Dr. Abraham Zavala, ginecólogo: "Sería un error pensar que una mujer no se queda embarazada simplemente porque está estresada"
A menudo se tiende a ver el estrés y los altos niveles de cortisol como la causa que impide a una mujer lograr el embarazo o, al menos, como un factor determinante. ¿Realmente es así? Nos da la respuesta el Dr. Abraham Zavala, Coordinador Médico de Tambre Alicante y Director Científico de Tambre, quien aclara la influencia de esta situación por la que atraviesan muchas mujeres y muchas parejas que buscan ampliar la familia. Y advierte, además, de un consejo muy habitual a estas personas que, más que ayudar, lo que consigue es cargarles de culpa y de responsabilidad de manera innecesaria.
Dado que es cierto que el estrés puede alterar el ciclo menstrual, el Dr. Zavala analiza el papel de este factor en la fertilidad masculina y, sobre todo, femenina y explica qué es necesario tener en cuenta al respecto.
Estar nerviosa, tener miedo o pasar por momentos de ansiedad durante un tratamiento de reproducción asistida no significa que vaya a fracasar.
¿Es más difícil quedarse embarazada cuando la mujer tiene estrés y se dispara el cortisol?
El estrés puede influir en nuestro organismo y también en algunos mecanismos relacionados con la reproducción, pero sería un error pensar que una mujer no se queda embarazada simplemente porque está estresada.
Cuando hablamos de un estrés intenso y mantenido en el tiempo, puede producirse una alteración de las señales hormonales que regulan el ciclo menstrual y la ovulación. En algunas mujeres esto puede traducirse en retrasos menstruales, ciclos irregulares o incluso ausencia de ovulación, pero no existe una relación tan sencilla como "más cortisol, menos posibilidades de embarazo". Cada organismo responde de una manera diferente y, sobre todo, la fertilidad depende de muchos factores: la edad, la reserva ovárica, la calidad de los ovocitos y los espermatozoides, la anatomía reproductiva, factores genéticos o determinadas patologías.
Por eso me parece especialmente importante evitar frases como "relájate y te quedarás embarazada". Además de no ser científicamente correctas, pueden hacer que la mujer se sienta responsable de algo que no depende únicamente de su estado emocional.
¿Cómo intervienen hormonas como el cortisol o la adrenalina en los procesos reproductivos y qué niveles empiezan a ser preocupantes desde el punto de vista ginecológico?
El cortisol y la adrenalina son hormonas completamente normales. Forman parte de la respuesta del organismo ante situaciones de estrés y nos ayudan a reaccionar ante determinadas circunstancias.
El problema puede aparecer cuando esa activación se mantiene durante mucho tiempo. El cerebro regula la función reproductiva a través de una comunicación muy precisa entre el hipotálamo, la hipófisis y los ovarios. Un estrés intenso y prolongado puede interferir en esas señales y modificar la ovulación o el ciclo menstrual.
Ahora bien, no existe un valor concreto de cortisol que utilicemos en una consulta de fertilidad para decir: "a partir de este nivel va a ser más difícil quedarse embarazada". El cortisol, además, varía muchísimo a lo largo del día y puede cambiar según el sueño, el ejercicio, determinados medicamentos o muchas otras circunstancias. Por eso no tiene sentido medirlo de manera rutinaria en todas las mujeres que están buscando un embarazo.
Otra cuestión diferente es que exista una sospecha médica de una alteración endocrina específica. En ese caso, por supuesto, habría que estudiarla.
¿El estrés puede influir en la respuesta a tratamientos de reproducción asistida?
Es una de las grandes preocupaciones de las pacientes. Muchas llegan a consulta pensando: "Estoy muy nerviosa, ¿esto puede hacer que el tratamiento no funcione?". Y aquí el mensaje tiene que ser tranquilizador: estar nerviosa, tener miedo o pasar por momentos de ansiedad durante un tratamiento de reproducción asistida no significa que vaya a fracasar.
Se ha investigado mucho sobre la posible relación entre estrés, cortisol y resultados de los tratamientos, pero hasta ahora no podemos establecer una relación causal clara. En reproducción asistida existen otros factores que tienen un peso mucho mayor en el pronóstico, como la edad de la mujer, la reserva ovárica, la calidad ovocitaria y espermática, las características de los embriones, el estado del útero o la causa de infertilidad.
Eso no quiere decir que el estrés no importe. Importa mucho, pero principalmente porque afecta a cómo vive la paciente todo el proceso, a su calidad de vida y, en ocasiones, a su capacidad para afrontar tratamientos que pueden ser emocionalmente exigentes.
Mientras que el estrés no reduce las posibilidades de un ciclo por sí mismo, sí que puede ser una de las principales causas de abandono del tratamiento antes de agotar todas las opciones razonables, y eso sí podría modificar el resultado acumulado. Por este motivo también merece la pena buscar o recomendar apoyo psicosocial en tratamientos de fertilidad.
Como médicos, nuestro trabajo no debería limitarse a conseguir un buen resultado biológico. También tenemos que conseguir que la paciente se sienta acompañada durante el camino.
¿Qué papel juega el estrés en el estado emocional durante el proceso?
Aquí se produce muchas veces una especie de círculo. Tendemos a preguntarnos si el estrés provoca infertilidad, cuando sabemos que la propia dificultad para conseguir un embarazo puede generar muchísimo estrés.
Un tratamiento de reproducción asistida implica incertidumbre, esperas, pruebas, decisiones médicas, expectativas y, en muchos casos, experiencias anteriores que no han terminado como se esperaba.
Todo eso puede generar ansiedad, tristeza, irritabilidad, problemas de sueño o dificultad para concentrarse. También puede afectar a la relación de pareja o a la sexualidad. Por eso creo que tenemos que normalizar el apoyo psicológico dentro de la Medicina Reproductiva. No debería entenderse como algo reservado únicamente para las personas que están al límite emocionalmente.
En ocasiones, disponer de un espacio donde poder expresar los miedos, entender lo que está ocurriendo y aprender herramientas para manejar esa incertidumbre cambia completamente la forma de vivir el tratamiento.
Se ha investigado mucho sobre la posible relación entre estrés, cortisol y resultados de los tratamientos, pero hasta ahora no podemos establecer una relación causal clara.
¿Por qué algunas mujeres experimentan retrasos, ciclos irregulares o anovulación en periodos de alta ansiedad?
Porque el ciclo menstrual depende de una comunicación hormonal muy precisa entre el cerebro y los ovarios. El hipotálamo envía una señal a la hipófisis y esta, a su vez, produce las hormonas necesarias para que el ovario desarrolle un folículo y se produzca la ovulación.
Cuando existe un estrés muy intenso o mantenido, esa comunicación puede alterarse. Es una respuesta fisiológica del organismo y, en determinadas mujeres, puede provocar retrasos en la menstruación o incluso que no se produzca la ovulación. Pero aquí también debemos ser prudentes. Cuando una mujer empieza a tener ciclos irregulares, no debemos asumir automáticamente que la causa es el estrés.
Hay muchas otras posibilidades que debemos estudiar: síndrome de ovario poliquístico, alteraciones tiroideas, cambios importantes de peso, ejercicio físico excesivo, hiperprolactinemia o alteraciones relacionadas con la reserva ovárica, entre otras. El estrés puede ser una pieza del puzle, pero antes de atribuirle la causa debemos hacer un diagnóstico adecuado.
En pacientes con endometriosis, ¿el estrés puede agravar los síntomas o influir en las posibilidades de concepción?
Lo primero que debemos aclarar es que el estrés no causa endometriosis. La endometriosis es una enfermedad compleja, inflamatoria y hormonodependiente, con mecanismos biológicos propios.
Lo que sí sabemos es que existe una interacción importante entre el dolor crónico y el estado emocional. Cuando una persona vive durante mucho tiempo con dolor, la ansiedad, el miedo a que ese dolor aparezca o la hipervigilancia pueden hacer que la experiencia sea todavía más difícil.
Además, la endometriosis no afecta únicamente físicamente. Puede influir en las relaciones sexuales, en la pareja, en el trabajo y, por supuesto, en el proyecto reproductivo.
Respecto a la fertilidad, no sería correcto decir que una paciente con endometriosis mejorará sus posibilidades de embarazo simplemente reduciendo el estrés. La enfermedad puede afectar a la fertilidad por diferentes mecanismos: alteraciones anatómicas, inflamación, afectación de las trompas, endometriomas o disminución de la reserva ovárica en algunos casos.
Por tanto, tenemos que abordar ambas dimensiones: tratar adecuadamente la enfermedad y sus consecuencias reproductivas y, al mismo tiempo, cuidar el bienestar emocional de la paciente.
Se suele dar por hecho que el estrés solo afecta a la fertilidad femenina. En el caso de los hombres, ¿puede el estrés también afectar a su fertilidad? ¿Cómo?
Sí, y creo que es importante recordarlo porque durante muchos años toda la atención en fertilidad se ha centrado demasiado en la mujer. El estrés crónico también puede afectar al sistema hormonal masculino y se ha estudiado su relación con parámetros como la concentración, la movilidad o la calidad de los espermatozoides.
Además, existen efectos indirectos que son muy relevantes. El estrés puede afectar al sueño, disminuir la libido, favorecer hábitos menos saludables o provocar alteraciones en la función sexual. Esto no significa que un periodo puntual de estrés vaya a provocar infertilidad masculina. De nuevo hablamos de una interacción compleja y de situaciones mantenidas en el tiempo.
Cuando una pareja tiene dificultades para conseguir un embarazo, el estudio debe hacerse siempre desde una perspectiva conjunta. Aproximadamente la mitad de los problemas reproductivos pueden tener algún componente masculino, aislado o combinado con un factor femenino, y por eso la evaluación del varón es fundamental.
¿Qué señales deberían alertar a una pareja de que el estrés está interfiriendo en su búsqueda de embarazo?
Una señal bastante clara es cuando la búsqueda del embarazo empieza a ocupar prácticamente toda la vida de la pareja. Por ejemplo, cuando las relaciones sexuales dejan de vivirse como un espacio de intimidad y pasan a convertirse únicamente en una obligación marcada por el calendario de ovulación.
También debemos prestar atención cuando aparecen problemas persistentes de sueño, ansiedad intensa, irritabilidad, aislamiento social, tristeza, pérdida de interés por actividades que antes resultaban agradables o conflictos frecuentes dentro de la pareja.
Y desde el punto de vista médico hay otra cuestión importante: no debemos utilizar el estrés como explicación para retrasar una consulta de fertilidad. Si una pareja lleva un tiempo intentando conseguir un embarazo sin éxito, lo recomendable es estudiar qué está ocurriendo. En general, aconsejamos consultar después de un año de búsqueda si la mujer tiene menos de 35 años y aproximadamente después de seis meses a partir de los 35 años.
En mujeres mayores de 40 años, o cuando existen condiciones que pueden afectar a la fertilidad, como ciclos muy irregulares, endometriosis, determinadas cirugías, tratamientos oncológicos previos o sospecha de un factor masculino, es recomendable consultar antes, sin esperar necesariamente esos plazos.
¿Qué suelen recomendar los ginecólogos y los psicólogos para reducir el impacto del estrés en la fertilidad?
Lo primero que le diría a una paciente es que no tiene que conseguir estar completamente tranquila para que su tratamiento funcione. A veces ponemos sobre las mujeres una presión enorme: además de enfrentarse a una dificultad reproductiva, parece que también tienen que gestionar perfectamente todas sus emociones. Y eso no es realista.
Lo que buscamos es que el estrés no termine dominando su vida. Desde el punto de vista médico recomendamos cuidar el sueño, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física de forma regular, evitar el tabaco y mantener espacios de vida que no estén relacionados exclusivamente con la búsqueda del embarazo.
Desde Psicología existen herramientas que pueden ayudar mucho, como la terapia cognitivo-conductual, técnicas de relajación, mindfulness, estrategias de regulación emocional o terapia de pareja, dependiendo de cada caso.
Y hay algo que también depende directamente de nosotros como profesionales: reducir la incertidumbre. Cuando una paciente entiende qué está ocurriendo, por qué estamos realizando una prueba, qué posibilidades existen y cuáles van a ser los siguientes pasos, muchas veces disminuye una parte importante de la ansiedad. La información clara y el acompañamiento también son una forma de cuidar.
Tendemos a preguntarnos si el estrés provoca infertilidad, cuando sabemos que la propia dificultad para conseguir un embarazo puede generar muchísimo estrés.
¿Cuáles son los mitos más extendidos sobre la relación entre estrés y fertilidad y qué dice realmente la evidencia científica?
Probablemente el mito que más escuchamos es: "En cuanto te relajes, te quedarás embarazada". No solo no es científicamente correcto, sino que puede resultar muy doloroso para quien lleva meses o años intentando conseguir un embarazo.
Otro mito es pensar que cualquier elevación del cortisol provoca infertilidad. No funciona así. El cortisol fluctúa continuamente y no existe un nivel concreto que nos permita predecir si una mujer va a conseguir o no un embarazo. Pero tampoco tenemos que irnos al extremo contrario y decir que el estrés no tiene ninguna influencia sobre el organismo.
Sabemos que un estrés intenso y mantenido puede interactuar con determinados mecanismos hormonales, alterar el ciclo menstrual en algunas mujeres y afectar de forma muy importante al bienestar emocional. También sabemos que el propio diagnóstico de infertilidad y los tratamientos pueden generar una enorme carga psicológica.
Quizá la manera más adecuada de resumirlo sería decir que el estrés puede influir en la salud reproductiva, pero no explica por sí solo la infertilidad.
Cuando existe una dificultad para conseguir un embarazo, nuestra prioridad como médicos debe ser buscar la causa, realizar un diagnóstico preciso y plantear el tratamiento más adecuado. Y, al mismo tiempo, acompañar a esa persona durante un proceso que sabemos que puede ser emocionalmente muy exigente. Porque cuidar la fertilidad también significa cuidar a la persona que hay detrás del tratamiento.

