Alemania, de tabúes y traumas
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Alemania es un país de tabúes. El peso de su historia la condena a ello; mejor dicho, su decisión sobre cómo gestionarlo. En el origen, son traumas: la humillación de la Primera Guerra Mundial, el horror causado en la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto... Una losa que carga cada ciudadano alemán desde el día de su nacimiento. ¡Y ay de aquel que quiera despojarse de ella! Se lo recuerdan en la escuela, le insisten sus familiares de mayor edad, se le queda grabado en la retina con cada acto oficial del canciller de turno. Hasta aquí. Hasta que el mundo ha empezado a transformarse, coincidiendo con el largo paso del tiempo, décadas ya, transcurrido un cuarto de siglo del final del siglo XX. Y llega la hora de votar, en secreto, sin que nadie pueda ver ni juzgar la papeleta depositada en la urna, y ese indignado o hastiado o recién liberado de complejos votante germano lo hace por la ultraderecha.
Si a la cuarta vez va a ser la vencida para Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de Francia, si a la derecha de Giorgia Meloni hay hueco en Italia para Roberto Vannacci, si en Estados Unidos millones de americanos han apostado una vez más por Donald Trump, ¿por qué un habitante de la extinta RDA que siempre se ha sentido tratado en inferioridad respecto a sus conciudadanos del oeste de Alemania no va a lanzarse en brazos de Alternativa para Alemania (AfD)? Pues finalmente lo acabamos de ver, y de forma masiva, en el 'Land' de Sajonia-Anhalt.
Pero hay múltiples factores más para que en el corazón de Europa se haya producido lo que muchas generaciones jamás imaginaron que llegarían a ver en los resultados de una jornada electoral teutona. Van más allá del pasado y de la Historia. Están directamente relacionados con la gestión política más reciente. La 'gran coalición', formada por democristianos y socialdemócratas, es contemplada desde el extranjero como un ejemplo a seguir de políticos con altas miras, que piensan más en el país que en su partido, que pactan con sentido de Estado. Sin embargo, esa admirada forma de gobernar fuera de sus fronteras ha generado un elevado número de descontentos dentro del país que, al considerar que ni la CDU ni el SPD lo hacen bien, se lanzan a buscar soluciones en los extremos, una vez que Los Verdes y los liberales no gozan de sus mejores tiempos.
El canciller Friedrich Merz anda enfrascado en una serie de reformas con cuyos resultados espera contentar lo antes posible no sólo a los 84 millones de germanos para los que gobierna, sino a sus propios votantes, que le están haciendo descender a los infiernos de la popularidad. Pero todo lleva su tiempo, y si los ciudadanos siempre han tenido poca paciencia para recoger los frutos de las medidas que conllevan mucho sacrificio (que se lo digan al ex canciller Gerhard Schröder y su Agenda 2010), mucho menos aguante hay en los tiempos que corren, donde la inmediatez está a la orden del día y más aún entre los jóvenes.
De ahí que nos encontremos con un electorado que ha votado en masa (con la nariz tapada o sin ella) a un partido que en su programa defiende desde la creación de patrullas ciudadanas hasta el acercamiento a Rusia y el nacionalismo étnico, con un cuidado tono de seducción al más puro estilo 'flautista de Hamelín'. Pero esos son sus votos, de la misma validez que los otros, y a esa formación política se le aplicará un cordón sanitario; ningún partido estará dispuesto a gobernar junto a ella.
La pregunta de hasta cuándo se podrá mantener este aislamiento político se hace ahora más necesaria que nunca. El debate de la fecha de caducidad del muro levantado a la AfD se evitaba en los círculos públicos, aunque muchos lo iban manteniendo ya en privado. Una parte de los teutones apuesta por dejarles gobernar para que se equivoquen y se finalice su luna de miel con las urnas; otros se llevan las manos a la cabeza sólo con pensar que en el poder tendrán acceso hasta a los informes de los servicios secretos y que, una vez llegan, es más difícil echarles.
El desafío es extremo. Otro momento alemán para la Historia.
