Ana Morales, psicóloga: "A las 8.15, con un niño llorando y tú buscando las llaves, no es el momento de tener una conversación profunda sobre por qué hay que colaborar por las mañanas"

Ana Morales, psicóloga: "A las 8.15, con un niño llorando y tú buscando las llaves, no es el momento de tener una conversación profunda sobre por qué hay que colaborar por las mañanas"

Son las 8.15 de la mañana. Hay que salir por la puerta en apenas cinco minutos para llegar a tiempo al cole y en casa se desata la tormenta habitual: los zapatos que no aparecen, el desayuno a medio terminar y un "¡venga, corre, que no llegamos!" repetido como un mantra.

Vestir a los niños, lograr que desayunen y cruzar la puerta a tiempo para la guardería o el colegio es, para muchas familias, una fuente diaria de desgaste y frustración. La prisa del adulto choca de frente con el ritmo de los más pequeños, convirtiendo un simple "ponte los zapatos" en el detonante del colapso. La psicóloga sanitaria Ana Morales nos da algunas claves útiles para gestionar los conflictos de la mañana y nos ofrece pautas prácticas para poner fin a la culpa, organizar el tiempo y recuperar la calma en el hogar.

padres desayunando con su hija mientras miran al reloj© Getty Images

Los adultos vivimos con el reloj en la cabeza y la presión del trabajo. ¿Cómo perciben los niños pequeños (de 0 a 6 años) el tiempo y la prisa? ¿Por qué parece que cuanto más nos apresuramos, más despacio van ellos?

Los adultos ya estamos mentalmente en el atasco, en la reunión de las 9 o pensando “son las 8.17 y todavía no tiene los zapatos puestos”, mientras que un niño pequeño está en otra película. Y cuanto más pequeño es, más ligado está el tiempo a lo que ocurre ahora. Para un niño de tres o cuatro años, “dentro de diez minutos” no significa lo mismo que para nosotros. Todavía le cuesta anticipar lo que viene después y, sobre todo, dejar algo en lo que está completamente metido porque nosotros hemos decidido que toca hacer otra cosa.

Aquí a veces cometemos un error: pensamos que transmitirle nuestra prisa va a conseguir que él también se dé prisa. Así que empezamos con “venga”, “vamos”, “corre”, “que llegamos tarde”, repetido cada treinta segundos. Pero nuestra urgencia no se convierte automáticamente en su urgencia. Que nosotros aumentemos la velocidad no significa que el niño entienda mejor lo que tiene que hacer. Lo que sí percibe es que el adulto está cada vez más nervioso y que no deja de darle órdenes. Y encima tanta prisa puede conseguir justo lo contrario de lo que pretendíamos. Se distrae, protesta, ahora no encuentra el dinosaurio… y aquello que queríamos acelerar se nos atasca todavía más.

Y entonces ocurre la escena maravillosa de todas las mañanas: tú pensando que quedan siete minutos para salir y él explicándote tranquilamente por qué ese dinosaurio concreto tiene que ir hoy a la guardería. No lo está haciendo para fastidiarte ni ha decidido que hoy va a ir especialmente despacio. Tener prisa es una necesidad del adulto y el niño todavía necesita que le ayudemos a organizar ese tiempo.

¿Cuánto influye en este estrés matutino la falta de sueño o el descanso inadecuado (tanto de los niños como de los padres)?

Muchísimo. Si un niño ha dormido poco o mal, por la mañana le estamos pidiendo bastante: que se despierte, se vista, desayune, se lave los dientes, se ponga los zapatos, deje lo que está haciendo y salga de casa. Y además queremos que haga todo eso más o menos cuando nosotros se lo pedimos.

Cuando está cansado, cosas que otro día pasarían sin más pueden convertirse en un mundo. El calcetín molesta, no quiere ese vaso, vestirse es una tragedia… No digo que detrás de cada rabieta haya un niño que ha dormido mal, pero todos sabemos que cuando estamos agotados soportamos bastante peor que las cosas no salgan como queremos. A ellos les pasa también.

Con los adultos pasa algo parecido. Hablamos mucho de si los niños han dormido sus horas, pero el padre o la madre que lleva varias noches durmiendo fatal tampoco empieza el día con una reserva infinita de paciencia. El primer “ponte los zapatos, por favor” sale de una manera. Cuando lo has repetido seis veces, tienes que salir de casa y tú también has dormido cinco horas, acaba siendo un “¡que te pongas los zapatos de una vez!”.

Si todas las mañanas acaban igual, el sueño es una de las primeras cosas que conviene mirar. A veces parte de lo que está ocurriendo a las ocho de la mañana empezó la noche anterior: a qué hora nos estamos acostando, cuánto estamos durmiendo realmente o si llevamos varios días acumulando cansancio. Antes de intentar arreglar la mañana, igual merece la pena empezar mirando la noche.

 Que nosotros aumentemos la velocidad no significa que el niño entienda mejor lo que tiene que hacer. Lo que sí percibe es que el adulto está cada vez más nervioso y que no deja de darle órdenes

Ana Morales, Psicóloga General Sanitaria

La batalla por la ropa es clásica. ¿Es mejor darles a elegir para fomentar su autonomía o limitar las opciones para ganar tiempo?

No creo que haya que elegir entre una cosa y otra. Dar autonomía a un niño no significa abrir el armario a las ocho menos cuarto y decirle “¿qué te quieres poner?”. Igual acabas negociando un disfraz de Spiderman, unas botas de agua y una camiseta de manga corta en enero.

Podemos dejar que elija, claro, pero entre dos o tres cosas que previamente hemos decidido nosotros. “¿Quieres el jersey azul o el verde?” sigue siendo elegir. Para un niño pequeño suele ser mucho más manejable decidir entre dos opciones que enfrentarse a un armario entero. Y si sabemos que la ropa es el conflicto de todas las mañanas, quizá el mejor momento para elegirla no sea precisamente cuando quedan 15 minutos para salir de casa. Se puede dejar preparada la noche anterior y nos hemos quitado una negociación de encima.

niña desayunando cansada, con poca hambre© Getty Images/Westend61

Muchos niños se despiertan sin hambre o tardan muchísimo en desayunar. ¿Hasta qué punto debemos insistir en que desayunen bien antes de salir frente al riesgo de llegar tarde o pelear?

Aquí sí me voy a mi terreno, porque hay una cosa que para mí es fundamental: no podemos obligar a un niño a tener hambre. Los adultos podemos decidir qué comida ofrecemos, a qué hora desayunamos y cómo organizamos ese momento. Pero hay una parte que no podemos decidir desde fuera: cuánta hambre tiene ese niño esa mañana y cuánto necesita comer para sentirse saciado.

Y esto me parece especialmente importante porque muchas veces, con la mejor intención del mundo, empezamos con “dos cucharadas más”, “venga, un poquito más”, “no te levantes hasta que termines”, “con eso no puedes irte al colegio”. Quizá consigamos que coma algo más, pero también le estamos enseñando que la señal que tiene que escuchar para saber cuándo parar no es la de su cuerpo, sino la del adulto que tiene delante.

Yo trabajo precisamente con personas que llevan años desconectadas de sus señales de hambre y saciedad, así que esto para mí tiene mucho peso. Aprender a reconocer “tengo hambre”, “ya estoy lleno” o “ahora mismo no me apetece más” también forma parte de aprender a comer. No deberíamos perder eso por conseguir que se termine media tostada antes de las ocho y media.

Otra cosa es que sistemáticamente salga de casa sin comer nada, llegue con muchísima hambre a media mañana o veamos que eso le está afectando. Entonces sí me pararía a ver qué está pasando: quizá cena muy tarde, se levanta sin tiempo suficiente, lo que se le ofrece no le apetece a esa hora o necesita desayunar un poco más tarde.

A las ocho y cuarto, con un niño llorando en el suelo y tú buscando las llaves, probablemente no es el momento de tener una conversación profunda sobre por qué tenemos que colaborar por las mañanas

Ana Morales, Psicóloga General Sanitaria

El famoso "¡que nos vamos!" o "¡ponte los zapatos!" suele ser el detonante del colapso o de la rabieta. ¿Qué técnicas psicológicas nos pueden ayudar a gestionar esa transición sin terminar gritando?

Es que muchas veces los zapatos son lo de menos. Para nosotros “ponte los zapatos” es una tarea de 30 segundos. Para un niño puede significar “deja de jugar, apaga la tele, despídete de papá, sal de casa y vete al colegio”. Todo eso está metido dentro de esos zapatos. Y encima solemos avisarle cuando nosotros ya necesitamos estar saliendo por la puerta.

Ahí podemos ponérselo un poco más fácil. Si sabemos que le cuesta pasar de una cosa a otra, no esperemos a estar con el abrigo puesto para decirle que se acabó el juego. Y cuanto más pequeño sea, más concreto puede ser ese aviso. “Cuando termine esta canción nos ponemos los zapatos” puede resultarle bastante más comprensible que “en cinco minutos nos vamos”. También ayuda que las mañanas se parezcan bastante unas a otras y que el niño sepa qué viene después. Con algunos niños incluso funciona verlo en dibujos o fotos.

Cuando la rabieta ya está ahí, yo intentaría hacer justo lo contrario de lo que nos sale cuando tenemos prisa: hablar menos. Nos ponemos nerviosos y empezamos: “Venga, te lo he dicho cinco veces, nos tenemos que ir, llego tarde, ayer pasó lo mismo…”. Y el niño, que ya estaba desbordado, tiene ahora además un señor TED Talk delante.

En ese momento, pocas palabras, una cosa cada vez y ayuda si la necesita. Ya hablaremos después de lo ocurrido. A las ocho y cuarto, con un niño llorando en el suelo y tú buscando las llaves, probablemente no es el momento de tener una conversación profunda sobre por qué tenemos que colaborar por las mañanas.

Decimos a menudo que los niños son como esponjas. Si los padres estamos estresados por llegar al trabajo, ¿cómo afecta ese estado emocional al comportamiento del niño?

A mí lo de que “los niños son esponjas” se me queda un poco corto. Parece que nuestro estrés flotara por la habitación y ellos simplemente lo absorbieran. En realidad es bastante más concreto: nos ven la cara, escuchan cómo les hablamos, notan que vamos más deprisa, que tenemos menos paciencia o que una pregunta que ayer contestamos tranquilamente hoy nos irrita. Y ahí es muy fácil entrar en un bucle. Yo voy tarde, así que empiezo a meterle prisa. Como no acelera al ritmo que necesito, me pongo todavía más nerviosa. Él también se altera y yo pienso: “Es que justo hoy tiene que ponerse así”. Y ya estamos los dos cada vez más nerviosos mientras el reloj sigue corriendo.

Tampoco añadamos a la mañana otra obligación más: estar perfectamente tranquilos para que nuestros hijos estén perfectamente tranquilos. Eso no existe. Tu hijo te va a ver con estrés, enfado, cansancio o agobio muchas veces, porque eres una persona.

Puedes decirle “estoy nerviosa porque vamos tarde”. El problema sería que ese “vamos tarde” terminara convirtiéndose en “por tu culpa voy tarde”. Porque una cosa es que tu hijo sepa que vais tarde y otra que se vaya al colegio pensando que llegas tarde a trabajar por su culpa. Ese peso no es suyo.

dos niños salen corriendo camino del colegio© Getty Images

Muchos padres sienten que empiezan el día "derrotados" o sintiéndose mal por haber gritado antes de las 9:00 a.m. ¿Cómo gestionar esa culpa y evitar llevar la tensión al resto de la jornada?

Yo distinguiría entre la culpa que te sirve para algo y la que simplemente te machaca. Si después de dejar al niño en el colegio vas pensando “soy una madre horrible, otra vez he gritado, siempre hago lo mismo”, puedes pasarte así toda la mañana, pero sentirte fatal durante seis horas no arregla lo que ha pasado a las ocho.

Hay una palabra que yo uso mucho en consulta y que aquí me parece fundamental: reparación. La culpa puede servir para decirte “esto no lo he hecho bien”. Vale. Entonces, en lugar de quedarnos dando vueltas ahí, ¿qué podemos hacer para reparar lo que ha ocurrido?

Cuando vuelvas a ver a tu hijo puedes decirle: “Esta mañana te he gritado y no me ha gustado cómo te he hablado. Estaba muy nerviosa porque llegábamos tarde, pero no era la manera”. Sin añadir después “pero es que tú no hacías caso”, porque entonces la disculpa nos ha durado exactamente tres segundos.

Y pedirle perdón no te quita autoridad. Al contrario, tu hijo también necesita ver qué hacemos los adultos cuando metemos la pata: reconocerlo, pedir perdón e intentar hacerlo de otra manera la próxima vez.

Tampoco hace falta resolverlo todo a las nueve menos cuarto. Puedes pensar: “Vale, esta tarde hablaré con él y repararé lo que ha pasado. Y luego ya miraré qué está pasando realmente con nuestras mañanas”. Igual resulta que siempre salimos con el tiempo pegado, que vestirse es una guerra o que llevamos tres noches durmiendo fatal. Pero ya sabes que vas a ocuparte de ello. No necesitas pasarte las siguientes seis horas dándole vueltas.

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Si pudieras darle un solo consejo o un "primer paso" a una familia que mañana por la mañana se enfrente de nuevo a este caos, ¿cuál sería?

Les pediría que esta noche se hicieran una pregunta: “¿Dónde se nos suele torcer la mañana?”. “Nuestras mañanas son un desastre” es un problema tan grande que no sabes ni por dónde empezar. Pero cuando lo miras con un poco de calma, muchas veces descubres que hay un momento concreto en el que todo empieza a complicarse. En una casa será vestirse, en otra salir por la puerta y en otra habrá una batalla diaria con el desayuno.

Y mañana tocaría solo ese momento. Si todos los días el desastre comienza cuando hay que apagar la tele para salir, probaría a cambiar eso y observar qué ocurre. Igual no solucionas la mañana entera, pero ya has cambiado una pieza.

Y hay otra cosa: los padres llegan agotados y parece que la solución siempre consiste en mandarles deberes. Organízate mejor, anticipa más, ten más paciencia, crea otra rutina… Pues igual no. Si ya sientes que no llegas a todo, yo empezaría buscando una sola cosa que mañana pueda ser un poquito más fácil.