Delia García, psicóloga, sobre el adiós a los abuelos tras el verano: "El niño no solo se despide de ellos, sino también de una forma de vida asociada a las vacaciones"
Son muchos los niños que pasan prácticamente todo el verano con los abuelos. Cuando los padres siguen trabajando durante buena parte de las vacaciones escolares, esta suele ser la opción más habitual: siempre que la salud y la energía acompañen, los abuelos se convierten en el sostén familiar de los meses estivales.
Ese tiempo compartido deja huella: los días largos, la luz, los juegos sin prisa, la libertad de horarios y, sobre todo, la presencia constante de esas figuras que marcan la infancia de cualquier niño. Por eso, cuando el verano empieza a apagarse y llega el momento de la despedida, la escena puede volverse delicada tanto para los pequeños como para los mayores.
Para ayudar a niños, adolescentes y abuelos a gestionar mejor ese adiós, hablamos con Delia García Moratilla, psicóloga de Blua de Sanitas. Ella nos explica qué hacer —y qué evitar— para que esta separación, aunque sea temporal, no resulte más dura de lo necesario.
Una reacción intensa durante la despedida puede ser normal; preocupa más cuando se mantiene, aumenta o empieza a interferir claramente en el colegio, el descanso o las actividades habituales
Muchos niños pasan el verano con sus abuelos y, cuando llega septiembre, se tienen que despedir de ellos. ¿Cómo les afecta a los niños y a los adolescentes esta despedida si saben que tardarán en volver a verlos?
Puede aparecer tristeza, nostalgia o incluso cierto enfado, especialmente cuando la convivencia ha sido muy estrecha. Durante varias semanas los abuelos han formado parte de manera muy significativa en el día a día, de modo que el niño no solo se despide de ellos, sino también de una forma de vida asociada a las vacaciones.
En los más pequeños esa ausencia resulta difícil de medir: decirles que volverán a ver a los abuelos "dentro de dos meses" es mucho más abstracto que explicarles cuándo ocurrirá mediante referencias que puedan comprender. Las despedidas claras y predecibles, junto con la seguridad de que volverán a encontrarse, suelen facilitar la separación.
¿Y a los abuelos?
También pueden notar un vacío importante. Si durante el verano han organizado buena parte de su tiempo alrededor de los nietos, de repente desaparecen conversaciones, juegos y pequeñas responsabilidades que estructuraban sus días. Esto suele acentuar la sensación de soledad en algunos casos, sobre todo cuando existe poca vida social fuera de la familia.
Existe una asociación entre la relación cercana y significativa con los nietos y un mayor bienestar en muchos abuelos, aunque eso no significa que cuidar de ellos sea beneficioso en todas las situaciones ni para todas las personas.
¿Puede considerarse esta despedida una forma de 'pequeño duelo'? ¿Qué síntomas o comportamientos suelen aparecer?
Se puede utilizar la expresión de manera coloquial para explicar que existe una pérdida temporal de algo muy valioso, pero no hablaría de duelo en sentido clínico. Los abuelos siguen presentes y el niño sabe que volverá a verlos.
Durante unos días es normal que surjan cierto tipo de comportamientos: preguntar mucho por ellos, estar algo más sensible, querer llamarles, llorar al recordarlos o mostrar irritabilidad. En niños pequeños, además, el malestar emocional a veces aparece a través del sueño o mediante una mayor necesidad de cercanía con sus padres. Lo importante es observar la evolución. Por ejemplo, una reacción intensa durante la despedida puede ser normal; preocupa más cuando se mantiene, aumenta o empieza a interferir claramente en el colegio, el descanso o las actividades habituales.
¿Cómo afecta el regreso a la rutina —para niños y abuelos— después de un periodo tan intenso de convivencia?
El contraste puede ser considerable. El niño pasa de unos días con horarios más flexibles y mucha convivencia familiar a levantarse temprano, acudir al colegio y recuperar obligaciones. El abuelo, por su parte, puede pasar de tener la casa llena a encontrarse con muchas más horas libres. Por eso suelen coexistir dos procesos: echar de menos a la otra persona y tener que readaptarse a una rutina diferente.
En el caso de los niños, recuperar progresivamente horarios previsibles de sueño, comidas y actividades puede facilitar la transición hacia el nuevo curso.
Los veranos compartidos dejan una huella que permanece mucho después de que terminen
¿Qué recomendaciones daría para que la despedida sea emocionalmente saludable y no genere ansiedad en los niños?
Lo primero es permitir la tristeza sin dramatizarla. Decir "sé que vas a echar mucho de menos a la abuela" ayuda más que intentar convencer al niño de que no pasa nada. También conviene despedirse de forma clara: marcharse a escondidas para evitar el llanto contribuye a generar más inseguridad.
Resulta especialmente útil concretar qué ocurrirá después. Decidir cuándo será la primera videollamada o marcar en un calendario la siguiente visita si ya se conoce es buena opción. En niños pequeños, es mejor utilizar referencias que entiendan que fechas lejanas. Y una vez hecha la despedida, no conviene alargarla indefinidamente porque la anticipación puede terminar aumentando el malestar. La evidencia sobre ansiedad por separación insiste precisamente en el valor de las despedidas afectuosas, claras y predecibles.
¿Cómo ayudar a los abuelos a gestionar mejor esta situación, teniendo en cuenta que en ellos puede pesar, además, la soledad?
Conviene evitar que toda su actividad social desaparezca el mismo día que se marchan los nietos. Recuperar planes propios, relaciones sociales y actividades gratificantes fuera de la familia facilita que el cambio sea menos brusco. El contacto con los nietos puede mantenerse, por supuesto, pero es preferible que forme parte de una vida social más amplia y no se convierta en la única fuente de compañía.
Hay otro aspecto importante, ya que sentirse triste después de una convivencia feliz es comprensible. Sin embargo, si la sensación de vacío se mantiene durante semanas, aparece un aislamiento progresivo o la persona abandona actividades que antes disfrutaba, merece la pena prestarle atención.
¿Cómo cambia la vivencia de la despedida según la edad del niño: infantil, primaria, preadolescencia?
En infantil, pesa especialmente la presencia física. El concepto de tiempo todavía es limitado y unas semanas pueden parecer muchísimo, por lo que necesitan explicaciones muy concretas y rutinas que les permitan anticipar el próximo contacto. Además, la ansiedad ante determinadas separaciones forma parte del desarrollo normal en los primeros años.
Durante primaria ya comprenden mucho mejor que la separación es temporal. Es normal que echen de menos actividades específicas que realizaban con los abuelos y suelen beneficiarse de participar activamente en cómo mantener el contacto.
En la preadolescencia quizá haya menos lágrimas visibles, pero eso no significa que el vínculo importe menos. Suele manifestarse mediante nostalgia o necesidad de hablar con ellos en momentos concretos. De hecho, los estudios realizados con adolescentes encuentran que una relación emocionalmente cercana con los abuelos se asocia con una mejor adaptación psicológica, aunque esa relación depende también del contexto familiar.
¿Qué estrategias ayudan a mantener el vínculo vivo durante el curso escolar?
Más que hablar todos los días, importa que exista continuidad y significado. Una videollamada semanal puede funcionar muy bien para algunas familias; otras preferirán intercambiar audios, fotografías o mensajes cuando haya algo que contar. Incluso se puede conservar alguna pequeña costumbre del verano, como comentar juntos un partido, seguir leyendo el mismo libro o cocinar una receta cuando vuelvan a verse.
El contacto tampoco debería convertirse en una obligación rígida para el niño. A medida que crece tendrá amigos, estudios y otras actividades, y la relación con los abuelos también debe poder evolucionar.
¿Cómo acompañar a los niños que viven la separación con más intensidad o que muestran ansiedad anticipatoria?
En estos casos suele funcionar mejor reconocer la emoción y hacer previsible lo que va a ocurrir que intentar distraer al niño continuamente. Una opción es hablar de la despedida unos días antes, resolver sus dudas y explicarle cómo seguirá teniendo contacto con los abuelos. Si pregunta veinte veces cuándo volverá a verlos, responder con calma forma parte del proceso.
Lo que conviene evitar es intentar eliminar cualquier malestar modificando constantemente los planes familiares. Aprender que podemos echar de menos a alguien y, aun así, continuar con nuestra vida también forma parte del desarrollo emocional.
Cuando la ansiedad resulta desproporcionada, persiste durante bastante tiempo o provoca síntomas que interfieren de manera clara con el colegio, el sueño o la vida familiar, sí sería recomendable consultarlo con un profesional.
¿Cómo influye la memoria emocional del verano en la relación futura entre abuelos y nietos?
Con los años quizá el niño no recuerde qué cenó cada noche o todos los sitios a los que fue con sus abuelos, pero sí puede conservar una idea mucho más global de aquella relación. Esas experiencias repetidas van dando significado al vínculo familiar.
Por eso, los veranos compartidos dejan una huella que permanece mucho después de que terminen. Sentirse escuchado, querido y acompañado por los abuelos refuerza el vínculo familiar y puede convertirse en una referencia emocional importante a medida que el niño crece. Más que recordar cada plan concreto, lo que suele permanecer es cómo se sintieron juntos y la seguridad asociada a esa relación.

