Hasta aquí, señor Putin

Hasta aquí, señor Putin

Hace tiempo llamé a Ucrania la nueva Numancia. Vladimir Putin había decidido representar el papel de Roma: ejército gigantesco, vocación imperial y la certeza de que aquella pequeña nación desaparecería apenas escuchara sus tambores. Kyiv caería en tres días, Zelenski huiría y los ucranianos recibirían a los invasores con flores. Más de cuatro años después, Ucrania sigue allí, Zelenski también y las flores han sido sustituidas por drones. El único detalle pendiente es avisarle al emperador que la función ya terminó.

El general estadounidense Jack Keane acaba de decir algo que en Europa todavía provoca carraspeos diplomáticos: el ejército ucraniano es hoy, por mucho, el mejor del continente. Ningún otro se le acerca. Francia y Reino Unido poseen armas nucleares; otras naciones tienen aviones, barcos y generales espléndidamente uniformados. Ucrania posee algo bastante menos decorativo: sabe combatir. No lo aprendió en congresos sobre seguridad ni mediante simulaciones organizadas en hoteles de Bruselas. Aprendió bajo los misiles, entre ciudades arrasadas y mientras sus soldados descubrían que el manual de instrucciones de la OTAN suele llegar varias semanas después del ataque ruso. Ha convertido drones comerciales en armas, talleres improvisados en centros de innovación y una invasión concebida para exterminarla en la mayor escuela de guerra del siglo XXI.

Rusia, entretanto, continúa practicando su particular interpretación de la diplomacia. En una sola semana lanzó contra 13 regiones ucranianas más de mil 550 drones de ataque, cerca de mil 560 bombas aéreas guiadas y 62 misiles. Más de 3 mil artefactos en siete días. Es la versión putiniana de una propuesta de paz: primero destruye la casa, después pregunta si sus habitantes estarían dispuestos a conversar en el sótano.

Por eso hace tiempo que Ucrania ya no se limita a resistir. Golpea refinerías, depósitos militares, fábricas, ferrocarriles y centros logísticos situados a cientos de kilómetros de la frontera. Putin prometió a los rusos una operación militar especial, limpia, distante y televisable desde un salón dorado del Kremlin. La operación se volvió guerra; lo especial es que aún finja no haberlo notado.

La nueva Numancia ha comenzado a alcanzar los campamentos de Roma. Y ahí aparece para Occidente una oportunidad de oro: decirle a Rusia, por fin, “hasta aquí”. No ocupar Moscú, no emprender una cruzada ni pulsar botones nucleares. Simplemente dejar de concederle al agresor el derecho exclusivo de decidir cuándo comienza la escalada, hasta dónde llega y quién tiene permitido defenderse.

Durante los pasados años, cada arma enviada a Ucrania atravesó el mismo vía crucis burocrático. Primero, Occidente declaraba que entregarla sería demasiado peligroso. Luego, Rusia cometía una atrocidad adicional. Más tarde, los aliados convocaban una cumbre, expresaban “profunda preocupación”, se tomaban la fotografía familiar y finalmente enviaban el arma seis meses después, cuando los ucranianos ya habían tenido que inventar otra. Putin no necesita servicios de inteligencia para conocer los tiempos occidentales; puede consultar la agenda de reuniones.

Así, Rusia convirtió el miedo ajeno en su sistema antimisiles más eficaz. Moscú puede bombardear hospitales, secuestrar niños, destruir centrales eléctricas e importar soldados norcoreanos. Europa, ante semejante delicadeza, debe preguntarse si permitir que Kyiv destruya la base desde la cual despegaron los bombarderos podría resultar provocador. Putin lanza el misil. Occidente se preocupa por no escalar el impacto.

La prudencia es indispensable frente a una potencia nuclear. La parálisis no. Si poseer bombas atómicas concede licencia para invadir vecinos, robar territorios y vetar la defensa de las víctimas, el mensaje enviado al mundo resulta impecable: los tratados son papel, las fronteras una sugerencia y la única garantía verdadera de soberanía cabe dentro de una ojiva. Después fingiremos sorpresa cuando otros países quieran fabricar la suya.

Así que es menester aprovechar que Rusia no es la maquinaria invencible que su propaganda vendió durante décadas. No tomó Kyiv, no depuso al gobierno ucraniano, no desarmó al país, no fracturó a la OTAN y no consiguió que Europa regresara dócilmente a comprarle gas. Putin invadió Ucrania para restaurar la grandeza rusa y terminó exhibiendo sus goteras. Quiso realizar una coronación imperial y organizó una auditoría militar.

El precio ha sido monstruoso para Ucrania, pero también empieza a serlo para Rusia: cientos de miles de bajas, material destruido, refinerías atacadas, una economía subordinada a la guerra y una dependencia creciente de Irán, Corea del Norte y China. Resultó curiosa la ruta hacia la restauración del imperio: Moscú pretendía volver a ser superpotencia y terminó comprándole municiones a Pyongyang.

Este es el momento de alterar el cálculo del Kremlin. No basta con ayudar a Ucrania a no perder, esa fórmula administrada con gotero únicamente prolonga la carnicería. Hay que darle defensas antiaéreas suficientes, permitirle neutralizar los sitios desde donde Rusia la ataca, perseguir las redes que evaden sanciones, emplear los activos rusos en la reconstrucción y establecer garantías de seguridad capaces de sobrevivir más allá de la siguiente fotografía protocolaria.

También convendría que Europa dejara de describir a Ucrania como una beneficiaria incómoda de su generosidad. Es el ejército más experimentado del continente, posee una industria de defensa extraordinariamente innovadora y conoce la guerra de drones mientras numerosos gobiernos europeos apenas preparan el seminario titulado Desafíos emergentes de los vehículos aéreos no tripulados. Kyiv combate la guerra del futuro. Bruselas todavía diseña el gafete.

Así que la presión no cancela la negociación; evita que se convierta en rendición con servicio de café. Putin no busca una paz que garantice la soberanía ucraniana. Busca conservar los territorios ocupados, obtener mediante una firma aquello que su ejército no pudo conquistar y ganar tiempo para intentarlo de nuevo. Un alto el fuego sin garantías no cerraría la guerra. Le concedería mantenimiento.

Putin negociará seriamente cuando continuar le resulte más costoso que detenerse. Hasta entonces seguirá administrando la paciencia occidental, explotando sus divisiones y confiando en que las democracias se aburran antes de que Rusia se desgaste. Ha descubierto que no necesita derrotar a todos sus adversarios. Le basta con conseguir que se derroten solos, aterrados ante las consecuencias de impedirle ganar.

Numancia resistió hasta desaparecer. Ucrania ha resistido hasta revelar que Roma no era tan poderosa como presumía y que el emperador también sangra, pierde tanques y necesita drones extranjeros. Occidente tiene ante sí la oportunidad de cambiar el final de la metáfora: dejar de acompañar heroicamente a Ucrania hasta su destrucción y comenzar a hacer imposible la victoria rusa.

Vladimir Putin lleva tiempo buscando la frontera exacta entre la prudencia occidental y la cobardía. Ya es hora de que la encuentre.

Hasta aquí, señor Putin.

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