Existe una Vizcaya (Bizkaia) que pocos conocen. En el límite occidental, entre montaña y mar, la comarca de Enkarterri (Las Encartaciones) es un tesoro oculto con miles de años de historia. En esta ruta entramos en una cápsula del tiempo, en un viaje cronológico que empieza con los balidos de ovejas lanudas bajo un menhir. Desde los tiempos más remotos, pasando por la Edad Media, hasta aterrizar en el presente. Y así, recorremos estos valles verdes, con la sorpresa de que casi todo sigue intacto. Esos mismos paisajes que el tiempo apenas ha tocado esperan a ser descubiertos, sin perder su esencia original.
Casi 6.000 años antes de este reportaje, cuando ninguno de estos lugares tenía nombre aún, el Homo sapiens ya los habitaba. Y aquellas comunidades decidieron plantar este monolito, el Ilso de Perutxote. Lo dejaron ahí como quien avisa: “Aquí estamos”. No impresiona por su tamaño, impresiona porque sigue ahí, intacto hasta hoy. El principio de todo, donde empieza este viaje fotográfico por las Encartaciones.
Aquellos que clavaron el menhir hace tantísimos años ya subían con sus rebaños a estos mismos pastos. Donde el balido de las ovejas en la niebla suena exactamente igual que entonces. Solo ha cambiado quien escucha. En la foto, una oveja carranzana con su carita rubia, inocente, que parece pintada, mira sin prisa el valle que lleva siglos siendo suyo. ¡Tan preciosa... es de comérsela!
Fue en el año 1957 cuando una explosión en la cantera cercana descubrió la cueva de Pozalagua. Famosa por albergar la mayor concentración de estalactitas excéntricas del planeta. Mientras en las campas del exterior los primeros pobladores empezaban a tejer la lana de sus ovejas para abrigarse, en secreto, gota a gota, la tierra llevaba miles de años tejiendo su propia obra de arte en la oscuridad absoluta.
Atravesar el Puente Viejo de Balmaseda nos sumerge en plena Edad Media. Nuestros pasos se solapan con los de mercaderes medievales olvidados, entre gritos de arrieros, cascos de mulas y el olor a lana húmeda y cuero. En este paso estratégico entre la costa y Castilla, nadie cruzaba gratis. Cada fardo pagaba su peaje en el torreón, que era aduana y atalaya.
Y de puente a puente, de la Edad Media saltamos a la Revolución Industrial. En 1892, un indiano vuelve de México para transformar la vida de Balmaseda. Funda La Encartada, una fábrica-colonia con casas de obreros, escuela y capilla, dedicada a la elaboración de productos con esa lana, especialmente boinas. Y la vida empezó a regirse por la sirena que marcaba los turnos, durante cien años, hasta que cerró en 1992 y se reconvirtió en museo.
Además de lana, son muchos los atractivos por descubrir… y saborear. Como el caserío Vista Alegre, donde las vacas pastan felices junto a bosques que dan sabor a sus quesos. O en alguno de sus restaurantes, como Casa Garras, donde Txema Llamosas mezcla producto de cercanía con el toque de la cocina actual. El nombre viene de su abuelo, pastor de manos enormes, que así se ganó el apodo.
En el santuario de acogida de fauna de El Karpín aparecen otras garras, no como un apodo, sino zarpas de verdad. Hace generaciones que el rugido del oso pardo se apagó en estos montes, cuando él era el rey de los valles y las ovejas vivían la tensión constante de su amenaza. Este refugio es el compromiso de la comarca recuperando lo que un día se perdió, un lugar donde las miradas de los animales rescatados son un emocionante espejo a ese pasado.
Además de para el oso u otros animales, todo este paisaje sigue siendo una enorme despensa. Al queso y a sus carnes de pasto extraordinarias se unen otros productos autóctonos. Como la cebolla morada de Zalla, dulce y jugosa. O la alubia roja de Carranza, que en Balmaseda se prepara en las tradicionales putxeras: ollas ferroviarias a fuego lento, con todos sus sacramentos. Un viaje irresistible que hay que fotografiar... a bocados.
Y para brindar, nada mejor que un txakolí fresco. Antiguamente, cada caserío lo elaboraba para consumo familiar. Actualmente, el paisaje se ordena en líneas simétricas de viñedos en bodegas abiertas al enoturismo. En la foto, Virgen de Lorea, donde ya se elaboraba este vino a finales del siglo XVII. Con más de 20 hectáreas, su extensión de cepas es la mayor del País Vasco. Imaginemos 30 estadios de fútbol juntos, y no hará falta probarlo para marearse.
Tras disfrutar tantos sabores de esta tierra, proseguimos nuestro viaje por su historia conduciendo hasta Galdames. Un sueño sería hacerlo en alguno de los coches que alberga Torre Loizaga, un imponente castillo-museo del siglo XIV, con la colección más completa de Europa de Rolls-Royce. Transitamos aquí de la Edad Media al esplendor de los motores y la Belle Époque. En la foto, un brillante Isotta Fraschini de 1928.
Pero el verdadero lujo en las Encartaciones tampoco está en los Rolls-Royce. Como en todo buen viaje, volvemos donde empezamos para acabar de entenderlo: con aquellas ovejas de cara rubia y su lana que cruzó el puente para convertirse en boinas en La Encartada.
Hace más de una década, Laurita Siles y Joseba Edesa decidieron apostar por la otra oveja autóctona, la cara negra. Dentro de su proyecto Mutur Beltz, unieron este trabajo a una residencia artística anual, donde creadores conviven varios días en el valle junto a pastores, montes e inspiración plena. Y hoy, la lana de esta raza en peligro de desaparecer vuelve a tener futuro porque dos personas, hilando tradición y arte, decidieron no dejarla morir…
Y para cerrar el círculo, de los ovillos de lana tintada, saltamos a otra explosión de color: la Danza de los Arcos Floridos de Lanestosa. En el pueblo más pequeño del País Vasco, danzantes reviven esta tradición de más de 500 años. Este reportaje ha empezado cruzando los arcos de piedra de un puente medieval, para acabar bajo estos otros arcos, vestidos de flores. En estos valles con tanto por descubrir, donde la vida sigue plácida e inalterada.