar las formas, ser respetuosos y explicarnos con cariño, pero no podemos hacernos responsables de todas sus reacciones emocionales.
¿Cómo afecta esta tensión constante con la familia política a la convivencia y al vínculo de la pareja cuando no se rema en la misma dirección?
Puede afectar muchísimo, yo he tenido muchísimos casos en Terapia, porque cuando los conflictos con la familia política se repiten y la pareja no consigue actuar como un equipo, el problema deja de ser únicamente la relación con la suegra y empieza a convertirse en un problema dentro de la propia pareja.
Muchas veces lo que más duele no es lo que hace o dice la suegra, sino sentir que tu pareja no te protege, no te comprende o no te acompaña cuando lo necesitas. Porque cuando una persona siente que tiene que defender constantemente sus decisiones de crianza y, además, hacerlo sola, puede empezar a experimentar mucha frustración, soledad y resentimiento.
Esto está muy relacionado con el concepto de alianza de pareja, que hace referencia a la capacidad de ambos miembros para apoyarse, tomar decisiones conjuntamente y afrontar las dificultades como un equipo. Cuando esa alianza se debilita, los desacuerdos externos pueden terminar afectando a la seguridad emocional de la relación.
Por ejemplo, imaginemos que una suegra cuestiona repetidamente cómo su nuera alimenta a su hijo. Si su pareja responde con frases como “no le hagas caso”, “ya sabes cómo es mi madre” o “no es para tanto”, quizá su intención sea quitarle importancia al conflicto. Sin embargo, la otra persona puede vivirlo como una invalidación emocional. Es decir, puede sentir que su malestar no está siendo reconocido y que sus necesidades no son importantes.
Y cuando esto ocurre de manera repetida, el problema se va acumulando. Ya no se discute únicamente por un comentario sobre la crianza, sino por todo lo que ese comentario representa: la sensación de no ser escuchada, de no sentirse respaldada o de tener que asumir sola la responsabilidad de establecer límites.
Además, si esta dinámica se mantiene en el tiempo, puede producirse un distanciamiento emocional. Una persona empieza a evitar determinados temas porque sabe que acabarán en discusión, mientras que la otra puede sentirse continuamente cuestionada o presionada para elegir entre su pareja y su familia de origen. Poco a poco, pueden disminuir la comunicación, la complicidad e incluso las ganas de compartir tiempo juntos.
Y no podemos olvidar que la llegada de un hijo ya supone una reorganización importante de la relación. Hay menos descanso, más responsabilidades y menos tiempo para la pareja. Si a todo esto añadimos conflictos constantes con la familia política, el desgaste puede ser todavía mayor.
Pero también creo que hay que aclarar algo: remar en la misma dirección no significa pensar exactamente igual ni darle siempre la razón a nuestra pareja. Significa poder hablar de nuestras diferencias en privado, llegar a acuerdos y mantener una postura coherente frente a las decisiones que afectan a nuestra familia. Podemos no estar de acuerdo con la manera en la que nuestra pareja ha reaccionado ante un comentario, pero eso no significa que debamos desautorizarla delante de los demás.
Ellas criaron en una época con mucha menos tribu, diferente información y sus propias cargas. ¿De qué manera ayuda a la nuera practicar la empatía hacia la historia personal de su suegra para bajar la reactividad emocional?
La relación entre suegra y nuera puede convertirse en una fuente importante de tensión, especialmente cuando llegan los hijos y aparecen diferencias en la manera de entender la crianza. Pero creo que es importante recordar que, detrás de muchos de estos conflictos, no siempre hay malas intenciones, sino expectativas diferentes, dificultades para adaptarse a los nuevos roles familiares y emociones que no siempre sabemos gestionar.
- Intenta comprender su historia antes de juzgar su comportamiento. Tu suegra también fue madre, tuvo sus propios miedos, inseguridades y dificultades. Entender el contexto en el que crio puede ayudarte a interpretar sus comentarios con menos carga emocional, aunque no estés de acuerdo con ellos.
- No interpretes automáticamente cada consejo como una crítica. A veces, un "ponle una chaqueta" es simplemente una expresión de preocupación. Antes de reaccionar, pregúntate: "¿Me está cuestionando realmente o estoy interpretando su comentario desde mis propias inseguridades?"».
- Aprende a diferenciar la intención del impacto. Tu suegra puede tener buenas intenciones y, aun así, hacerte sentir incómoda. Reconocer ambas cosas te permitirá responder con empatía sin necesidad de justificar comportamientos que te molestan.
- Recuerda que poner límites no significa rechazar a una persona. Puedes querer a tu suegra, valorar su experiencia y agradecer su ayuda sin permitir que tome decisiones sobre la crianza de tus hijos. La empatía y los límites no son incompatibles.
- Evita convertir las diferencias de crianza en una competición generacional. Frases como "ahora sabemos hacerlo mejor" pueden hacer que una abuela sienta que se está cuestionando toda su maternidad. Es preferible hablar de decisiones diferentes, no de madres mejores o peores.
- Practica la pausa antes de responder. Cuando un comentario te moleste, intenta no reaccionar inmediatamente. Esta pequeña pausa favorece la regulación emocional y te permite elegir cómo quieres responder, en lugar de hacerlo impulsivamente desde el enfado.
- Reconoce su experiencia sin renunciar a tus decisiones. A veces, un simple "entiendo que tú lo hacías de otra manera y agradezco que quieras ayudar, pero nosotros hemos decidido hacerlo así" puede evitar muchas discusiones. Validar su experiencia no significa tener que seguir sus consejos.
- No atribuyas siempre una mala intención. Existe un sesgo conocido como error fundamental de atribución, que puede llevarnos a explicar el comportamiento de los demás por su personalidad, sin considerar suficientemente sus circunstancias. No todo comentario incómodo nace del deseo de controlar; a veces responde a hábitos, preocupaciones o dificultades para adaptarse a un nuevo papel.
- Busca espacios de relación que no giren únicamente alrededor de la crianza. Si todas vuestras conversaciones tienen que ver con cómo cuidar al niño, es más fácil que aparezcan desacuerdos. Compartir otros momentos puede ayudaros a conoceros como personas y no únicamente desde los roles de suegra y nuera.
- Acepta que comprenderla no significa tener que cambiarla. Puedes entender por qué tu suegra actúa de determinada manera sin asumir la responsabilidad de modificar su comportamiento o gestionar todas sus emociones. La empatía también consiste en reconocer que cada persona tiene su propia historia y sus propios procesos de adaptación.
Y me quedaría con una idea fundamental: la empatía no consiste en permitirlo todo para evitar conflictos, sino en aprender a mirar al otro con más comprensión sin dejar de respetarnos a nosotras mismas. Porque podemos entender las heridas, los miedos y las experiencias de una generación anterior sin renunciar a construir nuestra propia manera de ser madres.


